Trump y el VAR de la geopolítica
Donald Trump no ha venido a jugar al toque ni a respetar el fair play de la diplomacia. En su cancha de juego, hace simultáneamente de ariete goleador, de presidente del club y de árbitro del encuentro. Si un extranjero se cruza en su camino, le acomete con los tacos por delante; y si la ONU amenaza con pitarle fuera de juego, pone a los marines a calentar dispuestos a romper el partido a tiros.
[–>[–>[–>Su concepción del orden mundial se asemeja a una liga donde las normas se reescriben a su favor en el tiempo de descuento. Bloquear el estrecho de Ormuz es como disputar un balón dividido sin espinilleras. Derrocar a un presidente bananero se asemeja a derrotar a Venezuela de chilena.
[–> [–>[–>Su influencia es tan aplastante que, si en pleno Mundial expulsan a un jugador de Estados Unidos, Donald no duda en asaltar la sala del VAR a tiros. Se la suda el reglamento: exige rectificación inmediata y obliga al presidente de la FIFA a tragarse el silbato.
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Trump aborrece el juego de posición y prefiere el patadón y tentetieso. No le interesan las estrategias de pizarra: prefiere disputar en el fango y mostrar al contrario tarjetas amarillas preventivas. Al final, los contrarios asisten impotentes a un partido amañado donde, si no dejas que el magnate marque a placer, se lleva el balón a casa y te condena al descenso. A este tipo habría que verlo en el banquillo. Pero en el de la Corte Federal.
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