Donald Trump colecciona peleles
El Trump 2.0 que nos aflige tiene tres rasgos principales: ejerce el poder despóticamente con más descaro que en su primera etapa presidencial; antepone sus negocios particulares a los institucionales, hasta el punto de privatizar los actos de conmemoración del 2500 aniversario de la firma de la Declaración de Filadelfia, por lo que resultó una fiesta fracasada; y, renovada pasión: colecciona peleles. Le encanta rodearse de gente servil que no le discuta mamarrachada alguna.
[–>[–>[–>La lista de generales, almirantes y estrategas de alto nivel dimitidos por dignidad profesional, o cesados, en este segundo mandato, es larga. Le advirtieron de que no se metiera en el avispero de Irán, ni en el cepo del Estrecho de Ormuz y los apartó de la sala de guerra donde se toman decisiones. Así que allí anda, embarrancado, declarando acuerdos de paz por la mañana y reanudando hostilidades por la tarde, con el confort de los «pelotas» que no le contradicen.
[–> [–>[–>No hay acontecimiento de relevancia en el que no siga el mismo patrón y encumbre a un nuevo pelele. En el Mundial de fútbol, después de recibir de manos del servil presidente Infantino un inventado Premio FIFA de la Paz en el deporte, lo llamó para que retirara una tarjeta roja a un jugador de la selección estadounidense. Por supuesto que Gianni Infantino cumplió sus deseos al instante, y las selecciones mundiales acataron la intolerable injerencia. Como venganza, al siguiente partido, en octavos de final, los belgas le dieron un repaso a su selección (4 a 1) mientras que el jugador «amnistiado», Balogun, apenas tocó el balón, seguramente abrumado al sentirse en la diana del pitorreo mundial. De remate, con el cuarto gol, los jugadores belgas comenzaron a bailar imitando a Trump, en el campo y en el vestuario.
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Pero Trump, no suficientemente satisfecho con ascender a Infantino al «podium de los calzonazos» (en Italia esa condición se le bautiza en la burla como «fantoccio»), voló a Ankara a la cumbre de la OTAN, donde le esperaba la alfombra roja y el felpudo de Mark Rutte, secretario general de la decrépita organización y antes primer ministro holandés. Allí, Trump comenzó renovando su amenaza de quedarse con Groenlandia, faltando el respeto a todos sus aliados, despreciando a Giorgia Meloni y arremetiendo especialmente contra España, de cuyos dirigentes dijo que eran «malas personas» y que se disponía a cortar los intercambios comerciales, como si no existiera un Tratado Estados Unidos-Unión Europea que impidiera decisiones unilaterales contra un país socio. Y todo esto al lado de Mark Rutte, impasible, y sin inmutarse por tanto desprecio. A las pocas horas dijo, de vuelta a casa, que había sentido «amor» entre sus aliados y que «España ya había pagado su deuda».
[–>[–>[–>Fue un periodista danés, de la agencia Ritzau, el que retrató al pelele Rutte con un misil en forma de pregunta en rueda de prensa: «Tú te sientas al lado de Trump y no dices nada cuando habla de conquistar Groenlandia, cuando amenaza a aliados como España con guerras comerciales y otras cosas que el viejo Rutte no aprobaría, ¿eso afecta a tu propio respeto?» Salió como pudo.
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El Gobierno español aguantó la embestida, Sánchez habló después con Trump «de deportes» y los comentaristas de derecha se desconcertaron. ¿»Qué le habrá pagado Sánchez para ese súbito cambio de opinión?» Algo había que escribir para no reconocer que aguantar con dignidad los excesos ajenos, tiene a veces reconocimiento y recompensa.
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