El truco Mendoza
Aunque volveremos a él más adelante, les pido por favor que tengan presente el siguiente y breve párrafo donde se describe el aire, el ambiente del domicilio del exinspector que coprotagoniza la última novela de Eduardo Mendoza (Premio Cervantes, Premio Princesa de Asturias… todos los premios justos y necesarios), intitulada «La intriga del funeral inconveniente». Dice así el narrador: «El resto de la vivienda estaba en tinieblas y del fondo de un pasillo llegaba a la sala el aroma de col hervida que según algunos constituye el núcleo de los agujeros negros». Pues, burla burlando, acaban ustedes de asistir al que llamo «truco Mendoza» y que paso a explicar.
[–>[–>[–>Hablo desde la grada de los forofos de Eduardo Mendoza. Forofo de bufanda y pedigrí, forofo desde hace 50 años (cincuenta, repito: medio siglo) cuando en la tertulia ovetense del Bar Cundo descubrimos los letraheridos de la época aquella deslumbrante, rara y rompedora novela que es «La verdad sobre el caso Savolta». (Por obligación de la censura, iba a llamarse «Los soldados de Cataluña», como reza un verso de una canción infantil que quisiera ser tan alto como la luna, etc., pero la tijera franquista no andaba para infantiladas). Soy tan forofo que me he leído todo Mendoza, hasta «La isla inaudita», hasta «Riña de gatos», hasta su reivindicación de Palacio Valdés. Tan, tan forofazo que no digo majaderías como que su «La ciudad de los prodigios» es descacharrante (estoy por batirme en duelo con el autor de semejante error), cuando es dura como el diamante y sirve, al parecer, para dárselas el presunto crítico de conocedor, cuando ignaro es. Tan forofo sigo siendo que me he comido pestiñacillos mendocianos sin rechistar y milito en las filas de quienes no distinguimos entre un Mendoza serio y un Mendoza tararí. Eduardo Mendoza y punto.
[–> [–>[–>Pero ¿por qué es tan, tan bueno que me ha hecho tan, tan forofo suyo? Sus argumentos, a veces, son de traca petardera de mala feria. ¿Será, entonces, por esos saltos del sentido esperado (nos vamos aproximando) como el del padre del periodista novato de esta última novela?: «Habría podido medrar y ser algo en la vida, pero no lo he sido por ti. ¿También porque soy inepto, holgazán y sinvergüenza?» ¿Será por personajes como esa querida y recurrente Cándida que hace ascos a un pastel porque es «cirílica» y es intolerante a los «lactantes» en las comidas; la que define a su hermano como «delincuente habitual, ladrón, traidor, infidente, falso y vil, en suma, un verdadero apache»? ¿Será por partirte el eje gracias al exinspector que tiene a su madre no por una beata, sino por «una mezcla de budista y baturra»?
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Pues sí. Es por todo ello aunque también por el nivel más profundo, más sutil y fino de Eduardo Mendoza. Persigámoslo y volvamos para ello al principio. Hablan el periodista y el exinspector citados. Mete la nariz –nunca mejor dicho– el narrador: «El resto de la vivienda estaba en tinieblas y del fondo de un pasillo llegaba a la sala el aroma de col hervida». El párrafo podía acabar ahí y todos los lectores tan tranquilos: una casa antigua, gris, penumbrosa, pobre, con pestazo a rancio cocido de agua y fritangaza: de cortinones y mediocridad. Nos la imaginamos perfectamente.
[–>[–>[–>Pero viene el «truco Mendoza», el añadir un remate, un guiño tan innecesario narrativamente para el progreso de la trama como indispensable para el lector que quiere sacar aún más petróleo de la lectura (no es la guinda del pastel: es el pastel mismo). ¿A qué me refiero? A ese «que según algunos constituye el núcleo de los agujeros negros». Pero ¿qué demonios pinta ese brochazo fino y rotundo y rápido. Agujeros negros, su núcleo, col hervida, lo disperso de la explicación tan de tapadillo («según algunos»). Argumento –el que sea–, personajes al albur, trama enrevesada y arbitraria. ¿Quieren más? Pues ahí está: el truco Mendoza.
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