La importancia de llamarse Asturias y cómo seguir mereciéndolo
Hay nombres que durante mucho tiempo parecieron bastarse a sí mismos. Asturias fue uno de ellos. Decir Asturias equivalía a invocar una cierta densidad histórica, industrial y cívica; una provincia que no necesitaba explicarse porque ocupaba, casi por derecho propio, un lugar reconocible en la geografía económica española. Pero los nombres, como los prestigios, también se desgastan cuando dejan de medirse con la realidad. Y eso es, en el fondo, lo que revela el informe de la Cámara de Comercio de España y del Consejo General de Economistas sobre medio siglo de evolución provincial: no solo que España ha crecido, sino que España se ha desplazado. La cuestión no es tanto si Asturias está mejor o peor que en 1975. La cuestión es si sigue ocupando un lugar que justifique su antiguo peso o si ha empezado, casi sin advertirlo, a vivir demasiado cómodamente del recuerdo de lo que fue.
[–>[–>[–>La escala provincial, en este caso, tiene una virtud analítica nada menor. Corrige una de las trampas más frecuentes del análisis territorial: la de las comunidades autónomas entendidas como bloques homogéneos, cuando en realidad sus medias suelen ocultar geografías económicas muy distintas. No toda Andalucía es Málaga. Ni toda Galicia se reconoce en el eje Ferrol-A Coruña-Santiago. Mirar por provincias obliga a abandonar el brochazo y a entrar en el relieve. Y el relieve asturiano, cuando se observa de cerca, resulta severo. En estos cincuenta años España ha aumentado su población cerca de un 40%; Asturias, en cambio, ha retrocedido en torno a un 4%. Hubo un tiempo en que esta provincia era la quinta de España por población, con más habitantes que Vizcaya, Alicante o Murcia. Hoy la comparación con Alicante no solo impresiona: inquieta. Alicante ha duplicado su tamaño demográfico y roza ya una población 1,8 veces superior a la asturiana. Dicho de otro modo: una parte sustancial de la historia reciente de España puede leerse como una redistribución del dinamismo, y Asturias aparece en ella como uno de los territorios que más claramente han cedido centralidad.
[–> [–>[–>La economía confirma esa impresión. Según el propio informe, el PIB real per cápita asturiano ocupaba en 1975 una posición media entre las provincias españolas; hoy se sitúa en la parte baja, y además con una tasa media anual de crecimiento también rezagada, pese al alivio estadístico que supone perder población. Éste es uno de los hallazgos más incómodos del estudio: ni siquiera el descenso demográfico ha bastado para sostener una convergencia relativa en renta por habitante. Algo parecido ocurre con la inversión real en euros constantes: entre 1975 y 2021 creció en Asturias alrededor de un 33%, mientras en muchas provincias competidoras llegó a duplicarse. No se trata de un simple desfase contable. Es la huella de un territorio que ha conservado orden, servicios y cohesión razonable, pero ha perdido velocidad en la acumulación de músculo económico.
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La transformación del empleo ayuda a entenderlo. Asturias ha perdido una parte relevante de su tejido industrial y ha sustituido una fracción de esos puestos por empleo en servicios. Eso, en sí mismo, no tendría nada de anómalo: todas las economías maduras se terciarizan. El problema aparece cuando el reemplazo se produce con actividades de menor productividad, menor intensidad innovadora y, con frecuencia, peor calidad laboral. Asturias ronda desde hace décadas una cifra muy parecida de ocupados, en torno a 435.000 personas, mientras España pasó de 12,8 a 22,4 millones. El contraste con territorios que han encontrado nuevas escalas de expansión es elocuente: Baleares, por ejemplo, ha pasado de algo más de 232.000 ocupados a más de 614.000. En paralelo, la población potencialmente activa asturiana ha quedado atrapada entre el envejecimiento y la contracción: donde antes existía una reserva demográfica superior a la de territorios hoy pujantes, ahora se advierte una separación dramática. Málaga supera ya el millón y medio de personas potencialmente activas; Asturias ronda las 900.000, y de ellas apenas la mitad participa efectivamente en el mercado laboral. Hay pocos datos más inquietantes para definir el futuro de una economía que una tasa de actividad tan baja.
