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Mi infancia fue austera. Mi padre era guardia civil y mi madre ama de casa. Vivíamos en un piso de 60 metros

Mi infancia fue austera. Mi padre era guardia civil y mi madre ama de casa. Vivíamos en un piso de 60 metros
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  • Publishedjunio 28, 2026



Antes de levantar el copa del mundo al cielo de Johannesburgo, antes de convertirse en el ‘Santo’ del Real Madrid y saborear la gloria europea, Íker Casillas Era sólo un niño con las rodillas raspadas en las calles de Móstoles.

Sin embargo, la historia de mejor portero de la historia de España no se cuenta sólo bajo los palos del Santiago Bernabeupero en el asiento trasero de un modesto Asiento 124 rojo y en los sacrificios invisibles de sus padres.

El infancia de Iker estuvo muy alejado de los lujos y focos que hoy rodean a las jóvenes promesas del bonito deporte. «Digamos que mi infancia fue austera. Vivíamos en un 60 metros cuadrados en Móstoles», afirmó el propio ex portero en una entrevista en XL Semanal.

Su padre, José Luis Casillastrabajó como guardia civil y, movido por la profunda necesidad de asegurar un futuro mejor para su hogar, incluso pidió ser trasladado a País Vasco en dos ocasiones simplemente para ganar algo más de dinero con los bonos de destino.

Fue precisamente durante esa etapa cuando el matrimonio decidió que sus dos hijos llevarían nombres de origen vasco: Íker y Unai.

Su madre, María del Carmen Fernández.ama de casa que también estudió para ganarse la vida como peluquerofue el pilar fundamental que mantuvo a flote a la familia a base de esfuerzo diario y mucha imaginación.

De hecho, María del Carmen fue clave para alimentar literalmente a la el gran sueño de tu hijo. Desde muy pequeño, Iker tuvo claro que su hábitat natural no era el centro del campo ni la delantera: quería evitar los goles.

Su mayor ídolo era el mítico guardameta internacional Luis Arconada.

Conociendo esta absoluta devoción, su madre ingenió el truco definitivo para que el pequeño Iker se terminara la comida en la mesa sin rechistar: «Arconada comía pescado«, le repetía una y otra vez.

Y el niño, soñando con volar de escuadra a escuadra como su ídolo, devoraba el plato entero sin protestar.

Pero si hay una anécdota que marca la leyenda familiar de los Casillas y que hoy podría ser el guion de una película, es la historia de la quiniela.

José Luis, un experto y apasionado de los resultados del fútbol dominical, rellenó un boleto de la quiniela y le encomendó a un jovencísimo Iker la sencilla tarea de ir a sellarlo al despacho.

El niño, despistado o quizá entretenido dando patadas a un balón, olvidó por completo entregar la papeleta.

La infancia de Casillas

El destino, siempre caprichoso, quiso que José Luis acertara todos los resultados aquel fin de semana. Eso distracción infantil A la humilde familia le costó perder un premio estimado en más de un millón de euros,

Pese a aquel colosal revés que habría desesperado a cualquiera, los Casillas siguieron adelante apoyados en el cultura laboral.

La vida no les concedió un atajo hacia la riqueza, pero a cambio les dio un hijo que, con sus guantes, les recompensó con algo incalculable: el eterno orgullo de haber forjado, desde la humildad, el gran capitán de la roja.



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