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Queroseno de Estado o el apostolado de Sara Aagesen

Queroseno de Estado o el apostolado de Sara Aagesen
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  • Publishedmayo 3, 2026



No hay nada más conmovedor en la liturgia del progresismo contemporáneo que el espectáculo de la incoherencia volando a diez mil metros de altura.

La flamante vicepresidenta del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, poseída por ese espíritu misionero, propio de quienes hemos decidido salvarnos de nosotros mismos, puso rumbo a Colombia en la recta final de abril de 2026.

El destino no es baladí: la ciudad de Santa Marta, un enclave paradisíaco en un país con un subsuelo bendecido por el petróleo y el carbón, pero cuyo actual gobierno parece haber decidido que la mejor manera de llegar al paraíso es dinamitar la escalera que les permite subir.

La misión colombiana de Aagesen tiene un significado casi místico. Entre el 27 y el 30 de abril se celebró esta conferencia internacional para extender el certificado de defunción a los combustibles fósiles, una especie de extremaunción energética impulsada por la Administración colombiana.

Es la extensión caribeña de aquella Pseudo Cumbre del Progreso de Barcelona, ​​un cónclave donde se dictamina que el futuro será verde o no lo será, aunque para llegar a él haya que volver a la tracción animal.

Entre el 27 y el 30 de abril se celebró esta conferencia internacional para extender el certificado de defunción a los combustibles fósiles, una especie de extremaunción energética impulsada por la Administración colombianaDescripción del resumen…

Lo fascinante del viaje no es el contenido de la homilía, que ya se sabe de memoria, ese léxico resiliente, ecosostenible y transversal que suena a música celestial, sino la logística del apostolado de la señora Aagesen.

En un alarde de sacrificio personal, la vicepresidenta ha tenido que cruzar el Atlántico en avión. Un aparato que, para escándalo de los puristas y vergüenza del Planeta, no funciona con la fuerza de una sonrisa ni con el empujón de buenos deseos, sino con queroseno, con mucho queroseno.

Es reconfortante saber que las emisiones de CO2 que emite el transporte oficial de la señora Aagesen pierden su toxicidad cuando el pasajero viaja con el propósito de prohibir el combustible que la mantiene en el aire.

Es lo que se podría llamar “Queroseno de Estado” o “Queroseno Santificado”. Si tú, ciudadano sufrido, te atreves a llevar tu viejo diésel para ir a trabajar, eres un terrorista climático que merece el ridículo.

Pero si la Vicepresidenta aterriza en la costa colombiana para decir que el petróleo es pecado, su huella de carbono se transmuta milagrosamente en incienso ecológico.

En Santa Marta, rodeada de esa aristocracia climática que vive del subsidio y del aplauso mutuo, la señora Aagesen se sentirá como en casa.

Allí, el gobierno local ha decidido que extraer combustibles fósiles es cosa de viejos, de señores con chistera y puros, y que es mucho mejor importarlos de la vecina Venezuela o, quién sabe, esperar a que el sol caribeño decida, por pura solidaridad ideológica, mover las industrias. Es el triunfo de la teología sobre la termodinámica.

La ironía es tan espesa que se podría cortar con un cuchillo, pero en las esferas del poder «despertado», la ironía es un concepto reaccionario.

Se dice que hay que descarbonizar la economía con una urgencia que roza el pánico, mientras los sumos sacerdotes de la nueva religión energética se mueven por el planeta con una frecuencia que haría quedar en ridículo a un piloto de Fórmula 1. El lema es claro: «Haz lo que te digo, pero no mires el plan de vuelo de mi avión».

Entre el 28 y 29 de abril, mientras los termómetros de la hipocresía estaban a punto de estallar, Aagesen firmó declaraciones rimbombantes contra cualquier sustancia que huela a progreso industrial.

Se habló de la «transición justa», ese eufemismo utilizado para describir el proceso por el cual la energía se convierte en un lujo para los pobres mientras los políticos se cuelgan medallas.

Porque, al final, de eso se trata el evento de Santa Marta, de poner en escena una superioridad moral que sólo es sostenible si uno tiene el riñón cubierto por el presupuesto público.

Lo que se está presenciando es la exportación del modelo progresista celebrada hace unas semanas en Barcelona: ese laboratorio de ideas donde se prohíben los coches mientras se fomenta el turismo de cruceros, siempre y cuando la capitana jure que es muy feminista.

Colombia es ahora la nueva rama de esta franquicia del descaro. Un país con enormes recursos es empujado al abismo de la dependencia por una élite que ha decidido que la realidad es un detalle secundario respecto de la narrativa oficial.

Y ahí está ella, nuestra Vicepresidenta, bajando las escaleras en pleno abril colombiano, respirando ese aire saturado de hidrocarburos quemados por las turbinas, dispuesta a dar una clase magistral de por qué otros deberían dejar de usar lo que ella acaba de consumir con creces.

Es un cinismo elevado a la categoría de política de Estado. Una coreografía del vacío donde lo importante no es calentar las casas, sino que la foto en las redes sociales quede bien encuadrada.

Al final del evento, cuando se apagaron las luces de la conferencia, probablemente impulsadas por una central térmica que nadie mencionará, Sara Aagesen regresó a su asiento de cuero, el motor volvió a rugir, quemando fósiles a velocidades forzadas, y ella suspiró satisfecha.

Ha cumplido con su deber: predicar la pobreza energética desde la comodidad de la estratosfera.



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