Sánchez no sabía
Pedro Sánchez ha vuelto a comparecer ante la opinión pública refugiándose en una coartada que ya resulta por cínica familiar: él no sabía nada. Nada de las maniobras y de las irregularidades, mucho menos de las cloacas que, según las investigaciones y las revelaciones conocidas, habrían impulsado personas de su máxima confianza, entre ellas Santos Cerdán. Una vez más, el presidente del Gobierno surge como un espectador involuntario de lo que sucede a su alrededor. Pero la explicación resulta difícil de encajar con la realidad política que él mismo ha construido. Sánchez no dirige un partido cualquiera. Ha transformado el PSOE en una organización profundamente presidencialista, donde las decisiones estratégicas, los nombramientos y el poder interno han girado durante años en torno a su figura. Sus colaboradores más cercanos no llegaron a esas posiciones por azar, sino gracias a su confianza personal y política.
[–>[–>[–>Por eso sorprende que el mismo dirigente que exigió responsabilidades políticas a Mariano Rajoy por no enterarse de lo que ocurría en su entorno invoque ahora el argumento del desconocimiento para exonerarse. Entonces sostenía que un presidente es responsable no solo de lo que hace, sino también de lo que tolera o de aquello que sucede bajo su autoridad. Era una doctrina exigente, pero coherente con la naturaleza del poder. Nadie se cree que Álvarez-Cascos o Rajoy desconociesen lo que sucedía delante de sus narices.
[–> [–>[–>Hoy, sin embargo, Sánchez pretende que los ciudadanos acepten que quienes actuaban a su lado lo hacían sin que él tuviera noticia alguna. La tesis plantea un dilema incómodo. Si realmente no sabía nada, estaríamos ante un dirigente incapaz de controlar a su círculo más próximo. Si lo sabía, el problema sería todavía más grave. Entre ambas posibilidades, ninguna fortalece su posición. Cuanto mayor es la concentración de poder en una persona, menor es el margen para alegar ignorancia cuando estalla el escándalo. Un escándalo tras otro.
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