Pedro, apacienta las ovejas
Toda visita papal, salvo las impetuosas, encapsulan las disonancias nacionales y sólo transitan por los valles de lágrimas atendidos por la caridad de los individuos de buena voluntad y de los propios católicos. La que inició el sábado el Papa León a España, sorteará con esperanza un tiempo muy complicado.
[–>[–>[–>Cerca de 44 años separan la primera visita de un Papa a España, la de Juan Pablo II (31 de octubre al 9 de noviembre de 1982, diez días), de la presente de León XIV, que abarcará del 6 al 12 de junio de este 2026, durante siete días. Si buscáramos contrastes entre el uno y el otro periplo encontraríamos una antítesis primordial: en 1982 España había pasado por unas elecciones pacificadoras, pero en 2026 se ha alcanzó el tope de complejidad política y judicial.
[–> [–>[–>El Papa Wojtila, toda una novedad pontificia guiada por los anhelos de restauración frente a los revuelos, flujos y reflujos del Concilio Vaticano II, besaba el suelo español que acababa de ser recién suavizado por unas elecciones generales celebradas tan solo tres días antes, el jueves 28 de octubre, que otorgaron al PSOE de Felipe González, una mayoría holgadísima de 202 diputados sobre los 350 escaños del Congreso, una cifra jamás alcanzada después por los socialistas ni por otra fuerza.
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Hablar de pacificación en aquellas circunstancias significaba que una democracia aún tierna se alejaba entonces el ominoso golpe de Estado de 1981 ya que todas las fuerzas políticas se compactaban más o menos para que aquel 23-F fuera la última asonada militar de la fecunda España levantisca.
[–>[–>[–>Ahora vengamos al presente y a otros prolegómenos. Visitas papales en el ámbito de los países avanzados nunca han conocido en general a un Pontífice inmiscuyéndose en una nación con fuertes tensiones políticas. Cabría admitir dos excepciones. La primer fue la visita de Juan Pablo II a Nicaragua en marzo de 1983, en el marco de grandes tensiones del sandinismo popular y revolucionario contra la jerarquía del arzobispo conservador Miguel Obando y Bravo. Durante la misa del Pontífice en Managua, los sandinistas exigieron carteles de Sandino, Marx, Lenin y otros revolucionarios. Según transcurría la misa los sandinistas gritaron: «Entre cristianismo y revolución no hay contradicción». El Papa pedía silencio. Durante el viaje Juan Pablo II se manifestó contra cinco sacerdotes católicos que ocupaban cargos en el Gobierno sandinista y para la historia permaneció la imagen de Wojtila en pie, alzando el dedo en actitud recriminatoria, frente al jesuita, poeta y ministro Ernesto Cardenal.
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«Pedro, alimenta las ovejas» / LNE
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Aquel viaje lo definió el propio Papa como «gran noche oscura». En el presente, el enfrentamiento de presidente nicaragüense Daniel Ortega contra la Iglesia Católica ofrece episodios de gran quebranto.
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[–>En abril de 1987, Juan Pablo II visitó Chile. El segundo día, a las ocho de la mañana, acudió al Palacio de la Moneda y mantuvo una entrevista con el presidente Augusto Pinochet. La presencia de ambos en el balcón del palacio provocó rechazo por ese encuentro entre el Papa y un dictador fuertemente involucrado en la represión post Salvador Allende. Durante un recorrido de Wojtyla, un grupo de universitarios se situaron frente a la comitiva mostrando al Papa compañeros suyos deformados por las torturas. Según testigos, el Papa dijo: «Lo sé, lo sé todo».
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El temperamento impetuoso de San Juan Pablo II explica parcialmente aquellos sucesos, pero no constituyen el tono de las restantes visitas papales, orientadas a la celebración de la fe y a la insistencia en la predicación de los valores cristianos.
[–>[–>[–>Ahora mismo, en la España de junio de 2026, el país que comienza a visitar León XIV ha alcanzado conflictos y crisis políticas, junto a procesos judiciales por corrupción en un número difícil de haber contabilizado en el pasado. Hasta nueve litigios, todos ellos vinculados a la Presidencia del Gobierno y al Partido Socialista Obrero Español. Estas son las baldosas sobre las que pisa León XIV en este momento, aunque se vea obligado a proteger sus tobillos de los esguinces, bien por la cortesía de Jefe de Estado, bien por la esperanza cristiana de que el bien común y la justicia (divina) guiarán finalmente incluso a los más réprobos y reprobados.
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Pero hay mucha más materia en estas alforjas. A lo largo del último año, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, con mayor o menor respaldo de sus hermanos mitrados, solicitó un adelanto electoral a medida que las columnas políticas socialistas y otros diversos allegados iban quebrando según los jueces y la UCO investigaban importantes mamandurrias y sentinas del Estado.
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Inmediatamente, numerosas fuerzas políticas acusaban a Argüello de meterse en política, es decir, el contraataque habitual. Sin embargo, en esta ocasión aparecía la ofensiva política de Vox, generalmente más extrema de la del PP, con lo que los defensores del régimen atribuían a los obispos un peligros sintonía con la llamada ultraderecha.
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La cosa no era puñalada de pícaro, pues precisamente el Papa León XIV, durante un encuentro con obispos de la Conferencia Episcopal Española en Roma, les preguntó por la mayor de sus preocupaciones —según se dijo—, a saber: sus relaciones con Vox o con la ultraderecha. Si el Papa dijo explícitamente Vox o ultraderecha fue debatido días después, pero la enjundia del caso, la base de la cuestión, era el hecho de que recién aparecida la fuerza política de Santiago Abascal, los de Vox se abrazaron al ideario cristiano con todo su entusiasmo. Ello condujo a que numerosos obispos vieran un aliado leal, una formación de fuerte estirpe católica que, por ejemplo, condenaba el aborto o la eutanasia con un ímpetu que el PP había perdido, bien por flojera, bien por no asustar a posibles seguidores y votantes.
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Pero la ilusión duró poco en la casa del pobre católico, pues la formación de Abascal comenzó a enunciar principios económicos ultraliberales, junto a la retirada de soportes y escudos sociales y la reducción drástica de ayudas a las entidades que, por ejemplo, cuidan de la inmigración.
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Y he aquí el punto de choque, ante la confrontación planteada por obispos, no todos, que rechazaron de plano expulsiones o medidas drásticas.
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Por lo demás, la mañana del, sábado, consistió en los protocolos de rigor ante la llegada de un Jefe de Estado. Pompa y circunstancia, interesante, pero larga y con demoras.
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Cuando el Papa se dirigió a las altas autoridades del Estado español, pronunció una frase muy elogiosa: «Majestades, Altezas reales, señoras y señores, expreso mi agradecimiento a vuestro país por su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo, que se traduce en un compromiso activo con la paz y la solidaridad entre los pueblos.»
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EL Papa León XIV ha de ser un estadista fino y por ello salva lo quizás más salvable, lo menos distorsionador, del Gobierno de la nación.
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De otro modo, revestido de Pastor de almas y cuerpos , en un aparte, le tendría que haberle dicho al presidente Sánchez: «Pedro, apacienta las ovejas». O sea, la pacificación.
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