Cada niño es una lección de vida
Un cochecito de plástico está inmóvil en el suelo de la cocina, debajo de la mesa junto a la pared. Nadie ha jugado con él en semanas. Pero Rio se niega a ponerlo en la caja de juguetes. Aún no. Han pasado menos de dos meses desde que el último niño que acogió abandonó el hogar familiar adoptivo. Este cochecito, dice Río, y las decenas de fotografías pegadas en la puerta del frigorífico son el legado de número 25 más pequeño que este de Valladolid que vive en un pueblo de Zamora ella le ha ofrecido refugio desde que se convirtió en madre adoptiva hace 18 años.
En cualquier momento, el teléfono puede volver a sonar para anunciar que un bebé necesita urgentemente un hogar, pero un hogar temporal. Las familias de acogida son aquellas que cuidan a los menores que están separados de su familia biológica hasta que encuentren una familia adoptiva adecuada o regresen con sus padres a través del programa de reunificación familiar. Este vacío en la vida de los niños es el que familias como las de Río intentan llenar con un cariño repentino, incondicional, pero con fecha de caducidad. Las familias anfitrionas saben que llegará un día en el que tendrán que despedirse y, aunque sean anunciados, siempre duelen.
Cuando suena el teléfono para anunciar la llegada de una nueva casa de acogida no es una buena noticia para nadie. «Es difícil por las circunstancias en las que llegan todos los niños. Situaciones de consumo de drogas y alcohol durante el embarazo. Casi siempre llegan con problemas y son niños que llegan muy dañados. Si estuvieran bien, no estaríamos pensados en nosotros para cuidarlos, sino que estarían con sus padres», explica.
“Las despedidas son imprescindibles, pero siempre hay nuevos reencuentros”
En 25 ocasiones, Río vivió el calvario de despedirse de un pequeño. “Te queda tanto amor que no sabes ni cómo manejarlo”, admite. De bebés no recordarán que una etapa de su vida pasó en una familia de acogida. Río dice que una vez que crecen, hay padres que les cuentan su vida a sus hijos adoptados y les hacen tomar conciencia de quién fue esa familia “puente”, justo cuando ellos eran más vulnerables. Y permiten que sus hijos permanezcan en contacto con los padres adoptivos.
En el intervalo entre el último paseo y la próxima llegada, la logística entra en juego para preparar la próxima acogida, pero también como terapia. «Cuando un niño se va, recojo todo, porque me da mucha pena guardar su cuna, su silla, casi todo, pero hay que estar preparado porque en cualquier momento te vuelve a llamar. Y corro a la farmacia a buscar pañales, leche para biberones, etc.» Es así como la maquinaria emocional, siempre aceitada y lista en estas familias, vuelve a entrar en acción. «La casa siempre está lista».
“Las recepciones más cortas son siempre las dimisiones”, explica este veterano. Son las 16 semanas que transcurren entre la decisión de una madre de entregar a su recién nacido y el momento en que debe ratificar esta decisión para que el niño pueda ser adoptado. Su colocación en cuidado de crianza más larga duró dos años. “Estos son los más difíciles, porque cuanto más tiempo pasas, más apego hay”.
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