Paulino Guerra, periodista y escritor: «Hay que proteger a la gente de los pueblos, son una especie amenazada»
Paulino Guerra Bartolomé (Fermoselle, Zamora, 1963) alberga trazas de periodista cuajado en la información urgente y rabiosa propia de las agencias. Después de 35 años en Europa Press —más de 20 como director adjunto—, el retiro como testigo diario de la actualidad le ha llevado de las campanillas apremiantes de los teletipos al sosiego de la literatura, a escribir sin prisa, libre de la espada de la primicia que pende del minutero de tantas redacciones. Acaba de publicar Historias tristes de Colomba (Huerga y Fierro, 2026), un universo inventado (o no) en 14 relatos que tienen como escenario la muralla de Zamora la España rural que comienza en su Fermoselle natal y en la muralla de Zamora y linda con la raya, esa línea geográfica y política para nada imaginaria que separa y une a la vez la España vacía y la Portugal vacía, una suerte de Comala castellanoleonesa al estilo de Juan Rulfo.
[–>[–>[–>Cuando comencé a leer su libro tenía muy reciente La lluvia amarilla de Julio Llamazares. La España vaciada o despoblada es un escenario muy literaturizable.
[–> [–>[–>Yo creo que donde hay migración, hay pobreza, hay envejecimiento. En los últimos años, el campo se ha puesto de moda, pero más que el campo, se han puesto de moda la degradación y el olvido del campo. Yo soy un hijo de un campesino y puedo decir aquello de que España me duele, pero sobre todo me duelen los pueblos. Mi mirada no es la mirada del dominguero que va allí a ver la puesta de sol, sino que es la mirada de la persona que ha nacido allí, que sabe cómo los pueblos poco a poco han ido menguando. El pueblo que se muere no se repone.
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En la postpandemia supimos que muchas familias urbanitas se trasladaban al medio rural. ¿Era postureo, algo coyuntural?
[–>[–>[–>Pues en aquellos meses, cuando todo el mundo estaba encerrado en las grandes ciudades, la aspiración era la libertad de estar en espacios abiertos, de casas más amplias. Lo que pasa que al final, la gente se ha ido donde hay ocio, donde hay playa, donde hay una vida cómoda, porque uno de los problemas del mundo rural es la falta de empleo o una sanidad mediana o regular. A la gente le gusta tener lugares de ocio, gente con la que alternar, con la que divertirse, y eso en los pueblos pequeños y semiabandonados no existe.
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Tampoco parece que haya voluntad en invertir para resolver en esos problemas.
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[–>Pues no. Son sitios donde es muy difícil mantener la vida y sobre los que la burocracia, a veces, más que ayudar lo que hace es empeorar. Al final, en muchos sitios, al ganadero o al agricultor, lejos de ser considerados unos ciudadanos más, se les considera personas de las que se desconfía. Se cuestionan sus gustos, si les gustan los toros, si les gusta la caza. No se crean condiciones objetivas para que la gente esté a gusto en esos pueblos. Y luego se da una circunstancia política. Cualquier ámbito grande de población tiene muchos votos y esos votos presionan, pero en ámbitos muy reducidos el número de votos aportan muy poco. De ahí que hayan surgido una serie de partidos localistas que han tenido la importancia que han tenido. Pues regular. O sea, no es fácil.
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El escritor y periodista Paulino Guerra en Madrid. / Alba Vigaray
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Usted escribe en el prólogo que esa España de los pueblos continúa siendo un modelo de vida válido y ejemplar, pese a que su habitantes sean «atacados y ridiculizados permanentemente por el esnobismo urbano».
[–>[–>[–>Yo me refería sobre todo a que hay una campaña permanente. Yo no soy no soy taurino, pero respeto que a la gente le gusten los toros. Nunca he ido de caza, pero respeto que la gente vaya de caza. A eso me refiero, a esa consideración de que el hombre de campo es un bruto al que hay que reeducar. Esa gente son los antepasados de millones de españoles que vinieron a la ciudad no hace tanto tiempo. Mi padre me decía una frase que yo creo que resume ese mundo; me decía algo así como que yo debía ser el último desgraciado, o sea, tú tienes que estudiar, tienes que mejorar y esta vida tan dura del campo se tiene que acabar conmigo.
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Habla en su libro de «el silencio pertinaz e irrespirable de los pueblos».
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Cuando tú vives en una ciudad estás acostumbrado al ruido, a ver gente por las calles. En los pueblos hay ese silencio que a mí a veces me oprime los oídos.
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¿Hay un supremacismo urbano? Por ejemplo, en Madrid está lo interior y lo exterior a la M-30, y en ocasiones da la sensación de que lo que haya fuera ya no importa tanto a los de dentro.
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Yo soy muy muy defensor de Madrid. No, no, no, no es tanto eso, tiene más que ver con que algunas ideologías que nacieron con una vocación salvadora, ciertas tendencias del ecologismo, han ido degenerando, porque en muchos pueblos el problema no es salvar al lobo, no es salvar al águila real, no es salvar al jabalí, sino que quienes amenazan a estas especies es la propia gente del pueblo. Ese pensamiento es el supremacismo al que me refiero en el libro. Si esa generación de los pueblos se extingue, ¿quién va a cuidar el medio? Y nos encontramos cada verano con miles de hectáreas quemadas. Entonces sale alguien diciendo: «No, esto es un problema del cambio climático». Bueno, pues igual, pero lo que yo sé es que la finca de Fulano que antes daba cebada, daba trigo o que estaba sembrada de viñas, ahora está perdida. Y no hay gente que limpie esos campos, no hay gente que los siembre. Yo creo que está muy bien proteger al lobo, proteger al águila real, pero habrá que proteger a los autóctonos, que yo creo que en este momento son una especie amenazada.
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Qué debate el del lobo, eh.
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No se trata de exterminar al lobo, pero igual se trata de que no avance a zonas donde llevaba décadas, incluso siglos, sin estar. Esta ingenuidad de pensar de que tú decides que el lobo avance y que eso no va a provocar daños… Tenemos que apostar. ¿Qué queremos?
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