El zoco de Damasco
(A Joan Pons)
[–>[–>[–>Cuando viene una mala mano en este póker que es vivir, el mejor antidepresivo, desde Aristóteles a Kierkegaard, es salir a pasear. Yo lo hago con mi cámara de fotos en ristre, en busca de tiempos pasados que aquí, en Damasco, no son difíciles de encontrar. Toda esta ciudad es historia, y sus gentes meros inquilinos de ella, siervos de Dios que se saben de paso por sus piedras bruñidas por mil civilizaciones que las anduvieron antes que ellos. Ese tránsito vital transcurre por el zoco Al-Hamidiyeh –en honor del sultán Abdul Hamid II- y la inmensa galería que lo acoge. Cruza desde la parte de la ciudad más cercana a este siglo, jalonada con edificios históricos de principios del XX del arquitecto español Fernando de Aranda, y desemboca en las columnas romanas del templo de Júpiter, que enmarcan la imponente mezquita de los Omeyas, o viceversa, según cómo queramos andar ese espacio que aquí es tiempo. Esa travesía es ferial, un amable caos de gentes variopintas que lo observan a uno como a un extraterrestre, y otras que son capaces de hablarle en nivel C de catalán. Mis ojos, tan miopes como curiosos, se van detrás de la interminable panoplia de productos a la venta en medio del fragor y la llamada a la ganga de los muecines del comercio. En el souk como en botica, se vende de todo, y uno ve, al iniciar esa fascinante travesía, como si fuera el calentamiento de una maratón, a aguadores (el siqqi, se llama aquí) que cargan con unas enormes vasijas de cobre a la espalda (“ibriq”) y de las que siempre escancian, venciéndose en escorzo, una sonrisa para el visitante. Seguimos andando y el paseante ve puestos de bragas y sostenes, prendas audaces que hablan de veladas felices de viernes, cuando la prole duerma. Más adelante, tras un puesto con banderas palestinas y del Real Madrid -no sé quién está peor-, nos topamos con los famosos helados con pistacho de Bakdash, de masa ablandada a base de mazazos, y puestos de algodón de azúcar y chuches donde los niños se arremolinan ante otro niño más joven que los vende y los reordena por colores, con ansia de TOC, cuando aquellos se han ido con su bulla a otra parte. Un poco más allá hay tiendas de perfumes orientales de las que emanan esencias de oud e incienso, almizcle y pachulí, jabones alepinos y afeites milenarios, secretos de belleza que en Europa sólo hoy empezamos a conocer; otras «paraetas» con especias de cúrcuma y alcaravea y ajonjolí negro y pimienta de Alepo y cilantro seco y anís estrellado y azafrán iraní y nuez moscada y zumaque rojo, y todos los frutos secos del universo mundo, sin los que el damasceno no sabe vivir : pistachos y altramuces y almendras tostadas y anacardos y orejones de albaricoque y turrón y maní y piñones minúsculos como pepitas, a precio de oro. Oro que las mocitas casaderas y sus madres escrutan en los escaparates de minúsculas joyerías, con ojo experto en gramajes y quilates, joyas para un ajuar o una dote, o para salvar algo del valor de unos billetes que cada vez valen menos. Entro en una tienduca de bric-à-brac, donde todo tipo de cachivaches se apilan sin orden ni concierto. Empieza uno mirando cámaras antiguas junto a un retrato de Saddam Hussein, y sigue por relojes de muñeca de marcas ya fenecidas o por mecheros Ronson de fabricación británica y aire setentero, para terminar examinando, con aire de numismático de la Plaza Mayor, monedas que dicen ser de la época de Caracalla y que me recuerdan a una vieja profesora de latín, otras, de oro, bizantinas y algo hipnóticas, o “sultanis” otomanos y táleros de Maria Teresa de Austria. En la rebotica, ya en confianza con el “dukkanji” y tras el té de rigor, se nos muestran otras raras y preciadísimas de la ceca del Estado Islámico. Todas circularon como moneda más o menos corriente en este bazar, río incesante de vida de una ciudad a la que más de 4000 años contemplan. Tras el paseo, me siento en Al-Nawfara, un remanso en su orilla donde tomar un café turco con cardamomo con el rumor de fondo del agua en las cachimbas de narguile y el claqueteo de la partida de “tawleh”, mientras la voz ascética de Fairouz canta a Nizzar Qabbani y nos advierte desde un altavoz lejano, maternal pero admonitoria, contra toda desesperanza.
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