La gente está cada vez más cabreada porque no puede vivir
El profesor de la Complutense y ensayista vuelve a la carga con un relato documentado y minucioso (Libros del K.O.) en el que sigue el rastro de las oligarquías económicas desde el franquismo hasta hoy y disecciona su influencia en la estructura política del país, a izquierda y derecha. Una historia de vasos comunicantes y puertas giratorias que empezó a fraguarse en 1939 y continúa vigente.
[–>[–>[–>-¿De dónde procede su interés por entender quién hay detrás del poder aparente, por conocer quién o quiénes manejan realmente los hilos?
[–> [–>[–>Cuando empecé el doctorado en Sociología en la Universidad de Málaga, en el año 2011, quería investigar sobre las estrategias de propaganda sobre la supuesta autoría de los atentados del 11 de marzo de 2004; había pensado, además, analizar las redes de influencia y poder dentro del 15M en las principales ciudades españolas. Pero a mi entonces director de tesis no le pareció que estas fueran buenas ideas ni enfoques y consideró que yo debía analizar las redes de poder político, financiero y mediático que gobernaban España. Es decir, más o menos lo contrario. Me puse a investigar y, como tampoco le gustó mi método, o mi orientación, o quizá tampoco mi forma de pensar, me quedé temporalmente sin director. Pero he seguido unido a este tema, quizá por deformación profesional, tal vez por aclararme más.
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-Sostiene que tras esta red de poder subyace el relato de que a España siempre se la tiene que salvar porque el pueblo es incapaz de hacerlo por sí mismo. ¿Cómo se contrarrestan estos grupos de poder y se avanza en la conquista de espacios de decisión?
[–>[–>[–>Nosotros tenemos una red formada por un capital financiero, industrial y tecnológico, en primer lugar; por unos tecnócratas y altos funcionarios que ejecutan políticas y legislaciones que convienen a esta primera facción y que generan una legalidad; y, en tercer lugar, por una serie de ideas y creencias que nos advierten de que los experimentos democráticos son siempre arriesgados. Estas tres piezas conforman el puzle de la dominación y dicha dominación puede ser con una Constitución o sin ella: lo importante es que las piezas encajen. Pese a todo ello, hay otro elemento: la gente, la sociedad civil, las asociaciones, los sindicatos, los colectivos de vecinos, las congregaciones religiosas de base… Todas estas formas de asociación se mueven por demandas que van surgiendo y son observadas por ese sistema: algunas ideas que creíamos seguras van cambiando, algunos poderes caen y son rescatados por otros. El sistema es fuerte, pero está cambiando continuamente. El poder es un atributo inherente a las relaciones sociales. La cuestión reside en qué instituciones se van generando para planificar la economía, el reparto de la riqueza, el funcionamiento de las empresas, las formas de relacionarnos… Cuanto más pasiva está la gente, menos supervisión y más excesos por parte de este sistema de poder. Creo que no puede erradicarse el sistema, pero sí hacerlo evolucionar.
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Andrés Villena Oliver (Elche, 1980), en una imagen reciente. / Asís González Ayerbe
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-El libro arranca con unas consideraciones sobre el socialismo y por supuesto cita al expresidente Zapatero. ¿Le ha venido de nuevo su imputación por parte de José Luis Calama y toda la supuesta trama recogida en el sumario?
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[–>El expresidente Zapatero ha podido incurrir en errores e irregularidades, pero estos deben, primero, probarse firmemente más allá de titulares periodísticos sonoros, y, después, ponerse en el contexto de un ejercicio post presidencial que está regulado de manera muy favorable a los conflictos de interés. Una vez comparado con la conducta de presidentes anteriores, sobre los que no se ha puesto la lupa hasta ahora, podríamos tener una estimación de la gravedad de su comportamiento. Pienso que, entretanto, un sistema de cuerpos como Policía Nacional, Guardia Civil, judicatura y fiscalía, en connivencia con una retransmisión casi en directo por una serie de medios, han creado una causa general contra el Partido Socialista Obrero Español.
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-Argumenta que la banca fue una de las grandes beneficiadas del franquismo y lo siguió siendo después. Pero en los últimos años hay algunas causas judiciales abiertas. ¿Cuál cree que será su alcance?
[–>[–>[–>Yo creo que el periodismo económico y judicial sigue con ese supuesto nunca cuestionado de que son los políticos los que se corrompen, así que no espero demasiada repercusión de las causas que usted menciona. La banca, efectivamente, empieza una carrera hacia el cielo cobrando unas indemnizaciones después de la guerra civil que la colocan en el centro de la industria y la economía nacional. Controlan o influyen decisivamente en el Banco de España y en el Consejo Superior Bancario. Con la llegada de la democracia se replantea el equilibrio y la relación con los reguladores, pero sigue habiendo socialización de pérdidas. Se rechaza la nacionalización bancaria que yo creo que estaba justificada en los años ochenta. Y, por supuesto, también después de 2008: si se rescata la banca para evitar una hecatombe financiera y fiscal, si son los contribuyentes los que ponen o adelantan el dinero, representantes estatales han de estar presentes en el consejo de los bancos al menos hasta que se devuelva el dinero.
