Esther Benajes, la barcelonesa que montó un taller de cerámica en una cuadra de Llanes y que ofrece estancias de «retiro creativo» a visitantes
Esto no es un negocio. O no sólo. O no siempre. «Esto es un proyecto de vida«, quizá «de vida y de calma» y tanto para la promotora como para sus clientes. Esther Benajes, ceramista y educadora barcelonesa, especialista en restauración de obras de arte y arqueología, supo lo que quería el día que vio su futuro imaginando un taller de cerámica en una cuadra de Llanes. Vivía en Canarias y ya se había enamorado de la costa oriental de Asturias en sus viajes para visitar a una amiga cuando tomó la decisión de girarlo todo hacia aquí y echar a rodar una vieja idea. Se lanzó, y al encontrar aquella casa con cuadra en Balmori su imaginación proyectó sobre ella el sueño que guardaba desde siempre.
[–>[–>[–>«Quería tener un taller de alfarería» y poco a poco –hace «un par de años que compré la casa, hace uno que la rehabilité»– se ha hecho con algo más que eso, con un proyecto en el que «todo gravita en torno a la cerámica», pero tiene muchos más ingredientes. Se adereza con la invitación a «un turismo diferente» y ofrece estancias de «retiro creativo» en un alojamiento que también forma parte de la propuesta y de algún modo la cubre de sentido. Aquí, durante un fin de semana y en grupos de seis personas, ese turista distinto se aloja y come, descansa, visita zonas escogidas del entorno y, sobre todo, hace cosas con las manos. Encuentra «una experiencia de desconexión a través de la cerámica», resume la impulsora.
[–> [–>[–>La idea se llama «Asgaya rural», trata de diversificar la oferta para dar sentido a su nombre –asgaya es «bastante» o «mucho» en asturiano– y encuentra su nicho de mercado y su razón de ser en la sensación de que «todo lo manual, y en especial el barro y la cerámica, tiene el poder de ayudar a desconectar», resalta la promotora, que tiene el plan en marcha únicamente desde octubre del pasado año y tiene la percepción de que empieza a caminar. «No hago publicidad y la gente aparece», señal de que existe ese «auge de lo manual» que Esther Benajes siente desde hace mucho tiempo y que ha visto generalizarse, dice, «sobre todo desde el confinamiento». En estos tiempos ultratecnológicos de la computación cuántica y la inteligencia artificial se propaga también, asegura, una curiosa pulsión de retorno hacia lo primitivo, y en ese entorno «la arcilla, una de las artes más antiguas que ha conocido el ser humano, conecta perfectamente con esa necesidad que tenemos quizá de no volvernos locos en un mundo como éste, cada vez más complejo».
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Esther Benajes, en el taller Balmori. / Miki López
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La filosofía que da cuerda por dentro a su negocio es el relato de un proyecto que ha buscado una forma nueva de explotar el negocio turístico en el municipio con más plazas de alojamiento de Asturias. «Asgaya rural» da sus primeros pasos hacia la difusión de «una forma diferente de conocer un lugar«, señala su promotora, convencida de que ahí fuera hay un turista esperando una oferta que le haga entrar en contacto con la tierra, en los varios sentidos distintos que puede tener la expresión. De momento, «la experiencia está siendo muy bonita», ha empezado impartiendo talleres de cerámica en la cuadra reconvertida de Balmori y los primeros retiros de fin de semana. Para una siguiente fase, la tercera, Esther Benajes guarda el propósito de abrir su proyecto a «residencias artísticas», estancias más largas de «artistas o simplemente personas a las que le interese el arte y que quieran venir, alojarse y crear durante algunos meses».
[–>[–>[–>Hasta ahora, ha reunido algo más de veinte alumnas, la mayoría mujeres, en torno a un concepto de taller «flexible», que más que como una clase reglada se concibe como una especie de «trabajo de investigación» en el que «no todos hacemos lo mismo. Yo doy unas pautas», unos ejercicios que cada uno va desarrollando en función de lo que le atrae. Sería algo así como un «laboratorio«, concebido de acuerdo con una filosofía diferente a la que alienta los retiros, que son «más dirigidos», o incluso temáticos. «Hemos hecho uno, por ejemplo, sobre cerámica oriental y tengo el proyecto de diferenciarlos según las estaciones del año: quizá trabajar más la escultura en el otoño y centrarse en la primavera o el verano en el esmalte, en el color…»
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El alojamiento y los retiros, las clases y el taller son las líneas de llegada insospechadas de una catalana en Balmori. Esther Benajes llegó a la cerámica a través de la arqueología y la restauración de obras de arte y concentra sus inclinaciones en «la cerámica manual y japonesa» y en general en «todo lo que tenga relación con lo antropológico, o lo antiguo«. Recuerda para ilustrar sus intereses un proyecto de «cerámica primitiva» que ha desarrollado con sus alumnas de aquí, cogiendo tierra en un yacimiento de Vidiago y «trabajándola y limpiándola para hacer vasijas como antaño… Me atrae todo lo que tenga una vinculación con la cultura del lugar, todo lo que me ayude a conectar con la parte social más que con las supertécnicas más modernas o sofisticadas», concluye.
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Un proyecto cocido a fuego lento y la «magia» del horno
«Asgaya rural» se encamina hacia su primer verano activo, pero eso aquí tampoco importa tanto. En este alojamiento singular la temporada alta se expande y el proyecto ha nacido en su vertiente turística con un alto componente desestacionalizador de la oferta llanisca. Viene además con aspiraciones de crecimiento progresivo hacia el largo plazo y ya tiene entre los pasos siguientes de la hoja de ruta un proyecto para seguir la pista a las muy diversas técnicas de confección de azulejos que ha conocido la historia. La idea está de momento en fase de pruebas, porque la cerámica «es un proceso lento», una actividad que «quizá como la agricultura» es una actividad enemiga de las prisas en la que «todo tiene su tiempo». Está tanteando y estudiando los métodos y los procedimientos históricos para desembocar en un proyecto que pretende, señala Esther Benajes, «conocer la historia de España y de otras partes del mundo a través de las técnicas de confección de azulejos al menos desde la Edad Media».
La promotora quiere dedicar el verano a experimentar en el taller, a afinar su reproducción de técnicas cerámicas ancestrales con la vista puesta en la posibilidad de lanzar el proyecto en otoño. La investigación es necesaria, resalta, porque en su oficio hay mucho de ensayo y error, de observar y sorprenderse. El esmalte no es como la pintura y en el horno todo cambia. Y todo cambia según el tipo horno, esa especie de cámara mágica en la que los esmaltes pueden cambiar por completo su aspecto original: «Los colores que ves cuando pintas pueden ser muy distintos del resultado final. Brillan, cambian de tono, resaltan el trazo…».
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