Los buenos mensajes
La visita del Papa León XIV ha logrado que, durante días, los informativos hayan abierto con mensajes de unión, de esperanza y de bondad. No es baladí. No recuerdo un hito parecido en mis 53 años de vida. El Papa ha logrado juntar a personas de fe incuestionable con otras de creencias más endebles. El mérito está en que ha compartido buenos mensajes. Sus palabras han conectado, más allá de cualquier religión, con la esencia de lo que somos y anhelamos ser. El valor de ser buenas personas, de la empatía y la solidaridad, del respeto y el cuidado, de la humildad, del amor, del diálogo, de la dignidad, de la educación o del rechazo a la polarización. Ha descrito serenamente lo que la mayoría desea sentir y vivir. He pasado más horas observando su saber estar y escuchar que las que pasé viendo «Melrose Place» en mi juventud. Otro hito.
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La misma semana en la que he estado horas apoltronada en el sofá siguiendo la visita papal, he vuelto a ver en bucle el discurso de Marjane Satrapi, el día que recibió el Premio Princesa de Asturias 2024. La artista cuestionó la visión idealizada de lo humano: los mismos que somos capaces de tocar una sinfonía de Beethoven también somos capaces de torturar a un semejante. Y cuestionó, también, el concepto de educación en el sentido más formal y extendido: el de quien amalgama títulos y doctorados. Goebbels tenía un doctorado en Filosofía y el Dr. Mengele había hecho el juramento hipocrático, recordó Satrapi. En su discurso apela al humanismo como el verdadero éxito. Defiende el concepto de una sociedad que protege y cuida a los demás, y que basa su convivencia en la empatía. Reclama que, por encima del éxito económico y social, la ética, el civismo, la compasión y la bondad deben ser la base de la educación de nuestros hijos. Marjane Satrapi era una mujer laica, defensora del librepensamiento y la libertad de credo, pero la esencia de su mensaje es parecida a la del Papa. Los buenos mensajes no tienen fronteras ni ideologías. Simplemente, son.
[–> [–>[–>Hace unos días se entregaron las notas de la PAU. Defiendo la cultura del esfuerzo, pero poco la de la competitividad. Este año, he visto a jóvenes vivir angustiados y sin apenas vida social porque necesitan una nota estratosférica para entrar en la carrera que anhelan. Quienes optan por la enseñanza pública cuentan cada ponderación como si les fuera la vida en ello. Su éxito o su fracaso vital se mide en función de un acceso. Algunas madres se han convertido en coaches y, al igual que visitan un piso para alquilar, han hecho una ruta por universidades españolas. Estamos en plena época de fichajes y nuestros jóvenes se enfrentan (demasiado rápido, en mi opinión) a dinámicas adultas de victorias y derrotas.
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A ellos les queda poco espacio para reflexionar sobre lo que realmente quieren para su futuro. Para hacer un voluntariado real -y no el que se hace por exigencias de marketing de una universidad privada- y abrir los ojos a las necesidades sociales. Para tomarse un tiempo y escucharse a sí mismos. Acaba una época y ya están en la pista de salida de otra. Puede que me equivoque, pero no me parece un buen mensaje vital.
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