Esto es lo más parecido a una feria de Andalucía
Infiesto amaneció este viernes con aire de fiesta en cada esquina. Bastaba acercarse al recinto ferial, para comprobar que el primer día de la Feria de Abril ya tenía pulso propio: mesas ocupadas desde el aperitivo, casetas abiertas de par en par y un flujo constante de vecinos y visitantes, dispuestos a echar el día al sol. Apenas media hora después de la apertura, el ambiente ya era de lleno, con gente comiendo gambas, brindando en las terrazas y arrancándose a bailar al ritmo de las sevillanas que sonaban en varias casetas.
[–>[–>[–>La escena tenía algo más profundo que el simple colorido de una cita festiva. En torno a las casetas se mezclaban grupos de amigos, familias con niños, gente mayor sentada al sol y visitantes llegados desde otros concejos, en una imagen de convivencia que convertía el recinto en una prolongación de la propia vida del pueblo. La Feria de Abril de Infiesto, que este año se celebra del 30 de abril al 3 de mayo, ha vuelto a demostrar desde su arranque que ya no es solo una fiesta singular, sino una convocatoria con capacidad real para activar la villa y reunir a gente muy distinta alrededor de un mismo ambiente.
[–> [–>[–>Del recelo al arraigo
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Ese es precisamente uno de los rasgos más interesantes de la cita. Marta Acebal, vecina de Infiesto e hija de padre andaluz, recordaba este viernes que el origen de la feria, allá por el año 2000, «creó mucha polémica, porque no era algo de aquí». Pero su reflexión iba mucho más allá de aquella controversia inicial. En Asturias, y de forma muy concreta en Piloña, «hubo mucha gente andaluza que vino de fuera», explicaba, antes de resumir en una sola frase el sentido que hoy conserva esta celebración: «hay que moverse para que los pueblos tengan vida».
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Ahí está la clave. La feria no se entiende ya como una ocurrencia exótica ni como un decorado prestado, sino como una iniciativa que el propio entorno vecinal ha sabido adoptar y sostener. Lo importante no es solo que Infiesto celebre una fiesta de aire andaluz, sino que haya sido capaz de integrarla en su calendario emocional y convertirla en una herramienta útil para llenar de actividad las calles, sumar generaciones y reforzar la convivencia en la villa.
[–>[–>[–>Una autenticidad construida entre todos
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Ese poder de convocatoria no se explica únicamente por la música, la gastronomía o la estampa de lunares y volantes. Tiene que ver también con la autenticidad que transmite una celebración que, con los años, ha sabido asentarse. Mar Raigón, cordobesa y profesora de danza española en Oviedo, lo resumía con una frase especialmente reveladora: «esto es lo más parecido a una feria de Andalucía». Su mirada aporta valor precisamente porque reconoce en Infiesto algo más que una ambientación: reconoce una atmósfera conseguida.
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Feria de Abril en Infiesto. / M. N. T.
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Y esa atmósfera no nace sola. Nace del trabajo organizativo, del empeño de quienes montan, decoran, sirven, ensayan, convocan y hacen que el recinto funcione como un espacio de encuentro. La feria se sostiene porque hay un tejido asociativo detrás y porque hay vecinos que entienden que dar vida al pueblo exige implicación, constancia y propuestas capaces de atraer también a quienes llegan de fuera.
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[–>Un imán para visitantes y familias
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La mañana dejó ejemplos de sobra. Seis amigas vestidas de punta en blanco llegaron desde Cangas de Onís y Arriondas acompañadas por su profesora de sevillanas, Norma Suárez, para disfrutar de una jornada que tenían marcada en el calendario. Isabel Cayarga lo resumía con entusiasmo: «este año fuimos a la Feria de Sevilla, y ahora venimos a esta». A su lado, Loli Vilariño añadía: «nos encanta vestirnos de sevillanas».
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También desde Avilés acudió la familia formada por Cristina González y sus padres, Ana Moreno y Gerardo González. «Es la primera vez que venimos, porque nos habían hablado muy bien de ella», contaba Ana. Desde Santander llegaron Carlos Cordero y Conchi Bordetas, atraídos por una previsión meteorológica favorable: «hoy era el único sitio con sol, así que aquí estamos», decía él. Y también desde la capital cántabra se desplazaron Inma Fernández y Óscar Real. «Lo vimos este jueves en la TPA, y nos animamos a venir», explicaba ella.
[–>[–>[–>Ese movimiento ayuda a medir la dimensión alcanzada por la feria. No se trata solo de una cita para el disfrute interno de la villa, sino de un acontecimiento que proyecta actividad y multiplica la presencia de gente en calles, terrazas y negocios. Las imágenes del primer día, con el recinto lleno ya desde el mediodía, confirmaban esa capacidad de atracción que da oxígeno al centro de Infiesto y convierte la fiesta en una forma muy concreta de dinamización local.
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La vida que se organiza
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Las escenas de este viernes dejaban además otra lectura: la feria funciona porque es intergeneracional. Había niños pequeños junto a las casetas, familias compartiendo mesa, grupos jóvenes de vermú, personas mayores paseando entre el bullicio y jinetes recorriendo el centro en un pasacalles que añadía espectáculo y tradición a la jornada. Esa mezcla no surge por casualidad. Requiere organización y una comunidad dispuesta a sostener propuestas que sirvan para que el pueblo siga teniendo pulso.
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La programación del fin de semana prolonga precisamente esa idea. La celebración continúa este sábado con más pasacalles de caballos, concurso de corta de jamón y el espectáculo «Duende Ecuestre». El domingo tendrá lugar la tradicional misa rociera en el santuario de la Virgen de la Cueva, cantada por el coro de la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Gijón.
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Y ahí está, quizá, la mejor definición posible de lo que representa hoy esta feria en Infiesto: una fiesta que ya no necesita justificarse porque ha encontrado su función. Da ambiente, atrae gente, mezcla procedencias, activa la calle y demuestra que cuando hay vecinos dispuestos a empujar, asociaciones capaces de organizar y un pueblo que responde, la vida local no solo se conserva: también se celebra.
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