La dirección teatral no me da de comer, pero necesito contar historias
Hijo de funcionarios, Peris-Mencheta descubrió el teatro casi por casualidad. O, mejor dicho, descubrió que aquello que tanto disfrutaba haciendo tenía un nombre y que, además, podía convertirse en una forma de ganarse la vida. Una profesión sin garantías, desde luego, pero que en su caso terminó por darle la razón.
[–>[–>[–>Desde finales de los 90 ha construido una trayectoria como actor en cine, televisión y teatro. En paralelo, ha desarrollado una reconocida carrera como director escénico, solo interrumpida por la leucemia que le diagnosticaron en 2024.
[–> [–>[–>Ahora, el Ayuntamiento de San Javier le ha concedido, por unanimidad, el Premio del 56.º Festival Internacional de Teatro, Música y Danza, «en reconocimiento a su brillante trayectoria artística, su relevante contribución al teatro, el cine y la televisión y a su compromiso con la creación escénica contemporánea».
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Se trata de un reconocimiento con un significado especial para el actor, vinculado a San Javier desde su infancia y donde regresará el próximo dos de agosto para presentar Blaubeeren, una de sus últimas obras —finalista del Premio Pulitzer de Teatro 2024— en el Auditorio Parque Almansa.
[–>[–>[–>Tras una carrera tan dilatada ¿qué significa recibir el reconocimiento del Premio del 56 Festival Internacional de Teatro, Música y Danza?
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Yo soy mi principal enemigo, mi mayor crítico. Por eso, que se reconozca mi trabajo, en este caso como director, es una forma de rebatir esa sensación de insuficiencia. Estoy feliz por recibir este premio y más de que sea en San Javier. Mis recuerdos de infancia están muy ligados a esta zona. Pasaba los veranos con mis primos en la Torre de la Horadada y también iba a San Javier. Recuerdo especialmente una ocasión, con siete u ocho años, cuando vi La venganza de Don Mendo. Aquel teatro al aire libre me fascinó, porque hasta entonces ni siquiera sabía que existían espacios así. Guardo un enorme cariño al Auditorio Parque Almansa donde, ya como director, siempre nos han tratado de maravilla. En realidad, Murcia ha sido siempre una tierra muy acogedora para mí. Lo ha sido en San Javier, pero también en escenarios como el Teatro Romea y el Teatro Circo.
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[–>Cuando recibe un premio como este, ¿recuerda especialmente a alguien?
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Siempre pienso en Sonia Corcelle, mi profesora de Lengua y Literatura. Fue quien me permitió ser yo mismo dentro del aula. No es fácil dar con docentes que sepan alimentar aquello que cada alumno lleva dentro. Todos llegamos con inquietudes, talentos y maneras de mirar el mundo distintas, y no siempre encajan en el sistema educativo. Ella, en cambio, intentaba aprovechar esa inercia. Fue quien nos abrió las puertas del teatro. Nos hizo llorar con El Quijote, despertó nuestra sensibilidad y, sobre todo, tenía la capacidad de detectar el potencial de cada alumno y ayudarle a desarrollarlo. Es una de esas profesoras que dejan una huella para toda la vida.
[–>[–>[–>¿Y cuándo fue consciente de esa ‘inercia’ hacia el teatro?
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Por entonces ni siquiera sabía que uno pudiera ganarse la vida haciendo teatro. En mi familia nadie se dedicaba a esto; mis padres son economista y geólogo. Llegué a la universidad, me apunté al grupo de teatro y, a partir de ahí, surgió la oportunidad de participar en una serie por la que me pagaron. Fue entonces cuando comprendí que, además de disfrutar actuando, podía convertirlo en mi profesión.
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Ahí tomé la decisión. Fue una vocación tardía, porque la mayoría de mis compañeros de profesión tenían claro desde niños que querían dedicarse a esto. Yo, en cambio, nunca había sido consciente de que se podía vivir del teatro, aunque no dejaba de actuar. Mirándolo con perspectiva, me doy cuenta de que esa siempre había sido mi forma más natural de estar en el mundo.
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Desde el gremio de actores y actrices se dice que el teatro es especial frente al resto de opciones, ¿qué ofrece el teatro que ningún otro formato puede sustituir?
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El teatro está a medio camino entre la novela y el cine. A diferencia del cine o la televisión, el teatro es un ritual porque sucede en vivo y en directo. Si estás allí, compartes el presente con quienes te rodean. Es una especie de misa, una liturgia. No existe únicamente para entretener. En el cine puedes entrar con unas palomitas y hasta comentar la película; la televisión puede estar sonando de fondo mientras haces cualquier otra cosa. El teatro, en cambio, exige una decisión consciente: eliges acudir unas pocas veces al año sabiendo que vas a reunirte con otras personas para compartir una experiencia irrepetible y comulgar con lo que sucede sobre el escenario. Yo no soy cristiano ni católico, pero esa es mi religión. Como espectador, como creador y como actor, mi misa, mi liturgia, ocurre cada vez que entro en un teatro.
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A principios de agosto estrena en San Javier ‘Blaubeeren‘, una obra sobre el Holocausto. ¿Qué se va a encontrar el público?
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Es la obra más breve que he dirigido, 80 minutos y, como ya empieza a ser una seña de identidad en mis montajes, todos los intérpretes son también músicos. Es una función que nos obliga a mirarnos en el espejo de la historia. Ochenta años desde Auschwitz parecen mucho tiempo, pero, en términos de la historia de la humanidad, no son nada. Y esa reflexión resuena inevitablemente cuando miramos lo que está ocurriendo en Gaza, en Ruanda o en tantos otros lugares.
