Los Marines norteamericanos toman parte de la «zona cero» para acelerar las tareas de rescate en momentos críticos
El aire que circula en La Guaira no es el que suele soplar en el Caribe. Un aviso de que el tiempo del rescate se agota. En algunas de sus calles huele a cuerpos descompuestos. Los Marines norteamericanos han tomado parte de esa la zona cero del desastre en una Venezuela que sigue contando muertos. El Gobierno actualizó mínimamente la cifra de decesos: 1450 (antes eran 20 menos), y 3150 heridos. La cifra no guarda relación con lo que se proyecta, y esa es una certeza compartida de que los números finales serán mayores. Varios helicópteros de ese cuerpo especial adscrito al Comando Sur de Estados Unidos aterrizaron el sábado para sumarse a las labores de rescate en un espacio urbano militarizado, y donde hay también socorristas de numerosos países que respondieron de inmediato al pedido de ayuda. Hay más de 2700. La presencia de las naves y los uniformados de EEUU tiene esta vez un sentido opuesto al del 3 de enero, cuando fue secuestrado el entonces presidente Nicolás Maduro por un comando especial. Aquella incursión militar provocó unos 100 muertos y algunas destrucciones que no se comparan con las de un presente además marcado por el tutelaje de Washington de las autoridades interinas venezolanas. Ahora, la «presidenta encargada», Delcy Rodríguez, solo tiene palabras de agradecimiento para los «socios» y «amigos» del Norte.
[–>[–>[–>El Comando Sur comparte en La Guaria sus operaciones en el territorio con las autoridades venezolanas en distintos ámbitos: la búsqueda de aquellos que se encuentran todavía atrapados, la atención de las comunidades afectadas y la distribución de ayuda humanitaria. La ciudad está irreconocible para los que sobrevivieron y aquellos que llegaron a sumarse a las tareas de salvataje. El doble terremoto que tuvo su epicentro en ese balneario ubicado a 30 kilómetros de Caracas, donde se derrumbaron más de 100 edificios. Los rescatistas y voluntarios hacían lo que estaba a su alcance. Sus brazos eran insuficientes. La vecindad sumaba su cuota de abnegación. Removía cascotes.Traía sábanas de las casas para envolver los cadáveres. Los muertos pasaban delante de sus ojos. La ventana de supervivencia de 72 horas está a punto de ser cerrada. «Hemos rescatado con vida un niño de 11 años en Caraballeda. En estas horas cada vida es esperanza para Venezuela», dijo Rodríguez.
[–> [–>[–>[–>[–>[–>«Si hay alguien aquí con vida, emita dos sonidos», reclamó un rescatista a la espera de una trémula respuesta. No estaba solo. Unas 10 personas a su lado agudizaban la audición para captar al menos un indicio. Se reclamó silencio absoluto, lo que es imposible porque muy cerca de esa escena retumban máquinas como un coro metálico. «Silencio», insistieron, pero no oyeron lo que esperaban entre lo que ha quedado del edificio Vistamar.
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Luis Carlos Mercado se aferraba al milagro. Removía piedras, indagaba. Quería volver a abrazar a su hijo Santiago, de 14 años. Había quedado atrapado al derrumbarse el edificio Puerta del Mar. «Se encuentra aquí, en el piso cuarto, que quedó a la altura del estacionamiento. Está con mi suegra».
[–>[–>[–>A unas cinco cuadras, un grito. El sonido llamó a la acción en las residencias la Villa, cerca de las ruinas del centro comercial Costa del Sol. Hacia allí fueron los rescatistas. Otra brigada, del cuerpo de bomberos salvadoreño, pudo también cantar victoria y sacaron a Marlene, de 80 años, quien estaba atrapada en estructuras colapsadas.
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Morgues y hospitales
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El tiempo corre y no da ventajas. El Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea) informó a través de X que algunos cuerpos sin recuperar avisan entre los escombros sobre su estado. «Más de 48 horas después del terremoto, hay cuerpos que no se encuentran, que aún no han sido trasladados dignamente. El Estado tiene la obligación de garantizar operaciones de recuperación dignas para cada víctima y sus familias». Pero el Estado venezolano está colapsado. Su situación de debilidad estructural precede al momento en que la tierra se sacudió fatídicamente.
