Trump puede terminar quemando la IA
El Gobierno de los Estados Unidos acaba de cruzar, en apenas dos semanas, una línea de profundas consecuencias económicas: la de decidir arbitrariamente qué modelos de inteligencia artificial se pueden vendera quién y bajo qué condiciones. Hace quince días, el Departamento de Comercio obligó … Anthropic, a través de una directiva de control de exportaciones, cerrará el acceso a sus dos modelos más avanzados (Fable 5 y Mythos 5) a cualquier extranjero, dentro o fuera de Estados Unidos (incluidos sus propios empleados sin pasaporte norteamericano), a lo que la compañía optó por desconectarlos directamente para todos.
Esta misma semana, no Comercio, sino la Casa Blanca ha pedido a OpenAI que limite el despliegue de su próximo modelo, GPT-5.6, a un puñado de clientes que el propio Gobierno autorizará uno a uno antes de permitir su comercialización masiva. OpenAI ha aceptado, aunque su CEO se ha apresurado a aclarar que no es el modelo que le gustaría a largo plazo.
Que ciertos modelos con capacidades ofensivas de ciberseguridad planteen preocupaciones de seguridad nacional es, en sí mismo, discutible, pero no descabellado. Lo preocupante es cómo: una intervención discrecional, sin marco regulatorio previo, realizada por diferentes agencias y con criterios opacos, lo que pone al funcionario en la tesitura de decidir, caso por caso, quién puede vender y quién puede comprar la tecnología más estratégica de la década. El Estado no se limita a arrogarse el poder de elegir ganadores y perdedores: condiciona el acceso al mercado a su aprobación política.
Y aquí es donde el problema, que empieza siendo legal y geopolítico, se vuelve económico. Si estas empresas no pueden comercializar sus modelos a gran escala, el incentivo para seguir invirtiendo al ritmo frenético actual se debilita. Y esa inversión es, recordemos, lo que sostiene toda la cadena: menos desarrollo de modelos significa menos demanda informática; Es decir, menos centros de datos y, por tanto, menos demanda de GPU y memoria (cuyos precios están sufriendo una escalada histórica: los contratos de DRAM se encarecieron casi un 95% en un solo trimestre).
El matiz decisivo es que la Bolsa cotiza hoy bajo el supuesto de que esta demanda seguirá acelerándose. Las grandes tecnológicas destinarán este año del orden de 700.000 millones de dólares para infraestructuras (un 77% más que en 2025), y se estima que en los próximos años superará el billón de dólares.
Pero el bloqueo de Trump amenaza con frenar este flujo de inversiones y, por tanto, perjudicar a empresas como Nvidia (proveedor de GPU) o Samsung, SK Hynix o Micron (proveedores de memorias). El día que se congele la inversión en centros de datos, los ingresos de estas empresas se desplomarán y sus valoraciones (las más caras y concentradas en Bolsa) se desplomarán, arrastrando consigo a buena parte del mercado.
La paradoja final es de libro de texto: en nombre de la seguridad, Washington amenaza con detonar uno de los ciclos de inversión más grandes de la historia y, en el proceso, darle la delantera a China. No hay mejor aliado del rival que el proteccionismo interno dispuesto a pegarse un tiro en el pie.
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