Europa, la banca y el espejismo del tamaño
En una reunión reciente, uno de esos banqueros que han visto varias crisis –y bastantes modas regulatorias– desmantela tranquilamente una de las ideas más repetidas en Bruselas: que la consolidación paneuropea es una condición necesaria para competir con Estados Unidos. Su tesis fue … más incómodo. Y, precisamente por eso, más valioso.
Sostuvo que Europa no tiene un problema de tamaño. De hecho, si nos fijamos en las clasificaciones globales por activos, la banca europea está bien representada. El verdadero déficit aparece cuando se mide el valor: la capitalización de mercado. Allí la hegemonía es norteamericana. No es una cuestión de escala, sino de rentabilidad y expectativas..
Durante años, los grandes bancos estadounidenses han mantenido rendimientos superiores sobre el capital, lo que se traduce en múltiplos más altos. Europa, por otra parte, sigue atrapada en un entorno de baja rentabilidad estructural. Intentar resolver este problema mediante fusiones transfronterizas equivale a confundir volumen con eficiencia..
El argumento central del banquero es que las sinergias en las operaciones paneuropeas son, hoy en día, limitadas. A diferencia de las fusiones nacionales, donde la integración de redes, clientes y plataformas genera ahorros tangibles, en Europa las diferencias regulatorias, fiscales y culturales erosionan las ganancias potenciales. La heterogeneidad no es un matiz: es el núcleo del problema.
El Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo han advertido que las barreras internas del mercado único equivalen, en términos económicos, a aranceles del 50% sobre bienes y del 100% sobre servicios. En otras palabras: Europa sigue siendo un mosaico más que un mercado. En este contexto, la fusión de bancos de diferentes países no elimina las fricciones; los multiplica.
La experiencia histórica refuerza esta precaución. Las pocas operaciones transfronterizas exitosas –como las que se han producido entre países cercanos, como el caso de la opa de Caixabank sobre la portuguesa BPI o las operaciones llevadas a cabo en el Benelux o Escandinavia– se han basado en la replicación de modelos, no en la agregación de estructuras dispares. Cuando la integración requiere armonizar sistemas tecnológicos, marcos legales y hábitos de consumo divergentes, el costo supera el beneficio. Además, existe una dimensión política que no debe ignorarse. La retórica de que «la unión hace la fuerza» ha llevado a una especie de automatismo intelectual: toda iniciativa transfronteriza se percibe como positiva. Pero la integración no es un fin en sí misma. Es un instrumento cuya eficacia depende de las condiciones de partida.
Si vender servicios financieros dentro de la UE no es significativamente más fácil que hacerlo fuera de ella, como sugieren los datos, el incentivo para fusionarse desaparece. Antes de promover campeones paneuropeos, Europa debería aplanar su mapa y completar su mercado único: armonizar la regulación, avanzar en la unión bancaria y, sobre todo, reducir la fragmentación que hoy penaliza la eficiencia. El riesgo, en caso contrario, es construir gigantes con pies de barro: más grandes, sí, pero también más complejos y no necesariamente más competitivos. Y en economía, como en política, el tamaño sin coherencia rara vez es sinónimo de fuerza. ●
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