La incapacidad de amar
Hay quiebras humanas que una sociedad nombra enseguida, y otras que prefiere no mirar. Entre estas últimas hay una especialmente devastadora: la incapacidad de reconocer al otro como alguien digno de amor, cuidado y límite.
[–>[–>[–>No hablo de sentimentalismo ni de buenas intenciones. Hablo de una fractura moral profunda. De esa erosión interior que convierte una vida ajena en algo prescindible, utilizable o irrelevante. De esa forma de estar en el mundo que deja de ver al otro como semejante y empieza a verlo como obstáculo, instrumento, estorbo o presa.
[–> [–>[–>He dedicado más de cuarenta y cinco años de mi vida a trabajar con la vulnerabilidad humana. No lo he hecho desde la distancia, ni desde un despacho, ni desde una teoría cómoda. Lo he hecho desde la implicación. He acompañado procesos socioeducativos complejos, he visto crecer a personas que partían de situaciones extremadamente frágiles y he aprendido —a veces con esfuerzo, siempre con gratitud— que la vulnerabilidad no es una condena, sino un punto de partida.
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Tal vez por eso me pesan cada vez más las miradas simples, los prejuicios rápidos y las etiquetas colocadas con una ligereza casi cruel. Me pesa, sobre todo, esa forma de estar en el mundo que deja de ver al otro como semejante. Porque cuando eso ocurre, el daño no tarda en aparecer.
[–>[–>[–>Lo vemos cuando un niño de cinco años deja de ser un niño y se convierte en cebo para atrapar a sus padres escondidos, tratados como presas por no tener papeles. Ahí ya no estamos solo ante una injusticia legal o administrativa. Estamos ante algo más oscuro: una mirada que ha dejado de ver infancia, miedo y desamparo, y solo ve utilidad.
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Lo vemos cuando se dispara contra personas que hacen cola para conseguir comida. Personas que ya han tenido que vencer la humillación, el hambre y el terror para ponerse allí, expuestas, esperando un gesto mínimo de supervivencia. Cuando alguien puede mirar esa escena y seguir apretando el gatillo, lo que se ha roto no es solo una norma. Lo que se ha roto es el vínculo humano.
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[–>Lo vemos también cuando un cuerpo infantil deja de ser inviolable y se convierte en territorio de abuso. Cuando el poder se ejerce sin límite sobre quien no puede defenderse. Cuando el daño deja de ser una deriva y se convierte en una forma fría de dominación. Ahí la palabra crueldad casi se queda corta.
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Pero no hace falta llegar siempre a esas escenas extremas para reconocer la misma herida. La misma quiebra aparece también cuando el dolor ajeno no provoca alarma, sino indiferencia. Cuando la injusticia no produce escándalo, sino cálculo. Cuando mirar hacia otro lado se convierte en una forma aceptable de convivencia. Cuando el sufrimiento del otro deja de interpelarnos y empieza simplemente a molestarnos.
[–>[–>[–>En ese punto uno comprende que no está solo ante fallos del sistema, ni ante errores técnicos, ni ante desajustes institucionales. Está ante una quiebra mucho más profunda: la incapacidad de sentir al otro como alguien que importa. La pérdida de esa facultad elemental sin la cual toda convivencia empieza a pudrirse por dentro.
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Durante décadas hemos hablado –y con razón– de derechos, de apoyos, de recursos, de inclusión, de oportunidades, de accesibilidad y de participación. Y debemos seguir haciéndolo. Es una obligación ética irrenunciable. Pero hay una verdad incómoda que no deberíamos dejar fuera de la conversación: una sociedad no se deshumaniza solo por lo que niega en términos materiales; también se deshumaniza por lo que deja de sentir ante el sufrimiento ajeno.
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La falta de amor no es una metáfora. Tiene cuerpo, tiene consecuencias y deja vidas heridas. No es un problema sentimental, sino moral. Produce abandono, humillación, abuso, cálculo frío. Deja infancias destruidas, biografías quebradas, cuerpos atravesados por el dolor y la desprotección.