[–>[–>[–>Por eso quizá el problema de Asturias no sea, en sentido estricto, la decadencia. La decadencia tiene algo teatral: chimeneas apagadas, ruinas a la vista, desplome súbito. Lo asturiano se parece más a otra cosa: a la institucionalización de la pérdida de impulso. A una sociedad competente para administrar bien su estabilidad, pero cada vez menos preparada para disputar el crecimiento. Asturias conserva prestigio, capital humano, identidad, calidad de vida y una cultura cívica envidiable. Pero una región puede vivir durante un tiempo de sus virtudes acumuladas y, aun así, deslizarse hacia la irrelevancia relativa si no renueva su base productiva, su ambición empresarial y su energía demográfica. El mayor riesgo no es empobrecerse de golpe. Es acostumbrarse a perder posiciones con modales impecables.
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No todo invita, desde luego, al pesimismo fácil. Asturias mantiene una posición exportadora acorde con su tejido productivo y, además, ha diversificado mejor que en el pasado su base de empresas exportadoras. En productividad no se ha descolgado por completo de la media, aunque tampoco ha mostrado el dinamismo del valle del Ebro o del levante. También en ingresos tributarios ofrece un rendimiento apreciable. Pero ese dato no debería leerse aisladamente: descansa en buena medida sobre una presión fiscal muy alta en comparación con otros territorios, y eso termina por convertirse en una clara desventaja competitiva.
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[–>Algo parecido ocurre en otros ámbitos donde Asturias ofrece una imagen razonable, pero no necesariamente suficiente. En educación realiza un esfuerzo público por alumno muy elevado, solo por detrás de las comunidades forales. En un registro distinto, aunque con implicaciones parecidas, aparece la I+D. Asturias ha avanzado mucho –y probablemente se trate de una de las políticas mejor sostenidas de los últimos años–, pero ese progreso no debería ocultar una insuficiencia histórica persistente. Que provincias como Cádiz, A Coruña o Pontevedra registren hoy niveles de gasto en investigación superiores no es una anécdota. En una economía que compite cada vez menos por costes y cada vez más por conocimiento, es una advertencia.
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El desplazamiento de los ejes económicos españoles en estos cincuenta años ha sido evidente. Del viejo norte industrial y la Cataluña clásica hacia otros corredores más expansivos: el valle del Ebro, el levante con Murcia y Almería, el eje Málaga-Sevilla, además de un Madrid que sigue funcionando como gran captador de talento, capital e iniciativas globales. La incorporación a la Unión Europea aceleró la apertura exterior y mejoró casi todos los territorios, pero no a todos por igual. Unos aprovecharon el cambio de época para ampliar su radio de influencia. Otros, entre ellos Asturias, se adaptaron sin colapsar, pero sin volver a ocupar una posición avanzada. El informe acierta al definirnos como una provincia industrial madura. La pregunta es si queremos interpretar esa madurez como culminación o como pretexto. Porque hay madureces que son plenitud y otras que son la antesala elegante del estancamiento.
[–>[–>[–>En ese punto, el plan Engrandecer Asturias: Plan de Acción 2035 de la Cámara de Comercio de Oviedo ofrece una formulación útil: Asturias no está en crisis; Asturias vive en un equilibrio frágil. Y los equilibrios frágiles no se rompen de golpe: se desgastan en silencio. Cuando el flujo de recursos ligado al sector público –presupuesto autonómico, pensiones, presupuestos municipales y actividad del Estado– supera los 15.900 millones de euros en una economía cuyo PIB ronda los 30.000, lo público deja de ser solo soporte y pasa a estructurar el sistema. En una región envejecida, dispersa y desigual, ese soporte es indispensable. Pero precisamente por eso resulta todavía más urgente reforzar el motor productivo.
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Si se acepta ese diagnóstico, hay al menos tres tareas ineludibles: ensanchar la participación laboral, hacer crecer el tamaño empresarial y elevar la productividad. También las metas para 2035 –entre 30.000 y 45.000 nuevos ocupados, entre cuatro y seis puntos más de tasa de actividad y un aumento del peso de la economía regional de entre el 22% y el 26%– valen menos como consigna que como medida de ambición. El inconveniente de Asturias no es que haya envejecido. El verdadero problema sería resignarse a que también envejezcan sus ambiciones.
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