EL VATICANO | León XIV, el Papa de la cautela… hasta que llegaron las guerras y Donald Trump
El año pasado, L’Osservatore Romano, ese diario vaticano a menudo correa de transmisión de los mensajes más sibilinos pero también más inequívocos de la institución, definía el modo en que el nuevo Papa había querido presentarse al mundo: «una brisa matutina». Entonces Roma como voz geopolítica seguía siendo respetada, sí, pero ya no era capaz de mover las placas tectónicas de un mundo en guerra, de Gaza a Ucrania.
[–>[–>[–>Los primeros meses del pontificado de León XIV fueron, en efecto, eso: una brisa. Una prórroga. A León le tocaba cerrar la herencia de Francisco, cumplir compromisos ya fijados y, sobre todo, observar. En el Vaticano se hablaba de un Papa en «modo discreto», una expresión que en Roma suele significar también otra cosa: cálculo. El viaje previsto a Turquía yel Líbano, diseñado por su predecesor, quedó archivado sin demasiado ruido. Era un tiempo de transición en el Vaticano.
[–> [–>[–>Pero duró poco.
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Un mensaje
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El giro empezó a vislumbrarse a finales de 2025 y se hizo evidente con una decisión que tocó uno de los nervios más sensibles de la Iglesia: Estados Unidos. León XIV aceptó la renuncia del cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York, figura mediática, conservador y próximo a Donald Trump. En su lugar nombró a Ronald Hicks, obispo de Joliet, de perfil pastoral, cercano a los migrantes y alineado con la línea del cardenal Blase Cupich.
[–>[–>[–>No fue solo un relevo. Fue un mensaje. Con un solo nombramiento, el primer Papa estadounidense dejó claro que no iba a limitarse a gestionar la herencia de Francisco, sino a profundizarla e ir más allá. En el seno del catolicismo estadounidense, muy polarizado, la decisión se leyó como un aviso: menos proximidad al poder, más distancia crítica con Washington.
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Ese cambio de tono quedó fijado poco después, el 9 de enero de 2026, en el tradicional discurso del Papa al cuerpo diplomático. Fue una intervención densa, casi programática. León XIV trazó un mapa del mundo en el que advirtió de «los graves peligros para la vida política» derivados de la manipulación de la historia, el nacionalismo excesivo y la distorsión del liderazgo.
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[–>Menos diplomacia
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En un contexto de democracias en crisis, pidió que se respetase «la voluntad del pueblo venezolano» y alertó contra el uso de la seguridad como excusa para degradar a migrantes y refugiados. Sobre la guerra en Ucrania, reclamó un alto el fuego inmediato; sobre Oriente Próximo, reiteró la solución de los dos Estados. También denunció la crisis del multilateralismo como «motivo de especial preocupación». Y remató con una frase que evocaba a Francisco: «La guerra vuelve a estar de moda». El contenido no era nuevo. El tono, sí: más directo y menos diplomático.
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Un mes después, el 25 de febrero de 2026, anunció una agenda internacional que también marcaba perfil: Mónaco, Argelia, Angola, Camerún, Guinea Ecuatorial y luego España. Ninguno de esos destinos —salvo Italia— había sido visitado por Francisco. No era solo geografía. Era una forma de reposicionar al Vaticano en el mundo.
[–>[–>[–>Pero fue el estallido de la guerra en Irán el que marcó el punto de inflexión definitivo. León XIV dejó atrás la prudencia inicial y empezó a hablar con mayor claridad. Condenó la lógica de bloques, denunció el entusiasmo bélico global y advirtió de una deriva hacia el autoritarismo. En uno de sus mensajes más citados, habló de «el ruido de las armas» como nueva normalidad.
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Débil
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La reacción llegó desde Washington y Donald Trump. Lo calificó de «débil». León respondió sin rodeos: «No tengo miedo. Seguiré hablando contra la guerra». El choque, más que personal, era simbólico: dos modelos de liderazgo global en un mundo en crisis.
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La situación rozó incluso lo surrealista cuando el presidente estadounidense difundió imágenes con inteligencia artificial en las que aparecía caracterizado como Jesucristo. Retiró una, publicó otra. En el Vaticano no hubo tanto indignación como desconcierto. León XIV optó por no entrar en la provocación. Su estrategia ha sido otra: responder sin confrontación directa. E insistir.
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Lo hizo con especial claridad en África. En un viaje a Camerún y África, lejos de los centros de poder tradicionales, pronunció una de sus frases más duras: «El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos». Aquella «brisa matutina» del Papa ya había cambiado de intensidad.
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