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[–>El Servicio de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) recibe a cientos de familias que quieren saber dónde están sus seres queridos. En las afueras, voluntarios y vecinos ayudaban a realizar los trámites. Según el portal Efecto Cocuyo el sábado tenían 500 fotografías de fallecidos para identificar. «El número sube cada hora que ingresa un cuerpo nuevo». Hasta el momento no se sabe mucho sobre la cifra de niños, niñas y adolescentes que perdieron la vida. La desesperación es la regla cuando la velocidad obliga a improvisar. Hay cadáveres que se registran con nombres diferentes. Eso fue lo que sucedió con Isaac Oswaldo Estenger Mujica, de 33 años de edad. Su tío lo tuvo que identificar no solo por el rostro, sino buscando detalles en su cuerpo a través de sus marcas.
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Los sobrevivientes no solo soportan los primeros síntomas de un trauma sino la precariedad que los circundan. Han visto morir a vecinos y amigos, como le ocurrió a Marisol Rojas. Ella quedó atrapada en un edificio de la localidad caraqueña de Altamira. Golpeada y sin poder ver otra cosa que un polvo rojizo que se hacía cada vez más denso. De repente, divisó un espacio abierto. Luz. Se arrastró y logró salir. Lo hizo aturdida. Corrió sin saber hacia dónde. La contuvieron unos voluntarios.
[–>[–>[–>Buscar y buscar. Ese el impulso natural. Buscar en las morgues y los hospitales. Los nosocomios y centros de salud de La Guaira y Caracas se han convertido en un punto de convergencia de numerosas personas que procuran saber algo, aunque sea lo peor. Revisan listas hechas en papel y pegadas en las paredes para ubicar el nombre perdido.
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Una crisis multidimensional previa
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Ya van cuatro noches que la escena urbana se ha transfigurado. Las plazas, bulevares, parques y hasta fachadas de edificios públicos reúnen a personas damnificadas. Algunos sientes a los espacios abiertos más seguros. Otros no tienen otro lugar a donde ir. Duermen en carpas, automóviles, a la intemperie, entre montañas de ropa y muebles destrozados. Impera la solidaridad, la certeza de una desgracia compartida que no admite salidas individuales. Pero también se denuncian robos. Hasta las desgracias colectivas dejan aflorar las peores pasiones.
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La «presidenta encargada», Delcy Rodríguez, se reunió con su gabinete para evaluar y fortalecer las políticas de protección destinadas a miles de familias afectadas. Se necesitan refugios temporales y ofrecer respuestas tentativas a los que se quedaron sin nada. El Gobierno provisional, jaqueado por la crisis de financiamiento público y sin crédito privado externo, debe pensar también en el proceso de reconstrucción. El doble terremoto vino a confirmar con sangre la incapacidad de respuesta estatal.
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El ingeniero Ángel Rangel Sánchez, exdirector de Protección Civil, sostuvo que la crisis multidimensional limitó la capacidad de respuesta. Sánchez, especialista en gerencia de riesgo, cuestionó la falta de una vocería oficial que actualice con rapidez los números de victimas y heridos, pero también la ausencia de la Fuerza Armada Nacional (FAN) en las labores de rescate. Sobre estos déficits pesan años de falta de inversión en los organismos de prevención. El principal gasto público fue destinado durante el madurismo a la seguridad militar y policial. «Un evento de esta magnitud requiere lo que lamentablemente hoy estamos viendo que no se tiene. Las instituciones carecen prácticamente de todo lo que se requiere para responder». Sánchez aludió a la vez a un problema avizorado por otros técnicos. «Tenemos un índice de pobreza importante, y eso es un índice de vulnerabilidad para el desastre». En la capital se activaron más de diez centros de acopio para concentrar las donaciones de insumos de primera necesidad. Una carencia previa que se acentuó exponencialmente desde el miércoles.
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