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-Explica que a finales de los años 50 se trazó cuál iba a ser el monocultivo económico del país, el turismo y el ladrillo, un motor que empieza a tener oposición entre los ciudadanos por su reparto desigual de la riqueza y por el impacto que tiene sobre el acceso a la vivienda y el territorio. ¿Están perdiendo legitimidad estos polos del desarrollismo apuntalados también en el franquismo?
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Uno de los promotores del golpe militar, el periodista de ABC Luis Antonio Bolín, que realizó las gestiones para alquilar el avión Dragon Rapid, que llevó a Franco al frente de la rebelión militar, fue luego miembro de la cooperativa de propietarios de la Costa del Sol, junto con el ministro neofascista José Antonio Girón de Velasco. Fue una operación de Estado la que nos dejó el citado monocultivo: se generaba crecimiento económico que se consideró mágico y que servía para ingresar divisas, enjuagar el déficit por cuenta corriente y poder comprar maquinaria y materias primas. No hace falta decir que muchos se forraron. Desde el punto de vista de los economistas ecológicos, es una catástrofe, pero hay que tener en cuenta que el desarrollismo no era una doctrina autóctona, sino que el crecimiento del Producto Interior Bruto ha sido el medidor de la salud económica desde que el propio economista promotor Simon Kuznets alertara en los años treinta del siglo pasado de los riesgos de la medida. La gente está cada vez más cabreada, porque no puede vivir. Pero no ha percibido aún que haya un colectivo político que se crea capaz de dirigirse a la gente y decirle: “vamos a pasarlo mal durante un tiempo para encontrar un camino mejor”. No se estila pensar a largo plazo en política. Ahora mismo, el crecimiento, el desarrollo mal llamado sostenible, es la única vía para seguir ganando elecciones.
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En el libro también cuenta que el alcance limitado de las reformas fiscales en democracia son herencia del franquismo y responden al favorecimiento de los de siempre. Ahora hay un movimiento internacional con más o menos fuerza que aboga por la tasa Zucman, por gravar toda la riqueza de los ultrarricos. ¿Estamos más lejos que nunca de que esto sea posible?
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El propio ministro de Hacienda José Larraz, de los Propagandistas Católicos, intentó hacer una tímida reforma fiscal progresiva en los años 40. Se acabó marchando poco después, igual que otros que lo intentaron más tarde. Hasta 1977 no se introduce el IRPF. Esto indica que fueron cuarenta años con un Estado clasista que redistribuía al revés. De todos modos, las relaciones de los tecnócratas del Opus Dei con los ultraliberales de Mont Pelerin prueban que nunca creyeron en el reparto sino como mucho en el crecimiento como doctrina de control social: una sociedad de administradores y administrados en los que el nivel de vida fuera subiendo. Cuando llega la socialdemocracia del PSOE, Europa ha comenzado a girar hacia las prescripciones denominadas neoliberales, inspiradas por los propios sabios de Mont Pelerin, así que al final no ha habido una construcción completa del Estado del bienestar. Sobre la tasa Zucman se pondrán todos los obstáculos posibles porque amenaza no solo a la fortuna de los ricos, sino a que estos puedan mover su dinero como quieran. Creo que más que a su riqueza, apunta a su legitimidad: ellos no pueden permitir que su legitimidad se desvanezca o se debilite porque entonces sí tendrían que temer, como ocurrió en el periodo de entreguerras o a finales del XIX en los Estados Unidos.
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-En una España con una separación de poderes muy difusa, ¿ve posible poner coto al clientelismo?
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El propio gobierno actual ha colonizado muchos aparatos estatales y ha entrado en otros, como Telefónica, o Indra, ya penetrados hasta la saciedad por el PP. Se ve forzado a hacerlo por la pasión del poder o porque, si no, los de la oposición pondrán a un delegado, más afín a la clase empresarial. No me creo el adanismo de que desde unas asambleas callejeras vayamos a convertir a todo el mundo a una verdadera democracia. Eso como arranque está bien, pero lo político es un combate durísimo que han podido comprobar ya los de Podemos. No sé si en los próximos años asistiremos a un renacimiento social europeo que plantee todas estas cuestiones, pero por ahora solo podemos ver su vertiente militar. Entretanto, crear espacios de conversación y convivencia me parece la mejor terapia contra la dictadura de las pantallas.
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-¿Las redes sociales fueron un espejismo? Por un momento pareció que la ciudadanía podía empoderarse a través de ellas, pero el poder de los grandes señores de la tecnología ha demostrado justo lo contrario, más control.
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Estoy de acuerdo. Nos creímos que lo privado era común. Es decir, que internet estaba formado por unas autopistas en las que establecíamos relaciones. Y son autopistas con numerosos peajes: dependencia digital y psicológica, entrega gratuita de datos, algoritmos, construcción de nuestra realidad… Creo que, sinceramente, la cosa pasa por hacer una verdadera huelga en el terreno digital, porque será contra el oligopolio natural más potente nunca visto, o que aún no queremos ver. Esa huelga digital podría ser el acontecimiento más importante de los próximos años y nos diría mucho sobre nuestras posibilidades de conquistar el futuro.
