Ángeles y demonios
La semana pasada tuvimos la suerte de poder asistir en Noreña a una conferencia de Philippe Sands, organizada por la Asociación Cultural Contigo. Para quien no conozca a Sands, simplemente diremos que, además de un prolífico y ameno escritor, es uno de los juristas internacionales más prestigiosos del mundo, profesor en universidades de referencia, abogado ante tribunales internacionales y protagonista de algunos de los procesos más importantes relacionados con crímenes contra la humanidad. Intervino en el histórico caso Pinochet en Londres, ha trabajado ante la Corte Internacional de Justicia y ha dedicado buena parte de su vida a perseguir legalmente aquello que muchos preferirían dejar enterrado bajo toneladas de olvido.
[–>[–>[–>Sus palabras, además, fueron traducidas del francés por la hija del juez Juan Guzmán Tapia, el magistrado chileno que tuvo la valentía de encausar a Augusto Pinochet cuando todavía había demasiada gente mirando hacia otro lado.
[–> [–>[–>Sands vino a hablar, entre otras cosas, de su último libro, “Pinochet en Inglaterra y un nazi en la Patagonia”, una de esas historias reales que dejan mal cuerpo porque dinamitan el cómodo mecanismo mental con el que solemos clasificar el mundo entre monstruos y personas normales. Y ahí estaba precisamente lo inquietante de cuanto contó. Porque ni Pinochet, ni los criminales nazis, ni tantos verdugos surgidos de dictaduras de uno u otro signo, son monstruos de película con colmillos y mirada diabólica. Son hombres que besan a sus hijos antes de dormir, riegan el jardín los domingos, acarician al perro y preguntan a su esposa si falta sal en la sopa. Padres ejemplares. Maridos atentos. Vecinos educados. Y al mismo tiempo responsables de torturas, desapariciones y asesinatos.
[–>[–>[–>
Eso es lo verdaderamente aterrador del asunto: que el horror rara vez llega disfrazado de horror. Casi siempre aparece vestido de normalidad.
[–>[–>[–>Mientras escuchaba a Sands recordé una información que me había enviado días antes un amigo sobre Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán asesinado por los nazis en 1945 por enfrentarse al régimen de Hitler. Bonhoeffer dejó escrita una frase demoledora que hoy debería estar grabada en la puerta de cada parlamento, de cada red social y de cada plató televisivo: “La estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad”.
[–>[–>[–>
Bonhoeffer advertía de que el estúpido ni siquiera es consciente de serlo. Y ahí reside el peligro. Porque contra el mal aún cabe rebelarse, pero contra la estupidez fanatizada resulta dificilísimo luchar. El estúpido no escucha. Repite. Obedece. Se enfurece si alguien cuestiona el dogma. Y termina entregando voluntariamente su libertad a cualquier iluminado cuyo único objetivo sea alcanzar o conservar el poder a costa de lo que sea.
[–>[–>
[–>Por eso conferencias como la de Sands son importantes. Porque nos recuerdan que las democracias no mueren de repente, que se van pudriendo poco a poco, entre la indiferencia de la gente normal y los aplausos de los convencidos. Porque insisten en la necesidad de un Derecho Internacional capaz de servir de freno a conductas irracionales cuyas consecuencias pagamos toda la humanidad. Y porque conviene no olvidar nunca que los mayores horrores de la Historia no los cometieron demonios: los cometieron personas corrientes, convencidas de que obedecer es más cómodo que pensar.
[–>[–>[–>
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí