Antes del fuego
Susana Solís es representante del Partido Popular en el Parlamento Europeo
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Hay imágenes que se repiten cada verano hasta que corremos el riesgo de habituarnos: columnas de humo, vecinos mirando al cielo, carreteras cortadas, helicópteros sobrevolando nuestros valles, bomberos al límite de sus fuerzas. Pero no deberíamos acostumbrarnos nunca. Cada incendio que arrasa nuestro paisaje no es solo una emergencia ambiental. Es también una derrota común, la nuestra.
[–>[–>[–>Ya no podemos mirar los incendios como algo que le pasa a otros. El verano pasado ardieron más de 6.000 hectáreas de nuestro monte. Cangas del Narcea, Degaña, Ponga, Quirós: nombres de nuestra tierra, no titulares lejanos. Hubo avisos a la población en Picos de Europa y en la Cordillera Cantábrica. Hubo pueblos enteros pendientes del viento, sin saber si su monte seguiría en pie al día siguiente. Concejos en alerta, lenguas de fuego que pueden provocar desprendimientos, tormentas eléctricas y vientos cambiantes que complicaban el trabajo de los equipos de extinción. Y hubo que pedir la declaración de zona catastrófica, porque lo que ardió no fue solo vegetación: fue paisaje, fue trabajo, fue memoria. Fue un aviso que no podemos permitirnos ignorar otra vez. No fue una anécdota.
[–> [–>[–>Y conviene decirlo claro: los incendios no empiezan cuando vemos las llamas. Empiezan mucho antes, cuando el monte se abandona, se cierran caminos, se acumula maleza y desaparece el pastoreo. Porque el monte asturiano no se ha conservado solo: lo han cuidado durante generaciones pastores, agricultores, vecinos, ganaderos, guardas y comunidades rurales que abrían caminos, limpiaban fincas, mantenían pastos y conocían cada ladera mejor que cualquier mapa.
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Por eso preocupa escuchar a tantos asturianos quejarse de las trabas para desbrozar, ensanchar caminos o realizar quemas controladas. No se protege la naturaleza desde un despacho, como si las zonas forestales fueran una postal. Se protege escuchando a quienes viven allí. Por mucho que el Principado insista en que todo es sencillo, si quienes cuidan el territorio perciben lo contrario, quizá debería escuchar más y negar menos.
[–>[–>[–>Esta semana, en el Parlamento Europeo debatimos precisamente cómo debe prepararse la Unión para proteger a los ciudadanos ante olas de calor cada vez más recurrentes y futuros incendios forestales. No es un debate lejano. El nuestro es el continente que más rápido se calienta del planeta y el año pasado ardieron más de un millón de hectáreas en la Unión Europea, la cifra más alta registrada. La escala del problema ha cambiado, y la respuesta también tiene que cambiar.
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Europa ha reforzado como nunca sus medios de emergencia: este verano hay 22 aviones, 5 helicópteros y casi 800 bomberos preparados en distintos países del sur, incluida España. Esa solidaridad es imprescindible y demuestra que hemos entendido la dimensión del desafío. Pero también necesitamos más coordinación europea: mejores alertas, más intercambio de datos, más cooperación entre países, más capacidad para anticiparnos y no solo para reaccionar.
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[–>Por eso los fondos europeos tienen que pisar tierra. Y aquí España ha desaprovechado una oportunidad difícil de justificar. Con los Next Generation teníamos recursos extraordinarios para reforzar la prevención, modernizar medios, mejorar la vigilancia, abrir caminos forestales, crear puntos de agua, gestionar el combustible vegetal y coordinar mejor a las administraciones. Sin embargo, demasiadas veces esos fondos se han quedado en anuncios grandilocuentes mientras seguían pendientes inversiones esenciales. Europa ha puesto medios; el problema es que el Gobierno no ha sabido aprovechar suficientemente esas herramientas y, además, renunció incluso a algo tan básico como la compra de aviones de extinción. En prevención, cada oportunidad perdida se paga en forma de hectáreas quemadas.
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España necesita tomarse esto mucho más en serio. Y Asturias también. Cuando las llamas llegan a las puertas de casa, ya vamos tarde. Para entonces solo queda correr, cortar carreteras, movilizar medios y confiar en que el viento no cambie. La verdadera pregunta se responde mucho antes: qué hemos hecho en invierno y primavera, cuánto hemos invertido, cuánto hemos limpiado, cuánto hemos escuchado a quienes viven en el territorio y cuánto hemos simplificado para que pudieran cuidarlo.
[–>[–>[–>La gestión preventiva casi nunca sale en la foto. No tiene la épica de una evacuación ni la imagen potente de un avión descargando agua. Pero es lo que evita que una chispa se convierta en una catástrofe. Es lo que salva hectáreas, viviendas, explotaciones, carreteras y vidas.
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Los incendios son ya una de las grandes amenazas de Europa. Precisamente por eso no podemos permitirnos la resignación ni la excusa. Adaptarse no es rendirse. Adaptarse es prepararse mejor. Porque cuando Asturias arde, no arde solo el paisaje. Arde también una parte de nuestra memoria, de nuestra economía rural y de nuestro futuro.
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