Infiesto saca «La verbena de la Paloma» del tópico castizo
La conferencia celebrada este lunes en Piloña dentro del ciclo «Zarzuela en el Territorio», organizada por la Universidad de Oviedo junto al Ayuntamiento del concejo, dejó algo más que una lección musicológica sobre «La Verbena de la Paloma». La intervención de María Encina Cortizo Rodríguez, catedrática de Musicología de la Universidad de Oviedo y especialista en teatro lírico español, fue también una defensa apasionada de la zarzuela como patrimonio cultural, como espejo de una época y como arte todavía capaz de emocionar al público de hoy.
[–>[–>[–>Una obra universal
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Cortizo situó la obra de Tomás Bretón lejos del tópico de postal castiza con el que tantas veces se la despacha. Para la musicóloga, «La Verbena de la Paloma» es «uno de los títulos geniales de la historia del teatro musical español y universal», una pieza profundamente pegada al Madrid de 1894 y, al mismo tiempo, capaz de hablar de sentimientos reconocibles en cualquier época. Ahí reside, a su juicio, la razón de su vigencia: «Tiene esa cualidad de ser una historia de sentimientos, de vida», explica al destacar que la obra trasciende lo local, a través de personajes y situaciones en los que cualquiera puede reconocerse.
[–> [–>[–>La catedrática insistió, además, en que el teatro musical no puede entenderse sin conceder un papel central al libreto. En ese sentido, reivindicó la figura de Ricardo de la Vega, autor del texto, como uno de los grandes nombres del sainete madrileño de finales del XIX, alguien que conocía «perfectísimamente el mundo del teatro y el alma humana». Esa base literaria ayuda a explicar por qué una trama tan vinculada a un contexto concreto ha resistido el paso del tiempo sin perder eficacia escénica.
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Una España abierta
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Uno de los aspectos más sugerentes de la conferencia fue la lectura de «La Verbena de la Paloma» como reflejo de una España mucho más abierta y compleja de lo que aparenta su costumbrismo. Cortizo recordó que en la obra asoman elementos que hoy solemos asumir como castizos, pero que remiten a una historia de viajes, intercambios y mestizajes, como el mantón de Manila o la habanera. «A mí me gusta esa imagen de una España abierta», señaló, al evocar un país que, cuando estaba a punto de ver desmembrado su mundo colonial, conservaba como símbolos culturales dos elementos que no habían nacido en la España peninsular.
[–>[–>[–>La musicóloga subrayó además que el sainete de 1894 retrata tensiones y referencias históricas que muchas veces pasan inadvertidas al espectador actual. Citó, por ejemplo, la presencia de Cuba en el trasfondo de la obra y recordó que solo cuatro años después el panorama político sería completamente distinto. En esa lectura, «La Verbena de la Paloma» aparece no solo como entretenimiento popular, sino también como un documento cultural que ayuda a entender un momento decisivo de la historia española.
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El fenómeno del género chico
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Cortizo explicó por qué la zarzuela, y en particular el género chico, alcanzó en su momento una fuerza popular hoy difícil de imaginar. Recordó que en aquel Madrid de fin de siglo el teatro era un hábito masivo en una ciudad pobre, y que asistir a una función por horas era una forma asequible de ocio e incluso de resguardo frente al frío. «La Verbena de la Paloma» fue, en ese contexto, «el pelotazo de la época», dijo, aludiendo a un éxito que se multiplicó no solo en Madrid, sino también en el resto de España, en Cuba, en Filipinas y en América.
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[–>La especialista recordó que la difusión de este repertorio no dependía únicamente de los teatros. También circulaba por cafés, bandas y organillos, lo que convertía esas músicas en una verdadera banda sonora colectiva. Bretón, apuntó, escribía zarzuelas porque era lo que le daba de comer, una observación que ayuda a entender hasta qué punto este género formaba parte de la vida cotidiana y del mercado cultural de la época.
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Contra el prejuicio
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Uno de los ejes más firmes del discurso de Cortizo fue la crítica al desprestigio histórico que ha pesado sobre la zarzuela frente a la ópera. A su juicio, esa mirada nace sobre todo del desconocimiento y de una tendencia muy arraigada a minusvalorar lo propio. «No se puede querer lo que no se conoce», afirmó, al lamentar la escasa educación musical de base y esa inercia que lleva a conceder un valor automático a lo que llega en alemán o en italiano mientras se mira con recelo una obra escrita en castellano.
[–>[–>[–>La catedrática rechazó también la vieja división entre «alta» y «baja» cultura, que considera ya insostenible. «La Verbena de la Paloma es una obra genial de principio a fin, no tiene ni un ‘pero'», defendió, antes de recordar que el término «género chico» no aludía a una calidad inferior, sino únicamente a la brevedad de unas piezas pensadas para varias funciones diarias. Frente a los tópicos, reivindicó la densidad literaria, musical y teatral de un repertorio que durante décadas fue central en la vida española.
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El riesgo del olvido
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Cortizo advirtió del proceso de desmemoria que amenaza a este patrimonio. Recordó que en el archivo de la Sociedad de Autores se conservan 13.000 zarzuelas y que, sin embargo, el repertorio conocido se reduce hoy a apenas 30 títulos. «Estamos viviendo una época de autodestrucción cultural», lamentó, antes de reclamar un esfuerzo de conocimiento y protección para un legado que considera decisivo en la historia musical española e hispanoamericana.
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Esa preocupación enlaza con otra de las ideas de proponer iniciativas para acercar este género a nuevas generaciones. Para la musicóloga, el problema no es que la zarzuela no pueda interesar a los jóvenes, sino que muchas veces ni siquiera llega a ellos. Por eso defendió experiencias que permitan descubrir la fuerza del directo, porque «ese ‘enganche’ no lo tiene una pantalla» y la emoción de una función en vivo puede cambiar de golpe la relación de una persona con un género que creía ajeno.
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Actualizar sin borrar
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En cuanto a la forma de modernizar los clásicos sin desfigurarlos, se mostró favorable a lecturas nuevas y a montajes contemporáneos, pero marcó una frontera clara cuando lo que se altera por completo es el texto original. «Si cambias todo el texto, debería llamarse ‘versión sobre’ o ‘adaptación’, no mantener el título original», sostiene, al defender que el patrimonio se puede reinterpretar sin borrar aquello que lo define.
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Su posición no excluye, sin embargo, fórmulas pensadas para abrir puertas a nuevos públicos. La musicóloga pone como ejemplo el proyecto «Zarza» del Teatro de la Zarzuela, orientado a jóvenes, y admitió que aunque algunas propuestas puedan chocar de entrada, ver a 1.500 adolescentes implicados en una función compensa cualquier prevención inicial. Ese equilibrio entre fidelidad y renovación fue otro de los mensajes que dejó en Piloña: la zarzuela no necesita naftalina, sino contexto, cuidado y oportunidades para volver a ser escuchada.
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