una matanza en un bus y el rastro perdido del disidente Pertur
El calor intenso, el humo, el taponamiento de los oídos, el atolondramiento y la indescriptible sensación que produce el acribillamiento por doquier de la metralla… son recuerdos compartidos por los 58 supervivientes del atentado de la plaza de la República Dominicana de Madrid. A las ocho menos cuarto de la mañana del 14 de julio de 1986, hace 40 años, ETA atacó con una furgoneta bomba un autobús y un microbús de la Guardia Civil en el que 71 alumnos de la Academia de Tráfico se dirigían a hacer prácticas. Doce murieron. Ninguno había cumplido los 25 años. Otras 78 personas resultaron heridas.
[–>[–>[–>El silencio solidificado, el tráfico de bulos, la desatención oficial, el miedo, las búsquedas en vano… son el rastro que queda tras la desaparición de Eduardo Moreno Bergaretxe, ‘Pertur’, díscolo de la dirección de ETA, referente para los “polimilis” que terminarían dejando las armas. El 23 de julio de 1976, hace 50 años, se le vio por última vez en un coche en el que, seguramente, viajaba a su último destino. Nunca se recuperaron sus restos.
[–> [–>[–>Con la matanza de República Dominicana, ETA retomó los grandes atentados con explosivos, fuego y tornillería, como el de la cafetería Rolando antes, o el de Hipercor después. Y con la desaparición de Pertur se consolidaba una dictadura en la banda terrorista, dominada por los berezis, partidarios de la acción más violenta y de sentenciar a muerte a disidentes como Dolores González Catarain, ‘Yoyes’.
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Ambos hechos abrieron una cadencia de julios negros y terribles. Once años después del atentado de Madrid, 21 después de la desaparición de Pertur, también fue asesinado el concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco un día de julio. El año próximo se cumple el aniversario trigésimo de su ejecución.
[–>[–>[–>Dolor tras el dolor
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Los supervivientes de la plaza de la República Dominicana ya son sesentones, militan en la legión de jubilados. Algunos continuaron vinculados a la Guardia Civil mientras se lo permitió la herida profunda del recuerdo. A. es uno de ellos. Disgustado con que la prensa solo recuerde el crimen en los aniversarios redondos, pero también porque aún le causa fuerte dolor asomarse al abismo de la memoria, este sargento retirado pide a EL PERIÓDICO que no se atribuya a su nombre y apellidos el relato de lo que padeció hace 40 años y en los 40 posteriores.
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La dolencia, común en las víctimas, se llama en términos médicos “estrés postraumático”, y se define con palabras de la órbita del olvido, la culpa, la desolación y un maltrato institucional que duró tanto como los 32 años que, a partir de aquella explosión, se tardó en enhebrar la actual Ley de Protección de las Víctimas del Terrorismo.
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[–>Aspecto de la plaza de República Dominicana el 14 de julio de 1986, tras la masacre del autobús de la guardia civil / IGAT
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Lo que viene después de un acontecimiento tan terrible como aquella bomba contra el convoy y su corolario de muertos -cuatro instantáneos, otros cuatro al llegar al hospital de La Paz, uno más al final de la tarde, y tres en los días siguientes- es difícil de relatar. Por eso, los supervivientes suelen guardarse la auténtica extensión de su testimonio, como si no hallaran palabras a la altura de lo que vivieron, o como si su relato le resultara solo inteligible a la familia o los colegas, en comidas y cenas anuales que durante lustros han mantenido unos comensales hermanados por la tragedia.
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“El mal no desespera”
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El padre de A., albañil, guardó hasta su fallecimiento los diarios que contaron la masacre. El hijo conserva una copia del sumario judicial como un pilar biográfico. Cuando repasa los folios, le viene un pensamiento recurrente: “El mal no desespera, no se cansa: siempre tiene tiempo”, comenta. Aquel 14 de julio no era el primer día que lo intentaba el comando de ETA afincado en Madrid, con Antonio Troitiño Arranz e Iñaki de Juana Chaos a la cabeza.
[–>[–>[–>Cada día laborable, salían los guardias alumnos de tráfico desde el Parque Móvil de la calle Príncipe de Vergara a un terreno militar en la Venta de la Rubia, al sur de Madrid, para practicar con sus motos. “Cualquier día nos zumban”, comentaban los compañeros de A. Por eso hacían itinerarios diferentes, pero solo había dos rutas, y no variaba la temprana hora de salida. ETA los cazó con paciencia y 35 kilos de Goma 2 embutidos con sus tornillos y tuercas en cinco ollas exprés.
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A. fue de los que prefirió continuar en el Cuerpo. “Siempre me había hecho ilusión ser guardia civil”, relata. Su madre, incapaz de convencerle de que aceptara las ofertas de trabajo civil que le llegaban tras el atentado, por un tiempo dejó de hablarle.
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Cinco años después, A. estaba destinado en Barcelona cuando volvió a su vida el tenebroso espantajo. ETA atacó en Vic. Diez muertos. Algunos amigos suyos de aquella casa-cuartel quedaron tan rotos por dentro como él mismo. Cuando trata de contarlo en las escuelas a las que le han invitado, los alumnos “se me quedan mirando como si les contara una película de Netflix”, dice.
