¿A dónde van nuestros impuestos?
España ha dejado de ser un país de contribuyentes para convertirse en un país de sospechosos fiscales permanentes. Cada nómina, cada factura, cada pequeño ahorro pasa por el filtro de una Hacienda voraz que ya no actúa como una administración al servicio del ciudadano, sino como una maquinaria cuya única prioridad parece ser recaudar más, siempre más. Vivimos en un auténtico terror fiscal donde el esfuerzo individual se castiga, el ahorro se penaliza y el despilfarro público se normaliza.
[–>[–>[–>Y si esto es grave en el conjunto de España, en Asturias resulta aún más sangrante. Somos una de las comunidades con mayor presión fiscal, donde se paga más por trabajar, por heredar o por invertir. Aquí, el castigo al contribuyente es una realidad diaria que se esconde en cada esquina, en cada pequeño trámite, un recordatorio de que hace tiempo que los asturianos dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en los pagafantas de una clase política nefasta.
[–> [–>[–>Y es que soportamos uno de los niveles impositivos más asfixiantes de la historia. La presión fiscal no ha dejado de crecer, con nuevas figuras tributarias, subidas indirectas y una inflación que también actúa como impuesto silencioso. El Estado nunca ha ingresado tanto. La recaudación alcanza cifras récord año tras año. Sin embargo, hay una pregunta que cada vez más ciudadanos se hacen, ¿a dónde van nuestros impuestos?
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Porque lo que vemos en Asturias no es un territorio con servicios públicos excelentes. Vemos carreteras deterioradas, con baches y tramos peligrosos que se eternizan sin inversión. Vemos infraestructuras históricas pendientes mientras seguimos pagando como los que más. Vemos trenes que acumulan retrasos y una conectividad que dista mucho de la propaganda oficial. Vemos listas de espera sanitarias que no dejan de crecer y servicios sociales colapsados. Pagamos más que nunca y recibimos peor servicio que nunca. Esa es la realidad.
[–>[–>[–>Durante años se nos ha repetido que subir impuestos era necesario para sostener el Estado del bienestar. Pero ahora, cuando la recaudación está en máximos, los servicios empeoran. El problema no es lo que se recauda. El problema es en qué se gasta.
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Porque mientras falla lo esencial, el dinero público fluye hacia lo accesorio, lo ideológico y lo innecesario. En Asturias se destinan más de 50 millones de euros a la promoción de la llingua, se financian campañas ideológicas, se reparten subvenciones a asociaciones fuera de nuestras fronteras, con 500.000 euros anuales para proyectos de empoderamiento en el extranjero, y se gastan cientos de miles de euros en publicidad institucional.
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[–>Hasta 250.000 euros se han destinado a promocionar la campaña de la renta para vender como modélica la vía fiscal asturiana. Es decir, no solo te fríen a impuestos, sino que además se gastan tu dinero en convencerte de que es por tu bien. El Gobierno no solo te exprime, te lo recuerda cada vez que paseas por la calle, como si encontrase placer en esta especie de masoquismo tributario.
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España ha pasado de debatir cuánto gastar a asumir que el gasto público es intocable, aunque sea ineficiente. Se financian estructuras administrativas duplicadas, organismos prescindibles, redes clientelares y propaganda política. Mientras tanto, lo verdaderamente importante se deteriora.
[–>[–>[–>A este modelo se ha llegado tras años de incrementos fiscales continuados. La gran subida de impuestos impulsada por Cristóbal Montoro sentó las bases de un sistema cada vez más exigente con el contribuyente. Desde entonces, lejos de revertirse, la tendencia ha sido aumentar la presión. El Gobierno de Sánchez ha llevado esa lógica al extremo. Más impuestos, más recaudación y más intervencionismo. El resultado es una Hacienda más intrusiva, más sancionadora y más alejada del ciudadano.
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El pequeño autónomo vive asfixiado. El trabajador ve cómo su esfuerzo se diluye entre impuestos y cotizaciones. La clase media pierde poder adquisitivo mientras el Estado engorda. Y todo ello acompañado de un discurso que estigmatiza al que ahorra o al que simplemente quiere quedarse con el fruto de su trabajo.
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Durante años nos han querido hacer creer que el dinero público no es de nadie. Y ese es el mayor problema. Porque cada euro que se despilfarra ha salido del esfuerzo de alguien. Cada campaña innecesaria, cada subvención ideológica, cada estructura inútil se financia con el trabajo de los asturianos.
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Y mientras tanto, seguimos esperando. Esperando infraestructuras, esperando inversiones, esperando atención médica. Pagando como los que más y recibiendo como los que menos.
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