El gaitero trotamundos que «jugaba a John Wayne en la plaza de América» y cumplió su sueño irlandés
Nació en el Sanatorio Miñor, hizo la primera comunión el Corazón de María, jugó a la pelota en el Campo San Francisco y cantó en la escolanía de la Catedral de Oviedo. Todo eso, antes de cumplir su sueño: «Siempre quise vivir y trabajar en Irlanda». Pelayo Coalla gusta de ser un trotamundos, siempre con la gaita de compañera y con una base de operaciones que no cambia por nada del mundo: su Oviedo natal y su equipo del alma, el Real Oviedo.
[–>[–>[–>Tiene buena memoria y guarda frescos recuerdos de una infancia feliz. «Viví hasta los once años en Plaza de América, es un edificio que había construido mi bisabuelo, Manuel Victorero, a su antojo, en 1921, en tiempos de Alfonso XIII, en la esquina que lindaba con Villa Magdalena. La fachada tenía un ornamento muy guapo, de los que ya no se hacen. El edificio era de cuatro plantas y vivían allí mis abuelos; mis tíos y tías; unos inquilinos, la familia Zubizarreta, que luego se trasladaron a Marqués de Teverga. Yo vivía con mis padres, José Manuel y Mavita, y con mi hermano Víctor», cuenta Pelayo.
[–> [–>[–>A la izquierda, el edificio de la familia Victorero, donde creció Pelayo Coalla, en una foto de la Plaza de América de los años sesenta. / C. P. C.
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El entorno de Plaza América, asegura, era de lo más agradable para un crío de su edad. «De aquella había mucho menos coche. Jugábamos a las chapas en el borde de la acera, enfrente del Corazón de María y también íbamos mucho al Campo San Francisco y a beber a la Fuente del Caracol. En la parte de arriba del Campo había una especie de fuerte y la osa Petra estaba donde ahora hay una zona de juegos infantiles», detalla Coalla. «Hice la primera comunión en el Corazón de María de los claretianos, con el padre Zalacaín, un sacerdote magnífico, navarro. Los domingos por la tarde, en los bajos de la iglesia, nos ponían las mejores películas del oeste, de John Wayne y John Ford, primero pagábamos tres duros y luego cinco. A los guajes nos prestaba mogollón, luego salíamos a jugar por la Plaza América con pistolas, como si fuéramos indios y vaqueros», rememora.
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Las vivencias que permanecen en el «disco duro» de Pelayo Coalla no difieren mucho de las de los niños setenteros de otros barrios ovetenses, como si aquella zona del centro no fuera tan diferente. «Había una fuente distinta a la actual y unos jardines muy guapos, menos tráfico. Estaba la panadería de Alvarina, enfrente de lo que ahora es el restaurante Del Arco, era un despacho de pan que tenía unos bollos dulces riquísimos de manteca. También estaba la peluquería de Mari Paz, todes les muyeres de la zona, las amigas de mi madre y de mi abuela iban allí. Y también íbamos los rapacinos a que nos cortaran el flequillo«. Al lado del edificio familiar de los Victorero «estaba la joyería de Jesús, un joyero de lo mejor, todas las joyas que tenía mi abuela eran de allí. Jesús vivía con su familia en el entresuelo de una casa que se acabó tirando para levantar el edificio por donde ahora está Del Arco. Fue la última casa de la Plaza de América que conservó la fachada antigua», afirma. Y una tienda de golosinas, al lado del Corazón de María, que «llevaba una pareja muy amable, nosotros en plan de coña los llamábamos la Catedral y San Tirso porque ella era muy alta y él pequeño. Muy buena gente, nos conocían a todos y si nos faltaba algo de dinero te lo perdonaba y te daba un puñado de caramelos más».
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Fuerte infantil, que se encontraba en la zona de juegos del Paseo del Bombé, en una foto de los años setenta. / LNE
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Cerca de aquella Plaza de América de ambiente familiar, había un personaje que estimulaba la imaginación de aquella chiquillería. «En una finca que estaba más abajo del kiosco de Plaza de América, había un chalé y vivía un coleccionista de coches antiguos, tenía allí uno de bomberos, una ambulancia de los años 30, un Ford de 1925, un Jaguar, algún Haiga. Era un paisano que no quería saber nada con nosotros, los críos, y tenía un mirar extraño, decíamos que con un ojo miraba pa Uría y con el otru pa Buenavista. Iba siempre con un sombrero y de negro. Le pusimos el apodo de Doctor Siniestro, cuando le veíamos aparecer corríamos para arriba, a la plaza de América, cosas de guajes», describe Pelayo Coalla, que tampoco olvida otra referencia emblemática de aquella zona y aquellos tiempos, la Academia Víctor: «Yo, la verdad, estudié bien de crío, pero tenía amigos que iban en verano a sus clases de lengua, sociales, matemáticas o naturales para presentarse al examen de recuperación en septiembre. La academia Víctor estaba encima de la actual farmacia de Plaza de América».