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-¿Las nuevas élites serán las que controlarán la IA?
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En línea con el razonamiento anterior, solo vienen a incrementar la potencia del oligopolio natural digital. Es un aumento general de la eficiencia, de la aceleración de una vida cuyos fundamentos hemos perdido desde hace mucho tiempo. Se habla mucho de productividad económica, pero nunca de reparto. ¿No resulta curioso esto último? Sin reparto no hay economía porque no hay verdadera administración de los recursos. Puede haber eficiencia si yo lo tengo todo y los demás no tienen nada, pero el reparto deja mucho que desear. Con ese incremento inconsciente e infinito de la eficiencia, la democracia se vuelve indeseable. Ya lo están diciendo.
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-¿Hay vida política más allá de las redes de poder que describe en los partidos principales del país?
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La hay. El margen es menor hoy día porque vivimos, además, una frivolización de la conversación política. Hoy día todo el mundo puede decir que Feijóo ha salido en una foto con un narco, o que Sánchez es un perro y su mujer no sé qué. Se ha democratizado de manera perversa el debate: no hace falta leer nada para poder decir algo. No le veo ventajas a este asunto y esa politización es profundamente ideológica, porque nos echa encima un manto de insatisfacción sin preguntarnos las cosas que se han logrado ni las alternativas que tenemos.
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–¿Qué papel jugó Joan March en la conformación de estas redes de poder que describe en el libro? En su pueblo aún hay gente que tiene miedo a hablar de él…
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Fue un estadista privado. Está presente desde el final de la Restauración, pasa por la Segunda República… Tiene un papel clave en la financiación del bando nacional y en el traslado de Franco a Canarias. Creo que grandes historiadores como Ángel Viñas o Mercedes Cabrera lo han tratado profundamente, yo solo trazo sus relaciones con el Estado franquista. Construye un imperio silencioso y es normal que por su inteligente labor filantrópica y por la gestión que su familia ha hecho de Banca March la ciudadanía no quiera decir nada. Algunos líderes socialistas democráticos de prestigio habían pasado por la Fundación Juan March, por ejemplo, al igual que algunos de los politólogos que hacen análisis demoscópicos en las principales televisiones hoy en día. Probablemente ese silencio esté relacionado con un olvido obligado, lo que ocurre con el origen de otras grandes entidades presentes en el Ibex-35.
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-Aparte de lo que expone sobre el Banco Mundial respecto a la introducción del turismo como apuesta económica en España, ¿de qué manera se formaron fortunas como la de Gabriel Escarrer o Matutes?
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El inicio del desarrollismo, un periodo de intenso crecimiento económico, se caracteriza por un fuerte apoyo estatal a través de ayudas fiscales y créditos preferentes. Era imprescindible crecer en áreas y sectores económicos y, en muchas ocasiones, los propios empresarios formaban parte de los cuerpos asesores de los planes de desarrollo. No es extraño, en este sentido, que empresarios favorables al régimen contaran con información y facilidades para crecer. No es tampoco descartable que crecieran gracias a mucho trabajo e innovación, como el caso de Rafael del Pino en Ferrovial. Pero las conexiones importan: que se lo digan al factótum de Unión Fenosa, Pedro Barrié de la Maza.
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-La cuestión de la vivienda también transita el libro en varias ocasiones. ¿Tan poderoso es el sector inmobiliario que nadie se atreve a frenar la especulación?
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La vivienda es un problema en todo Occidente porque es un depósito de valor financiero futuro en una economía cada vez menos real. Y el caso español destaca porque desde los sesenta tener casa en propiedad es un mecanismo de control: tener que pagar una hipoteca me hace obediente y conformista, a la par que un buen cristiano que va a criar en ella todos los hijos que Dios quiera. Los socialistas, con la ley de Boyer a la cabeza a principios de los ochenta, no cambiaron esta situación, y se permitió que muchos dueños de VPO -que tendrían que haberse quedado en alquilados de por vida, según mi opinión-, especularan con pisos que en realidad eran prestaciones del Estado del bienestar. Hemos confundido derecho de acceso con propiedad, y las constructoras, inmobiliarias y financieras se han aprovechado. Hoy día Joan Clos, exministro de Industria de Zapatero, es jefe de una patronal de las inmobiliarias; el propio exministro José Luis Ábalos afirmó en sus tiempos todavía prestigiosos que la vivienda era un bien de mercado. El ministro falangista José Luis Arrese dijo en 1958 que más valía una España de propietarios que de proletarios. Se quedó corto porque hoy día hay buenas personas que se compran casas por miedo a no tener suficiente pensión; otras que quieren ganar con las plusvalías y, además, unos fondos que, dado el nivel de rentabilidad que existe, se lo compran todo. Y a eso lo hemos llamado “tenemos que construir más”. Es decir: más desarrollismo a la espera de otro ‘milagro’.
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