¿Y a ti qué te ha dicho el papa?
A lo largo de su estancia en España, que acaba mañana, León XIV está dejando infinidad de mensajes. Se diría que tiene un recado personalizado para cada uno. La sensación mayoritaria es que el viaje, que acaba mañana, está siendo muy positivo para la España polarizada y para la propia Iglesia Católica, un tanto entumecida. Ha recibido parabienes de los Reyes, del presidente del Gobierno, de políticos de todas las tendencias, de representantes de la llamada sociedad civil, de la economía, de los sindicatos y de la cultura.
[–>[–>[–>En cambio, han mostrado su indiferencia minorías poco representativas y aquellos ajenos por completo al catolicismo -no sabemos cuántos-, que han guardado un respetuoso silencio. Algunos, no demasiados, se han mostrado muy críticos, porque consideran que Prevost no ha sido suficientemente autocrítico con los abusos del clero o el robo de bebés durante el primer franquismo. Y otros han reprobado su oposición al aborto y a la eutanasia, cuando lo extraño hubiera sido lo contrario.
[–> [–>[–>Los discursos papales -al menos, los de este pontífice- son universales, abarcan una amplísima variedad de temas, no contienen admoniciones demasiado severas, y su radicalidad está atenuada por la diplomacia en los asuntos más incompatibles con los usos de la sociedad actual. Me refiero a las uniones homosexuales, a la sexualidad fuera del matrimonio o al fomento de la natalidad.
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Por ejemplo, Sánchez se ha quedado con la contundencia de León XIV contra las guerras o sobre el trato a los inmigrantes. Feijóo, con sus alusiones a las raíces cristianas de España y a los principios del humanismo cristiano, casualmente «los mismos que el PP». Abascal incluso ha subrayado la coincidencia de la política migratoria vaticana con la de Vox. Ayuso, con los piropos a la «acogedora e integradora» ciudad de Madrid. La enumeración completa sería interminable.
[–>[–>[–>Prácticamente todos los grupos políticos han coincidido en alabar el alegato del pontífice contra la polarización, puesto que aquí el único que polariza es el otro. Supongo que a eso se ha debido el aplauso de todo el arco parlamentario, de Vox a Bildu. Así, un periódico de los llamados progresistas ha titulado: “El Papa está librando en este viaje un pulso global contra los extremismos de derechas”. Y otro diario, este de los conservadores, destacaba: «Sánchez ve en el discurso del Papa un respaldo a sus políticas».
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Los mensajes papales no pueden ser tomados como un menú a la carta, en la que cada político elige los que le son más favorables para sus posiciones o, lo que es peor, más dañinos para sus contrincantes. Ha habido quien ha dicho con sorna que «a más de uno este viaje se le está atragantando». Son aquellos que estaban esperando las palabras del papa no porque le interesen personalmente, sino para arrojarlas a sus adversarios.
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[–>El ejemplo más claro lo ofreció Gabriel Rufián, que nunca defrauda. Tras el alabado discurso del pontífice en las Cortes, lo único que se le ocurrió decir fue que «PP y Vox le han aplaudido durante 10’ un discurso al Papa que abuchean y vetan en el Congreso hace 7 años». Como si él no formara parte del aquelarre en el que se han convertido la mayoría de las sesiones plenarias de la cámara.
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Es importante no generalizar. Otros como José Manuel Rodríguez Uribes, exministro socialista de Sánchez, se han mostrado más conciliadores y hasta entusiastas: «¡Qué gran discurso del papa en el Congreso! Sabe dónde está. Su mensaje es elevado, culto, nada doctrinario, centrado en los mejores valores modernos, fundamento de los derechos humanos, la democracia y el buen Derecho ¡Qué bien!».
[–>[–>[–>León XIV está a punto de irse. Sin ánimo de ser aguafiestas en el balance, dudo de que estemos ante un milagroso cambio de nuestra vida política y de que el entusiasmo ante el mensaje personalizado sea duradero. Desgraciadamente, estamos ante el mayor síntoma de la polarización en la que nos encontramos sumidos. Cada uno se queda con aquello que confirma lo que ya pensaba antes de que el papa aterrizara en España. Mañana, cuando se vaya, se acaba esta tregua, estos días de pensamientos positivos y buenas intenciones. Entonces veremos, de verdad, cuánto han calado los mensajes.
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