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La casa de la familia Victorero existió desde 1921 hasta 1979, cuando que abuelo decidió venderla. «Una parte de los terrenos se la vendió al Club de Tenis, que quería ampliar sus instalaciones, y el edificio a un constructor muy conocido de Mieres, Tascón, en 25 millones de pesetas de aquel tiempo». Una operación muy recordada en la intrahistoria de su familia por una anécdota de las que no se olvidan ni con el paso del tiempo: «El dinero de la venta fue a recogerlo mi madre. Para ir la llevó mi padre, pero como él trabajaba de representante de comercio, mi madre tuvo que volver sola en el autobús de línea y venía un poco acoyonada de miedo porque llevaba 25 millones de pesetas en fajos de billetes dentro de una bolsa de deporte». Un dinero que en 1979 dio para mucho. «Mi abuelo compró pisos y locales por Oviedo, compró un piso para cada hijo y todavía le sobró dinero, que colocó en el Banesto», detalla Pelayo Coalla.
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[–>En su casa, siempre hubo afición a la música. «Mi padre cantaba muy bien tonada, nunca fue profesional, pero tenía una pandilla de amigos, con Tony el joyero, que se juntaban a merendar en la Argañosa y Fuente de la Plata, en sitios como la sidrería Gervasio, y a cantar» Así que con esos antecedentes, Pelayo Coalla cantó en la Escolanía San Salvador, de la Catedral de Oviedo. «Empecé de guaje, con ocho o diez años, con mi hermano y mis primos, hasta los catorce años. Mis padres eran muy amigos de Don Alfredo de la Roza, el último maestro de coro y capilla de la Catedral«. Una persona fundamental en la afición que el adolescente Pelayo estaba a punto de descubrir. «Hay una edad a la que te cambia la voz; entonces don Alfredo estaba con la transcripción musical del primer método de gaita asturiana, me habló de un profesor de gaita que tenía una escuela en el Naranco, Xuacu Amieva y me aconsejó ir» relata Pelayo Coalla.
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«Subía a clase tres días a la semana con Xuacu Amieva, maestro de maestros y de gaiteros, muy famosos. Estuve siete u ocho años, iba caminado del centro de Oviedo hasta la casina en la falda del Naranco, donde tenía la escuela». Luego, con la ayuda de su padre y su hermano, compró su primera gaita «a un luthier de Gijón muy renombrado, Alberto Fernández» Un idilio que continúa. «Toqué muchos años en la banda de gaitas del Naranco y no soy profesional ni doy clases, pero toco donde me llaman, en bodas, comuniones, bautizos y hasta funerales porque hay gente que deja dinero para que suene la gaita cuando muera. Y a veces toco gratis, siempre que me lo piden los amigos porque yo soy así». Como también tocó la gaita «pa ganar unes perres en la frontera francesa y catalana» cuando de joven marchó a Andorra para trabajar en hoteles de las pistas de esquí.
[–>[–>[–>Enamorado de la cultura asturiana y celta, Pelayo Coalla tuvo un deseo que, sin lámpara de por medio, ha visto cumplido. «Mi sueñu de guaje fue vivir y trabajar en Irlanda, otros quieren ser futbolistas, escritores o periodistas. Me surgió una posibilidad de ir con un grupo de amigos y amigas a mejorar mi inglés y a trabajar en hoteles; también trabajé en un compañías de pescado y mariscos; de músico, recogiendo vasos de Guinness en Dublín y de guía. Viví en Gallway, donde conocí a Mark Knopfler, en County Kerry, en la península de Dingle, que es una maravilla», cuenta Pelayo Coalla. «Me tocó cobrar sueldos en Irish punts, las libras irlandesas, antes del euro. Había mucho dinero y mucho trabajo, Irlanda era el Celtic Tiger de la economía y el pleno empleo en Europa». La integración fue grande, aprendió hasta algo de gaélico, la lengua autóctona de Eire. Pelayo Coalla volvió a Asturias en 2015, tras el fallecimiento de su padre, pero regresa periódicamente a Irlanda, «una tierra preciosa, que considero mi segunda casa y que siempre visitaré porque allí tengo muy buenas amistades».
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