quince «joyas arbóreas» que miran al próximo siglo
El Campo San Francisco no se hereda de los antepasados, se toma prestado de los hijos. Bajo esa máxima silenciosa, el Ayuntamiento trabaja para dibujar la silueta del parque para el siglo XXII. La caída fortuita de un tilo en el paseo de Julio Vallaure es un ejemplo más de la necesidad de un plan de replantación que acaba de terminar. Quince nuevas «joyas arbóreas», plantadas entre marzo y mayo, ya asoman sus ramas por el Bombé y sus aledaños, y no son ejemplares elegidos al azar: son promesas de sombra, color y resistencia.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>La gran novedad radica en la personalidad de estos nuevos «vecinos». Si el Campo fuera una biblioteca, el Ayuntamiento acaba de adquirir algunos de los mejores volúmenes disponibles en el mercado de la naturaleza. Entre ellos destaca el Ginkgo biloba, una joya botánica que es, literalmente, un fósil viviente. Es el único de su especie que sobrevivió a las glaciaciones y tiene una longevidad que marea: puede superar los mil años. Sus hojas, en forma de abanico, se volverán de un amarillo dorado eléctrico en otoño, ofreciendo un espectáculo visual que los ovetenses del futuro agradecerán cada noviembre.
[–> [–>[–>Usuarios pasando junto a un liquidámbar plantado cerca de Fuentona. / Fernando Rodríguez
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Pero si hablamos de estética, la mirada se detiene en el entorno de la Fuentona. Allí se ha plantado un ejemplar de Acer pseudoplatanus ‘Leopoldii’, un arce real que el paisajista José Valdeón define como «una verdadera belleza». No es para menos: sus hojas brotan con matices rosáceos para luego madurar en un variegado de verde y blanco crema. Es un árbol de porte noble, destinado a ser uno de los más fotografiados del parque en cuanto alcance su madurez.
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En el paseo del Bombé, la estrategia ha sido clara: mantener la identidad pero reforzando la salud del conjunto. Se han plantado castaños de Indias rojos, una elección que busca la elegancia de su floración y una mayor resistencia a las enfermedades que han castigado a los ejemplares más viejos. Junto a ellos, los liquidámbares (Liquidambar styraciflua) aportan la verticalidad. Son árboles que pueden alcanzar los 40 metros de altura y que, gracias a su resina aromática y sus hojas estrelladas, se convertirán en las antorchas del Campo cuando el frío apriete, tiñéndose de rojos, púrpuras y anaranjados.
[–>[–>[–>El concejal de Servicios Básicos, José Ramón Pando, insiste en que estas incorporaciones buscan «compensar las talas obligadas por enfermedad» y garantizar la seguridad sin perder ni un ápice de riqueza forestal. Por eso se han incluido también carpes (Carpinus betulus), árboles de madera durísima (el «hierro» de los bosques) que soportan perfectamente las podas y el paso del tiempo, y los olmos, que regresan para reclamar su sitio en el ecosistema local.
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Relevo para los gigantes
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En el paseo de Julio Vallaure, donde el vacío dejado por el tilo caído aún se siente, un nuevo plátano de sombra ya estira sus ramas. Es el relevo generacional de esos gigantes de 40 metros que hoy asombran a los turistas. Junto a él, los cerezos (Prunus serrulata y glandulosa) pondrán la nota delicada y efímera de la floración primaveral, ese recordatorio anual de que el Campo siempre vuelve a nacer.
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[–>No falta un carbayo (Quercus robur), que es la esencia misma de Oviedo. Plantar un roble en el Campo es un acto de fe: crecen despacio, con la parsimonia de quien se sabe dueño de los siglos. Estos nuevos carbayos están llamados a heredar el trono de los ejemplares de cuatrocientos años que aún resisten junto al edificio del Pavo Real.
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«Es de agradecer que renueven los árboles porque esto es un tesoro que hay que cuidar», dice Almudena López, vecina que utiliza los aparatos de gimnasia del paseo del Cura y que ha seguido con atención las plantaciones. Ella, como muchos, entiende que el Campo es un puzzle que nunca se termina de montar. Con estos quince nuevos árboles, y la incorporación de las camelias rescatadas de la Fuente de Longoria, Oviedo se asegura de que, cuando los actuales gigantes se cansen de sostener el cielo, haya una nueva generación para tomar el relevo. Los cuidadores del pulmón verde de la ciudad trabajan para otorgarle una prórroga de varios siglos.
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