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Carmen de Castro, psicóloga: «El calor afecta al bienestar emocional, la clave está en qué hacemos para gestionarlo»

Carmen de Castro, psicóloga: «El calor afecta al bienestar emocional, la clave está en qué hacemos para gestionarlo»
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  • Publishedjulio 1, 2026


Cuando el termómetro se dispara, el cerebro paga la cuenta: la atención, la memoria y el estado de ánimo se resienten, y los estudios más recientes empiezan a cuantificar hasta qué punto

Parece que el calor es un problema exclusivamente físico: golpe de calor, deshidratación, agotamiento. Pero la evidencia científica acumulada en los últimos años indica que sus efectos llegan mucho más allá, y que afectan a nuestra salud mental.

Un estudio que utilizó datos de Adolescent Brain Cognitive Development, uno de los proyectos de monitoreo infantil más grandes en los Estados Unidos, encontró que la exposición al calor extremo se asocia con un menor rendimiento cognitivo en niños de 9 y 10 años, un efecto que persiste incluso cuando se ajusta por estatus socioeconómico y otros factores demográficos. Una evidencia que no ha llegado a oídos de los Ministerios de Educación de muchas Comunidades Autónomas de España.

En adultos jóvenes, un ensayo observacional realizado durante una ola de calor en Boston demostró que aquellos que vivían en edificios sin aire acondicionado tardaban más en resolver tareas de atención y control ejecutivo que aquellos que sí tenían aire acondicionado, una diferencia medible en pruebas como el test de Stroop.

El impacto no se limita al rendimiento cognitivo específico: también afecta a la salud mental en un sentido más amplio. Una revisión sistemática y un metanálisis que cruzó cinco bases de datos científicas concluyó que cada grado adicional de temperatura se traduce en un aumento mensurable de la mortalidad y morbilidad relacionada con la salud mental.

En la misma línea, un estudio publicado en JAMA Psychiatry con una década de datos de emergencias en Estados Unidos encontró que los días de calor extremo se asocian con un aumento de visitas a urgencias por motivos psiquiátricos, y otro trabajo centrado en California detectó que un aumento de temperatura de 5,6 grados en verano aumentaba el riesgo de acudir a urgencias por trastornos mentales y autolesiones. Para entender los mecanismos que hay detrás de estos datos, y qué podemos hacer al respecto, hemos hablado con Carmen de Castro Esgueva, Psicóloga General Sanitaria, profesora del grado de Psicología de la Universidad UNIE y cofundadora de Emovere Psicología Madrid.

Darío Pescador: ¿Cuál es la relación entre la temperatura elevada y las funciones cognitivas? ¿Cuáles son los mecanismos? ¿Cuáles son los síntomas más comunes?

carmen de castro: Aunque solemos asociar el calor principalmente con molestias físicas, también tiene un impacto importante en el resto de nuestro cuerpo a todos los niveles. Cuando las temperaturas son altas, el cuerpo debe hacer esfuerzos adicionales para mantener estable la temperatura corporal. Este proceso consume recursos fisiológicos que, indirectamente, pueden afectar capacidades cognitivas básicas como la atención y la memoria, y en consecuencia la toma de decisiones.

Uno de los síntomas más importantes es la deshidratación. Incluso una pérdida leve de líquido puede afectar la concentración, la memoria de trabajo y la velocidad con la que procesamos la información. Además, el calor suele generar una sensación de cansancio físico y mental que dificulta mantener la concentración en tareas complejas o prolongadas.

A esto se suma un factor frecuentemente infravalorado: el sueño. Las noches calurosas suelen asociarse a un descanso de peor calidad, con más despertares y menos recuperación. Sabemos que dormir es fundamental para consolidar la memoria, regular las emociones y mantener un buen rendimiento cognitivo, por lo que los efectos del calor pueden acumularse a lo largo de varios días.

