cómo proteger del acoso escolar al niño con autismo
Para cualquier familia, el bienestar emocional de los niños es la máxima prioridad, pero cuando estos niños además viven con una enfermedad crónica, discapacidad o trastorno del neurodesarrollo, la escuela puede dejar de ser un lugar de aprendizaje y convertirse en un lugar de aprendizaje. … escenario de incertidumbre. Y muchas veces, inseguridad y sufrimiento. Según el último informe de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP) sobre el impacto social en la infancia, cuatro de cada diez niños padecen estas patologías informar haber sido ridiculizado o rechazado.
En el caso de trastornos como el autismo, esto puede ser aún más complicado, porque en muchos casos no es algo que la familia, los maestros o los compañeros hayan identificado como un trastorno.
Tomás Monsalve, que padece trastorno del espectro autista (TEA) y TDAH, conoce bien este sentimiento. Lo que empezó como un periodo escolar tranquilo se convirtió, tras una mudanza, en un “infierno” que duró diez años. “Estas personas me trataron como yo quería. sentí miedo en el instituto”, dijo a ABC.
Una “desventaja invisible”
Su caso ilustra una vulnerabilidad que no se relaciona con la patología, sino desde el punto de vista del medio ambiente. Teresa González de Rivera, portavoz de Autismo España, explica que el autismo es muchas veces una “discapacidad invisible” que genera grandes barreras. “Como sociedad entendemos que un niño con una discapacidad física evidente no está siendo acosado, sino que es percibido como ‘raro’. se sigue informando», explica.
Esta exclusión se produce generalmente en momentos menos estructurados, como el recreo o el comedor, donde el 52% de estos menores admite sentirse menos integrado. Para Tomás, la incomprensión llegaba incluso de quienes debían protegerlo: “A veces me sacaban de clase sin motivo aparente, sólo porque decían que mis nervios estaban desestabilizando la clase”. Esta falta de recursos y de sensibilidad -el 75% de las familias los considera insuficientes- puede llevar a los menores a situaciones extremas de depresión y desesperación. “Llegué a pensar en cosas en las que un niño de 14 años no tiene por qué pensar”, admite Tomás, quien destaca la importancia de Los profesores saben cómo trabajar con cada estudiante.cualquiera que sea tu condición.
“A veces me sacaban de clases sin motivo aparente, sólo porque decían que mis nervios estaban desestabilizando la clase”.
Por tanto, el papel de los padres como guardianes emocionales es vital. Muchas veces el estrés no se verbaliza, sino que se manifiesta en el cuerpo. Tomás recuerda cómo su padre, al principio, pensó que su deseo de no ir al colegio era una excusa para no estudiar, reacción común en familias que, sin herramientas, se encuentran abrumado por la burocracia y el sufrimiento de sus hijos. Detectar ataques de llanto, bloqueos o somatizaciones como dolor de estómago antes de acudir a clase son señales de ayuda que no se pueden ignorar.
Apoyar a un niño vulnerable requiere valida tus sentimientos y enséñale que la solución siempre empieza con hablar. “Lo primero es decirlo, no tener miedo”, aconseja Tomás a quienes hoy están viviendo lo mismo. La respuesta no debe ser la confrontación, sino la exigencia de planes reales de convivencia en las escuelas. El objetivo es que ningún niño necesite un diagnóstico como escudo y que el sistema educativo sea, por fin, un lugar donde todo el mundo tenga el tiempo y los materiales adaptados que necesita para participar, aprender y sobre todo sentirse seguro.
Las claves para cuidar
Según la portavoz de Autismo España, para fortalecer la salud emocional del menor es fundamental fomentar su autoestima en actividades extraescolares donde se desarrollen sus capacidades. brilla por encima de tu salud. Asimismo, es fundamental mantener una comunicación constante y empática con el tutor para controlar el tiempo de juego y evitar la exclusión silenciosa.
Si detectamos una negativa frontal a acudir al centro, es vital buscar ayuda profesional y apoyo a las asociaciones de pacientes; Compartir la carga con otros cuidadores reduce la soledad y nos ayuda a comprender que no son “cosas de niños” sino signos de ansiedad que necesitan nuestra ayuda. Finalmente, se debe alentar al menor a confía en tus referencias positivas —ya sean abuelos, amigos o psicólogos—, recordándoles siempre que su valor como persona es independiente de sus notas o de su diagnóstico.
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí