El puertu
Tienen los franceses la palabra «alpages» para referirse a lo que nosotros llamamos «puertu», esa tierra que en la buena estación apurre vida y alimento al ganado y a todas las familias que viven de él. En los puertos, las lenguas cantábricas señalan como «braña» ese verdor húmedo en que se allana el relieve y paran las vacas, mordiendo su hierba apretada, y donde el pastor suele levantar cabañas y cuerres, para «estremar» -organizar- los componentes del rebaño.
[–>[–>[–>Tanto si «braña» viene del latín, apuntando a los espacios de verano y valor, como si es una herencia de la voz «brakna», que los celtas esparcieron por donde había cierta humedad, estamos ante una idea antigua y ganadera que la nación asturiana comparte con todas aquellas del noroeste que se abastecen de los pastos altos.
[–> [–>[–>La lengua y cultura de pastor sembraron los puertos de nombres y construcciones en una estrecha relación con el medio. Actualmente, el repliegue de la actividad ganadera y de quienes hacían «estada» arriba, en las majadas, ha dejado en silencio las brañas, mientras los «herbaos» retroceden. Paradójicamente, los caminos digitales del senderista o del corredor de montaña han reemplazado la moderada huella que seguía el paisano, al cuidado de los animales. Las camperas, sin diente que las contenga, pierden la guerra contra la cotolla y abastan de combustible las quemas, mientras se «escosan» las fuentes y todo el paisaje de montaña se empobrece. Es muy difícil separar la imagen de Las Asturias vaqueiras, de Las Ubiñas y el Aramo o de Los Picos de Europa sin el jardinero que las definió junto a sus animales. Amieva, Ponga, Redes o Somiedo se desdibujan, al par de su demografía, y del matorral palabrero de la Xunta no sale al encuentro del reto una acción que preste.
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A Las Asturias de montaña hay que pensarlas con los pies sobre el suelo, profundidad y criterio, y no con una política de ciudad que sueña con ovejas eléctricas. Es necesario un estilo nuevo para interrogar al territorio y preguntarle: por qué llevas aquí el nombre de «barredu», o allí el de «caldes». O de qué quiere avisar el vecino con el «desbentíu», mientras se expresa arqueando las cejas. Esta nación «piquiñina» y plural, que se resiste a su simplificación en el plano, no tiene quién la defienda en altura. No tiene quién sepa trabar el desplome vertiginoso de caserías y ganaderos medianos, y no hay nadie que sepa, siquiera, determinar quién tiene la autoridad sobre los puertos. Los puertos no tienen buena cobertura, ni legal ni de la otra, y languidece el derecho de pastos sobre el que se construyeron parroquias y concejos ya va siglos, cuando los rebaños de uno u otro valle iban trazando, camino de la braña, las arbas que no se podían sobrepasar. En asturiano, el arba de una comunidad ganadera se dibujaba con detalle en el suelo y en el lenguaje, y los rapaces aprendían a recitar la raya de parroquia como un recortable, mientras el verbo «pertenecer» unía como un yugo de dos sujetos al ganadero y a su paisaje. Hay que aprender de nuevo a xuncir la pareya.
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