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Pequeño Maracaná

Pequeño Maracaná
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  • Publishedjulio 6, 2026



La ceremonia con la que se suele poner fin a un pedazo de historia suele ser inversamente proporcional a la importancia de éste. El fin de la URSS o la pérdida de Cuba se despachó seguramente con algún decreto ecónomo en palabras en un boletín oficial. Corresponde entonces a aquellos que vivieron aquello mantener vivo el recuerdo. La memoria es una flor frágil que se marchita cuando no la miramos, y que siempre parece dispuesta a morir. Cuento esto porque el otro día recibí un comunicado por WhatsApp de la dirección de mi antiguo colegio, diciendo que cerraban sus puertas después de 61 años. Precisamente en mi artículo anterior hablaba del patio de esa escuelita, un chalé (“torre”, se dice en Cataluña) del barrio de San Gervasio de Barcelona, ahora a la venta por un dineral. Era un centro que se decía inglés, pues su fundadora y directora, Mrs.B, lo era. Ingresé en 1984. El zaguán de la entrada era muy luminoso, con un suelo de losa hidráulica típica de Barcelona. A mano izquierda estaba el despacho de Mrs.B. Tenía un aire colonial, como de gobernadora de Nassau. Esas reminiscencias imperiales eran lo más inglés de aquel lugar, salvando la mala calidad de su comida. Lo presidía un retrato de la reina de Inglaterra y otro de los reyes de España. Creo que aquella estancia me hizo monárquico. Las paredes del vestíbulo se cubrían cada año con la foto de la última promoción de alumnos, todavía no bachilleres, pues el espacio no alcanzaba para albergar a estudiantes de secundaria. Aquellas fotos de grupo algo agostadas por el sol eran la mejor prueba de los caprichos de la genética. Ésta hacía que algunos, a los catorce, aparecieran con esa altura desgarbada propia de su desarreglo hormonal y un rostro que quería ser adulto sin conseguirlo del todo, mientras que otros apenas vislumbraban, como yo, el portal incierto de la pubertad. Las niñas aparecían con caras de mayor o menor pudor, en esa edad difícil y bonita de paso de niña a mujer a la que cantaron Julio Iglesias y Rubén Blades. La verdadera razón por la que yo iba al colegio todos los días era para jugar al fútbol en su minúsculo patio. Allí era feliz. Hablábamos con grandilocuencia del «campo pequeño» y el «campo grande» para designar dos espacios exiguos con árboles y canto rodado, que, sumados, no tendrían más de 300m2. Allí corríamos detrás del balón y soñábamos goles imposibles. Había un reparto estricto del campo grande por cursos y horas, pero el ansia hacía que a menudo acabáramos jugando pequeños contra mayores en un tótum revolutum, una mezcla de la brutalidad del calcio medieval y el virtuosismo del fútbol de favela. Había que ser hábil y rápido para que no te arrollara alguno de aquellos morlacos de los cursos superiores. Cuando los pequeños ganábamos, nos sentíamos como Uruguay en el “Maracanazo” o como William Wallace tras haberle pintado la cara a un batallón de ingleses. La adrenalina se mantenía viva hasta la hora de volver a casa y contarle la gesta a unos padres que fingían interés por nuestro atropellado entusiasmo, mientras pensaban en cómo pagar la última letra. Y así pasaban los años, enfundados en un uniforme crecedero que era nuestra seña de identidad. El uniforme, dicho sea de paso, es el mejor invento del mundo. Iguala y distingue. En ocasiones, un ukase de Mrs.B prohibía el fútbol en nuestro “estadio”. De pronto, unas monitoras nos ponían a bailar sardanas. Nadie entendía el porqué de aquellos improvisados coros y danzas. Sólo años más tarde, como tantas otras cosas, creí entenderlo. Ese fervor escénico solía coincidir con la visita de un funcionario de gesto adusto del Departament d’Ensenyament, los húsares negros del pujolismo, los guardianes de la recién aprobada ley de normalización lingüística. Al ser un colegio inglés, y al haber allí alumnos que eran hijos de algún jerarca del partido, entendí que se hacía algo la vista gorda con las horas de enseñanza en catalán. El portazgo para esa bula administrativa eran aquellas improvisadas “rotllanes”, que buscaban disimular nuestro mejorable empeño idiomático con aquel desacompasado folclore. La estrategia era tan burda como enternecedora. Evacuado el asunto por Mrs.B con el gris funcionario, apenas salía este por la verja hacia aquella callecita abovedada de tilos y plátanos de sombra, se restablecía el desorden habitual, y aquel cortile dejaba de ser un estadio de Corea del Norte para volver a ser el pequeño Maracaná de nuestra infancia, donde fuimos felices y soñamos goles imposibles.

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