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Ritual de miedo
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En su jubilación, A. recuerda el agónico ritual del SYAP (Seguridad y Autoprotección), la “tabla de los mandamientos” que la Guardia Civil impartía a sus agentes para no ponérselo fácil a ETA. Vigilar el coche, reparar en gente rara vigilando, cambiar itinerarios… “Si llegas a la cafetería y no hay sitio donde sentarte con la espalda contra la pared, pues te vas a otra cafetería y punto”.
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Estos 40 años transcurridos han estado repletos de días en que sus hijos, azorados, trataban de comprender por qué el padre necesitaba dormir con la luz encendida, o la razón para la cotidiana escena de la madre agachándose para mirar debajo del coche, el mandato de no decir jamás que su padre era guardia. “Algún día se tendrá que reconocer lo que han sufrido los hijos…”, reflexiona.
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Admite A. que todo esto también es memoria democrática. Le surge una idea. “Ahora que se habla de esa ley de nietos… ¿Por qué no hay una ley de nietos de Euskadi, para que puedan votar allí los que tuvieron que irse exiliados por ETA?”
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Y cambia de tema, retornando a la plaza de la República Dominicana, a las 7:45 horas del 14 de julio de 1986: “Aquellos etarras tenían paciencia. No tenían otra cosa que hacer que matarnos. Aquello fue una lotería de la metralla; murieron compañeros de todas las partes del bus…”
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Cambio de rumbo
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En 1972, recién llegado a la clandestinidad en Francia, el dirigente de ETA Eduardo Moreno Bergaretxe, ‘Pertur’, participó en una asamblea de la organización y votó “no” a la propuesta del área militar de atacar un autobús de la Guardia Civil.
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Recuerda el detalle el historiador Gaizka Fernández Soldevilla, en un programa de investigación del Memorial de Víctimas del Terrorismo de Vitoria, de que sale el último trabajo sobre la desaparición de Pertur, ‘El ideólogo que cambió el rumbo de ETA’, publicado en Historia del Presente, revista de la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia).
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El artículo apunta novedades para la gran incógnita de la desaparición del “teórico clave en la renovación de ETApm (político-militar) y su cambio de rumbo tras la VII Asamblea”.
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A la izquierda, un homenaje a Pertur organizado por el partido EIA, que él ayudó a fundar, y un cartel de protesta contra el líder, del mismo partido. / El Periódico
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Cincuenta años después, no hay pruebas que permitan asegurar qué le pasó a Pertur. El último detalle, sólido pero no definitivo, es el avistamiento de Moreno Bergaretxe en un coche, en el que viajaba junto a los berezis Miguel Ángel Apalategui (Apala) y Francisco Múgica Garmendia (Pakito).
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A partir de ese momento, oscuridad. Fernández Soldevilla apunta en su trabajo publicado por la UNED siete novedades sobre lo sucedido. Una de ellas, la revelación de un polimili que se guarda su identidad, al que Apala le dijo: “Pertur está en el fondo del mar y nadie lo encontrará nunca”.
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Ligada a esta revelación, otra de Fernández Soldevilla: las autoridades francesas registraron entre el 24 y el 26 de julio de 1976 la desaparición de una lancha habitualmente amarrada en el puerto de Hendaya.
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Díscolo
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Que Pertur yace en el lecho marino “es la hipótesis más probable teniendo en cuenta la documentación que ha salido a la luz y el hecho de que su cuerpo todavía no ha sido encontrado -opina Fernández Soldevilla-. Ahora bien, mientras no aparezca es solo una hipótesis”.
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Cementerio de Biriatu, en el sur de Francia, donde la búsqueda de los restos de Eduardo Moreno Bergaretxe, ‘Pertur’, ha sido en vano. / EFE
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El artículo contiene uno de esos hitos que podrían haber cambiado la historia de haber seguido su trayectoria. En el boletín Hautsi, Pertur criticó: “Desde el punto de vista estrictamente técnico-militar, la práctica revolucionaria armada no se diferencia en nada del terrorismo fascista”.
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Es más conocido lo que le contó por carta a su novia, Lourdes Auzmendi: “Estos bestias [los berezis] «Han creado tal clima en la organización que han transformado a ETA en el norte de Euskadi no en un colectivo de revolucionarios, sino en un Estado policial donde todo el mundo desconfía de su vecino».
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Fernández Soldevilla advierte contra las tentaciones de edulcoración de la figura de Pertur. «Se obvia que, como mínimo, se le puede achacar una responsabilidad política por el terrorismo abertzale del tardofranquismo y la primera Transición -recuerda-. Durante su militancia, ETA asesinó a 26 personas entre 1972 y 1974, y luego ETApm a siete entre 1975 y 1976«. Además, percibe este investigador que «se suele ocultar que Pertur jamás propuso que ETA abandonara la violencia, como le acusaban los berezis, sino que la limitase y que aceptase obedecer al partido».
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Apuesta el historiador por que, si las tesis de Pertur no hubieran sido acalladas, “la historia vasca habría sido muy diferente. Como poco, habría habido muchos menos muertos. Pero era imposible que ocurriera: si los berezis hubieran aceptado todo eso, no serían berezis”.
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