Hacer castillos en el aire
La Agència Tributària de Catalunya (ATC) está creciendo y pronto llegará a los 1.000 empleados. Se prepara para —en teoría— «gestionar, recaudar, liquidar e inspeccionar» todos los impuestos, según pactó ERC con los socialistas a cambio de investir a Salvador Illa. El primer objetivo, nada menor, es empezar a hacerlo con el IRPF, para lo cual la ATC debería alcanzar al menos los 2.000 trabajadores. La cesión plena de este impuesto es una especie de colofón, de remate, del nuevo sistema de financiación autonómico. Sin embargo, ambas cosas —más aún la primera— están en el aire y tienen perspectivas sombrías.
[–>[–>[–>El nuevo sistema de financiación —el que se anunció como «singular» para Catalunya, pero que finalmente va a ser el mismo para todos— deberá, tras pasar por el Consejo de Política Fiscal y Financiera, ser aprobado por el Congreso. Pero el camino está sembrado de minas. Por un lado, la situación del Ejecutivo de Pedro Sánchez, rodeado y seriamente dañado por los graves y ya incontables casos de corrupción, los cuales, entre otros efectos, han llevado a sus socios a tomar distancias o a reclamarle directamente al presidente que tire la toalla de una vez. Por otro lado, con relación a la financiación, hay que considerar que Junts per Catalunya, cuyos votos son imprescindibles, ha rechazado el modelo propuesto. Los de Puigdemont exigen para Catalunya un sistema como el del País Vasco o Navarra. Todo lo que no sea eso —como los 4.700 millones más que se han prometido a la Generalitat— les parece una humillante calderilla. En cuanto al PP, igual que en otros asuntos, como el perdón de parte de la deuda de las autonomías con el Estado, los de Núñez Feijóo prefieren también rechazar el nuevo modelo de financiación. Lo hacen pese a saber que todas las autonomías saldrían ganando y Andalucía, del PP, más que ninguna otra. Todo vale con tal de poner palos a las ruedas del Gobierno de Sánchez.
[–> [–>[–>Decíamos que el IRPF venía a ser el remate, el broche de oro del nuevo modelo. Si poner en marcha este último va a ser de lo más difícil, la cesión de todo el impuesto sobre la renta a Catalunya (y a aquellas autonomías que lo deseen) roza la quimera. A los obstáculos arriba someramente enumerados, hay que añadirles la enorme complejidad de la operación, muy superior a los cambios que supone la reforma financiera. Por consiguiente, es muy, muy posible que la contratación de más trabajadores para la ATC acabe como un absurdo brindis al sol. Algo así como construir una autopista por la cual finalmente no circule ni un solo vehículo. Se puede alegar que vale más prevenir que curar, es decir, mejor prepararse para el IRPF, aunque no llegue, que no hacer nada y que nos acabe tocando el gordo. Mientras tanto, otros argumentarán que, dado el oscuro panorama, acrecentar la plantilla para hacerse cargo del impuesto es actuar como si la realidad no existiera. Como habitar en un mundo paralelo y perfecto. O sea, lo que en español sería «hacer castillos en el aire» y en catalán algo como «fer volar coloms«.
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