La gente suele describir una sensación de «mente más lenta» o menos claridad mental. Los síntomas más comunes son dificultad para concentrarse, aumento de la confusión y errores en tareas más automáticas, sensación de fatiga mental, irritabilidad y reducción de la capacidad para resolver problemas. Cuando la exposición al calor es prolongada, especialmente si hay deshidratación, pueden aparecer síntomas más preocupantes relacionados con estados de conciencia, como sensación de extrañeza, confusión, desorientación, despersonalización y desrealización.

Desde la psicología, es importante entender que no se trata sólo de una sensación subjetiva de malestar. El calor puede tener un impacto real y mensurable en el rendimiento cognitivo y el bienestar emocional. La clave es lo que hacemos a la hora de gestionar esto, a nivel de autocuidado personal, tanto físico como emocional.

DP: ¿Qué personas pueden ser más vulnerables al calor? ¿Qué efecto tiene en los niños y las personas mayores?

CORRIENTE CONTINUA: Aunque todos podemos notar los efectos del calor en nuestro rendimiento mental, hay grupos especialmente vulnerables.

Los niños son uno de ellos. Su sistema de regulación térmica aún está madurando y, además, no siempre identifican correctamente los signos de sed, cansancio o sobrecalentamiento. En contextos educativos, las altas temperaturas pueden provocar una disminución de la atención sostenida, un aumento de la distracción y una reducción de la capacidad de aprendizaje. Algunos estudios incluso sugieren que las olas de calor pueden afectar el rendimiento académico cuando coinciden con periodos escolares o de evaluación.

Las personas mayores también presentan una vulnerabilidad especial. Con la edad, la eficacia de los mecanismos fisiológicos que regulan la temperatura corporal disminuye y la sensación de sed suele ser menos intensa. A esto se suma que muchas personas mayores viven con enfermedades crónicas o toman medicamentos que pueden aumentar la sensibilidad al calor. Desde el punto de vista cognitivo, esto puede manifestarse en forma de aumento de la fatiga mental, dificultades de atención, problemas de memoria y, en situaciones extremas, episodios de confusión o desorientación.

También hay que prestar atención a las personas con trastornos neurológicos o de salud mental, a las que viven solas, a las que tienen dificultades económicas para climatizar sus casas y a las que trabajan o realizan actividad física al aire libre durante las horas de más calor. La vulnerabilidad no depende sólo de factores biológicos, sino también de factores sociales, económicos y ambientales.

DP: ¿Es posible mejorar el rendimiento intelectual manteniendo una temperatura adecuada?

CORRIENTE CONTINUA: La evidencia científica indica que sí. El cerebro funciona mejor cuando el cuerpo se encuentra en una situación de confort térmico. Cuando no tenemos que gastar energía luchando contra el calor excesivo, tenemos más recursos para mantener la atención, procesar información, aprender y tomar decisiones.

Por supuesto, no existe una temperatura ideal universal, ya que influyen factores como la edad, la actividad realizada o las características individuales. Sin embargo, sabemos que los extremos térmicos, especialmente el calor intenso, tienden a perjudicar el rendimiento cognitivo.

Más allá del aire acondicionado, existen medidas sencillas que pueden marcar la diferencia: mantener una hidratación adecuada, ventilar los espacios, evitar las horas medias del día para las tareas más exigentes, realizar descansos frecuentes y asegurar un descanso nocturno de calidad. En entornos educativos y laborales, adaptar horarios y condiciones ambientales durante las olas de calor puede contribuir significativamente a preservar tanto el rendimiento como el bienestar psicológico.

Desde una perspectiva de salud pública, cada vez es más importante entender que el calor no sólo afecta al cuerpo. También influye en cómo pensamos, aprendemos, regulamos nuestras emociones, trabajamos y nos relacionamos con los demás. En un contexto de temperaturas extremas en aumento, proteger la salud cognitiva y emocional de la población será un desafío creciente que requerirá medidas tanto individuales como colectivas.

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