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Por eso, cuando esta quiebra aparece, la prioridad moral no puede confundirse. Primero están las víctimas. Primero proteger. Primero cuidar. Primero sostener. Primero impedir que el daño siga avanzando. No hay coartada pedagógica ni explicación psicológica que pueda desplazar ese orden. Antes que interpretar la grieta del agresor, hay que cerrar la herida del vulnerable.
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Y, sin embargo, conviene mirar todavía más hondo. Porque lo más inquietante de esta incapacidad de amar es que no siempre se presenta con rostro brutal. A veces aparece vestida de racionalidad, de eficacia, de formalismo, de pulcritud. A veces habla con lenguaje correcto. A veces se ampara en procedimientos impecables. A veces no grita, no insulta, no golpea. Simplemente deja de reconocer al otro como alguien digno de ser amado y protegido. Y eso basta.
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Por eso conviene decirlo sin rodeos: la capacidad de amar no es un adorno emocional. No es un lujo íntimo. No es una virtud opcional para almas sensibles. Es una competencia moral básica, una condición de posibilidad para la vida en común. Sin amor, la inteligencia se vuelve instrumental. Sin amor, la voluntad se endurece. Sin amor, la libertad corre el riesgo de convertirse en permiso para dañar. Sin amor, incluso las estructuras más correctas pueden volverse frías, ciegas y crueles.
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Educar, por eso, no puede limitarse a enseñar normas ni a repetir discursos aceptables. No basta con formar en tolerancia si no se toca el corazón moral de la persona. Hay que cultivar la capacidad de reconocer al otro. Amar no como sentimentalismo blando, sino como una forma activa de reconocimiento. Como decisión de no cosificar. Como negativa radical a usar al otro. Como disposición a dejarse afectar por su dolor, su dignidad y su verdad.
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Amar puede doler, pero no amar desfigura. No amar encierra a la persona en sí misma hasta volverla incapaz de comunicar. La priva de mundo común. La vuelve más dura, más sola, más peligrosa. Quien no ama no solo puede hacer víctimas; también empieza a vaciarse por dentro. Pierde la capacidad de asombro, de compasión, de límite y de pertenencia. Se instala en un infierno silencioso que no siempre se ve desde fuera, pero que va devastándolo todo.
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Por eso esta capacidad debería ser una prioridad absoluta: en nuestros hijos, en nuestros alumnos, en nuestras comunidades, en nuestros equipos de trabajo y en nuestras instituciones. No solo para evitar daño. También para hacer posible una sociedad habitable. Una sociedad en la que el otro no sea obstáculo, amenaza o instrumento, sino presencia digna.
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Durante décadas hemos trabajado –y debemos seguir haciéndolo– para ampliar derechos, apoyos, recursos y oportunidades allí donde la vulnerabilidad reclamaba justicia. Ese esfuerzo no puede retroceder ni un milímetro. Pero quizá ha llegado la hora de ampliar también la mirada y de atrevernos a nombrar uno de los déficits más graves de nuestro tiempo. No está solo en la pobreza de recursos ni en la insuficiencia de estructuras. Está también en quienes han dejado de reconocer al otro como alguien digno de cuidado.
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Y, sin embargo, no escribo esto desde la desesperanza. Lo escribo precisamente porque sé que el amor también se educa. Se aprende. Se entrena. Se contagia. Cada gesto de reconocimiento devuelve humanidad al mundo. Cada acto de cuidado rompe un poco la lógica de la crueldad. Cada vez que alguien se niega a cosificar al otro, algo se salva.
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Porque la verdadera quiebra no empieza cuando alguien necesita apoyo, sino cuando dejamos de reconocer su dignidad. Y una sociedad que deja de hacerlo no solo hiere a sus víctimas: empieza también a vaciarse por dentro.
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