La Iglesia Ortodoxa Rusa, bajo la permanente presión del Estado
La Catedral Principal de las Fuerzas Armadas, en la localidad de Kúbinka, a unos 50 kilómetros al oeste de Moscú, recoge a la perfección, en sus 11.000 metros cuadrados de arquitectura neobizantina, el espíritu actual de las relaciones entre la Iglesia Ortodoxa Rusa (IOR) y el Estado dirigido por Vladímir Putin. Financiada a partir de donaciones, aportaciones gubernamentales y contribuciones salariales obligatorias de algunos militares, durante los días navideños de 2020-2021, pocos meses después de su inauguración, reflejaba en su fachada, de forma intermitente, los colores rojo, blanco y azul de la bandera rusa, mientras que en su vanguardista interior, los integrantes de un coro, incluyendo a los tradicionales oktavists (cantantes masculinos de registro grave) vestidos todos ellos de uniforme militar, entonaban a capela desde cantos monódicos hasta complejas polifonías. El grueso del público asistente, eso sí, parecía preferir lo que sucedía en el exterior, donde en medio de una copiosa nevada, se habían instalado atracciones para los niños y puestos de venta de comida y golosinas.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>«Mucha gente piensa que es una institución completamente bajo la obediencia de Putin, el FSB (ex-KGB) y la Administración Presidencial, yo creo, en cambio, que la Iglesia ortodoxa tiene su propia subjetividad espiritual y sus relaciones no equivalen a una obediencia absoluta», define Ksenia Luchenko, periodista rusa especializada en temas eclesiásticos. «Es un matrimonio tóxico», critica la periodista británica Lucy Ash, experta en la ex-Unión Soviética y autora del libro ‘El bastón y la cruz: la iglesia rusa desde los paganos hasta Putin’ (Icon books, 2024).
[–> [–>[–>El ‘mundo ruso’
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La guerra de Ucrania ha sido el ejemplo fehaciente de la actual colusión del mundo eclesiástico ruso con los intereses de las autoridades del país. Propugnando la idea de que existe un ruski mir (mundo o civilización rusa) al que pertenecerían de forma obligatoria Ucrania, Bielorrusia y otras exrepúblicas soviéticas, el patriarca Kirill ha llegado a calificar las acciones de los soldados rusos en el vecino país de «sacrificio que lava todos los pecados». Desde el inicio de la invasión rusa, además, es frecuente ver a sacerdotes ortodoxos bendiciendo tanques y técnica militar en el momento de su traslado por carretera.
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Archivo – El presidente ruso Vladimir Putin con el patriarca Kirill de Moscú y de toda Rusia / -/Kremlin/dpa – Archivo
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Los intentos del Estado de controlar a la IOR no son nuevos, y ya en la época de los zares se produjeron pulsos y episodios de tensión. Tal y como recuerda la experta Ash, el zar Pedro el Grande «no permitió» la elección de un nuevo líder espiritual tras la muerte en el año 1700 del patriarca Adrián, y estableció un órgano de gobierno laico que supeditaba las prioridades de la institución eclesiástica a la acción de reforma del Imperio que el monarca había emprendido. Dos siglos y medio más tarde, rememora Luchenko, en 1943, en plena guerra existencial de la URSS con la Alemania nazi, el líder soviético Stalin, «por razones de política exterior», tras décadas de ateísmo de Estado y brutal persecución bolchevique, rehabilitó a la IOR y permitió la elección de un patriarca a cambio de lealtad al Estado soviético. Hitler había reabierto iglesias en el territorio ocupado, y por esta razón, «en su encuentro con los jerarcas eclesiásticos» el líder soviético se hallaba acompañado del ministro de Exteriores Viacheslav Molotov, recuerda Lischenko.
[–>[–>[–>Está demostrado por los historiadores que tanto Kirill como Alekséi II, los dos últimos patriarcas de la IOR, colaboraron estrechamente con el espionaje durante la era soviética. En 1971, Kirill fue desplazado a Ginebra por las autoridades soviéticas para representar a la IOR ante el Consejo Mundial de las Iglesias, un órgano multiconfesional en donde realizó una intensa labor de lobista en favor de los intereses de la URSS, además de vigilar de cerca a la comunidad de exiliados rusos. En el caso de Alekséi II, ejerció un papel de vigilancia y control de posibles religiosos disidentes, así como de defender en foros internacionales que en el Estado comunista soviético existía libertad religiosa.
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Aunque el peso de la historia no juegue en favor de la emancipación de la IOR, a largo plazo algunos analistas ven la posibilidad de que todo este andamiaje que la ata al Estado acabe desapareciendo. «Pero para eso, es necesario que se derrumbe» el régimen actual, concluye la experta Luchenko.
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