Imperativos categóricos
Somos un saco de genes, la materia inmortal que nos domina. Son ellos los que imponen el fin y propósito de nuestra breve existencia terrenal: Reproducirnos, pasarlos a otro cuerpo que ellos diseñan. Así nos ve Richard Dawkins, meros instrumentos de nuestros genes. Si no fuera porque podemos negarnos a cumplir sus órdenes. En nuestras manos está reproducirnos y tampoco ellos, que nos han hecho, pueden evitar que decidamos acabar con el saco que los contiene cuando nos dé la gana.
[–>[–>[–>Los desobedecemos y si ellos, los genes, también tienen un plan para que nos apareemos, también nos lo fumamos. Durante muchos siglos era la familia o la tribu quien decidía con quien reproducirse. La política matrimonial buscaba la cohesión del grupo y la fortaleza de las alianzas. Todo cambió, según los antropólogos, con la extensión de la prohibición del incesto, una norma ya existente en las sociedades tradicionales que la Iglesia llevó al extremo. Nuestra reina Berenguela, fundadora con su esposo el rey Alfonso IX de León del monasterio de Valdediós, tuvo que renunciar al matrimonio porque eran pariente en tercer grado del rey. Entonces se prohibían uniones hasta el 9º grado. Berenguela dio a luz en Mieres a Alfonso, fruto de esa unión incestuosa y anulada. Pero había caminos, casi siempre pavimentados con oro, para resolver los conflictos. Reinó y fue santo.
[–> [–>[–>El tabú del incesto se funda en la supuesta repugnancia sexual que tenemos hacia las personas convivientes. Tendría una raíz social. Quizá por eso la Iglesia también prohibía los matrimonios con la viuda, o viudo, de la pareja o el que pudiera darse con un miembro adoptado.
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¿Es la convivencia o hay algo más? Cuando digo que nos hemos liberado de los mandatos biológicos reproductivos, pensaba también en la atracción sexual. En la mayoría de los animales se basa en las feromonas. Son moléculas fabricadas por las glándulas de la piel cuyo olor tiene unas características en parte determinadas por un grupo de genes. Son los del complejo mayor de la histocompatibilidad, tan importante para saber si un receptor de un trasplante lo rechazará. Pues eso genes son los que producen la feromona que el animal huele y puede encender o apagar su deseo de aparearse. En algunos especies, basta que cualquier hembra en celo la produzca para que el dormido deseo sexual del macho se despierte. En otros hay una cierta selectividad: rechazan los olores producidos por ese complejo cuando se parece mucho al propio, hermanos, pero se sienten atraídos por el que tiene algunas semejanzas con el suyo, los primos. Y rechaza a los que producen un olor totalmente diferente. Se ha visto en algunos tipos de perdices y topillos. La teoría es que la descendencia con alta consanguineidad es arriesgada pero la introducción de genes de otras sociedades menos adaptadas al medio también lo es. Porque aunque sea la misma especie, en cada nicho se seleccionan los más aptos y esas particularidades se diluyen si entran reproductores con otras adaptaciones. No quiere decir que siempre sea negativo, pueden traer variaciones genéticas favorables. Pero algunos animales prefieren no arriesgar.
[–>[–>[–>De los sentidos que nos comunican con el medio, el olfato es la cenicienta. Un sentido poderoso porque podemos percibir miles de olores, incluso millones. Y para algunos de ellos, los amenazantes, el umbral de detección es mínimo. ¿Es importante en la elección de la pareja entre humanos? En primer lugar, debo decir que no está claro que produzcamos feromonas ni que tengamos receptores específicos para ellos. El sudor es inodoro. Los olores los producen las bacterias que colonizan la piel, sobre todo axilas e ingle. Cada uno de nosotros tenemos una microbiota en parte dependiente de nuestra arquitectura genética y en parte del medio. Es famoso, pero algo inconsistente, el experimento de Wedekind en 1995: a un grupo de mujeres les dieron a oler camisetas usadas y se les pidió que valoraran el grado de atracción o rechazo. Preferían el olor producido por hombres cuyo complejo mayor de histocompatibilidad fuera muy diferente al suyo. Se deduce o argumenta que su potencial descendencia gozaría de un repertorio inmune más amplio para reconocer patógenos. Pero si el olor depende, en humanos, de la microbiota cutánea y esta se parece más a la de los convivientes solo por eso, la teoría genética se difumina. Además, un estudio islandés, con notables debilidades, muestra que las parejas compuestas por primos alejados son más eficientes reproductivamente que las que tienen un parentesco cercano o ninguno. Como las perdices y topillos. Lo más probable es que en la elección de pareja pese tanto el tabú del incesto como la norma social de fortalecer vínculos familiares.
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Somos animales visuales y para privilegiarlo redujimos el espacio del aparato olfativo. Nos parece un órgano atrofiado. Sin embargo, el número de genes relacionados con los olores supera con creces al de la vista. Olemos mucho más de lo que sabemos. En ese cerebro inconsciente los olores tienen un papel en la modulación de las emociones y la conducta social no voluntaria. También en la fijación de la memoria. Pero no está claro que influya en la elección de pareja reproductiva. Como en tantos otros imperativos biológicos, si existiera, los seres humanos podemos desobedecerlo.
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