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Gabriel Celaya decía que ‘la poesía es un arma cargada de futuro’, ¿tiene la misma concepción del teatro?
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Siempre he creído que todo teatro es político. Cuando decido dirigir un montaje es porque siento que la historia que quiero contar dialoga con el presente. La dirección teatral no es lo que me da de comer; eso me lo da la interpretación. Sin embargo, necesito contar historias.
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¿Y qué papel debe ocupar el teatro en la sociedad?
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El teatro siempre ha sido el bufón del rey, el único capaz de decirle a la cara aquello que nadie más se atreve. Shakespeare decía que era un espejo ante el mundo. Yo añadiría que es un espejo cóncavo o convexo: no reproduce la realidad tal cual, sino que la deforma para revelar verdades que, a veces, pasan desapercibidas.
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Lo paradójico es que, en los últimos tiempos, sobre todo en el terreno político, la realidad parece haber adelantado a la ficción. Antes existían figuras extremas, como Mussolini, pero hoy asistimos a la irrupción de personajes tan caricaturescos que, como creador, uno llega a preguntarse cómo puede ir un paso más allá de esa realidad.
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¿Cree que las obras con carga crítica y social tienen menos reconocimiento o acogida en nuestro país?
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Yo hago teatro porque no puedo evitarlo. Nunca afronto un montaje pensando si va a gustar o si alguien lo va a considerar oportuno. Una noche sin luna, por ejemplo, ilumina una parte de nuestra historia que mucha gente prefiere no mirar. Y 14.4 permite acercarse a la realidad de Ahmed para comprender mejor la vida de quienes solemos etiquetar como ‘menores no acompañados’. De hecho, personas que acudían a verla con reticencias —y hablo de casos muy cercanos— han salido emocionadas y con una comprensión mucho más profunda de esa realidad. Hay un sector de la política al que parece que la cultura le da miedo porque parece que les van a decir que el rey está desnudo.
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Si no fuera actor, ¿cómo canalizaría esta pulsión activista y reivindicativa?
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Supongo que escribiendo. Quizá me dedicaría, como tú, al periodismo. Hay periodistas en mis dos ramas familiares. Quizá la radio. Cada vez que salgo de una entrevista en la radio empiezo a echarla de menos, así que probablemente me hubiera dedicado a algo así.
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En la Región contamos con la Escuela Superior de Arte Dramático (ESAD). Aun así, ¿sigue siendo más difícil labrarse una carrera lejos de Madrid o Barcelona? ¿El centralismo continúa condicionando la profesión?
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Sin duda. En Murcia, al menos, tenéis la suerte de contar con una ESAD; todavía hay muchos lugares donde ni siquiera existe esa posibilidad y los estudiantes tienen que marcharse para formarse. Pero la realidad es que el trabajo audiovisual sigue concentrado en Madrid. Cuando consigues cierta estabilidad quizá puedas permitirte vivir en otro sitio, pero al principio es muy complicado.
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Pero el problema no es solo que los actores tengan que desplazarse, sino que el teatro deja de llegar a muchos lugares. Uno de mis grandes sueños sería recuperar el espíritu de La Barraca de Lorca y llevar el teatro allí donde normalmente no llega.
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Su caso dentro del mundo de la interpretación es excepcional, ser un gremio marcado por la precariedad y la incertidumbre.
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Cuando eliges ser actor también eliges eso. Si no vienes de una estirpe de actores, como Sancho Gracia, los Bardem, los Larrañaga… pero eliges hacer esto, suele haber una buena dosis de rebeldía. Mis padres son funcionarios, no hay nada más opuesto a una profesión como esta que ser funcionario. La mayor parte de mis amigos compaginan varias obras de teatro a la vez para llegar a fin de mes, y para nosotros las vacaciones son sinónimo de paro. Por eso animo mucho a que el actor sea un actor-creador, que no se quede esperando una llamada.
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En la música se debate mucho sobre si el éxito consiste en llenar estadios, ¿en el teatro ocurre lo mismo?
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Cada uno tiene su propia idea del éxito, y además cambia con el tiempo. Cuando eres joven y quieres ser actor, piensas que el éxito es ganar un Óscar. Para mí, ahora el éxito consiste en ganarme la vida haciendo lo que me gusta. Los que elegimos el teatro decidimos, de algún modo, saltar de la pecera y aceptar un camino sin garantías. Hoy me encuentro con antiguos compañeros que tienen estabilidad económica, pagan su hipoteca y llegan sin problemas a fin de mes, pero pasan la mayor parte de su vida haciendo un trabajo que no les llena y esperando a que lleguen las vacaciones para empezar a vivir. Yo prefiero otra incertidumbre. Por eso, mi idea del éxito no tiene nada que ver con llenar un teatro.
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Al principio de la entrevista decía que usted es su peor enemigo. ¿A qué se refiere?
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Tiendo a infravalorarme y a pensar que no merezco muchas de las cosas que me pasan. Es curioso, porque contrasta con la imagen que proyecto o con los personajes que he interpretado: guerreros, líderes, capitanes… Quizá esa ha sido la coraza que he construido para convencerme de que podía ocupar mi lugar en este mundo. Creo que todos convivimos, en algún momento, con esa sensación de no estar a la altura, de pensar que estamos engañando a los demás. Lo importante es aprender a reconocer esa voz y no dejar que sea ella quien tome las decisiones.
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¿Alguna obra que le encantaría adaptar y llevar a las tablas?
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Algún día dirigiré Hamlet. No sé cuando, pero ese momento llegará.
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Fuente: La Opinión de Murcia
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