Andar
Las librerías siguen siendo reductos contra el ruido y la zozobra ambiental. Entro en una y compro «Andar», de Thomas Bernhard, una pequeña gran novela publicada por primera vez cuando el autor austríaco ya había escrito «Helada» y «Trastorno», dos de sus obras significativas. «Andar» despliega una maquinaria verbal de intensidad casi hipnótica; dos hombres pasean por Viena mientras evocan a un tercero, internado por un episodio de locura. Convertir el argumento en excusa para pensar no está al alcance de todos los autores, pero sí de Bernhard, que escribe como quien cava siempre en el mismo lugar, convencido de que la repetición no agota el sentido, sino que lo profundiza. Cada frase vuelve sobre la anterior para desmontarla, matizarla o llevarla hasta un extremo insoportable. El paseo físico es también un descenso mental, una marcha hacia las zonas donde razón y delirio dejan de distinguirse.
[–>[–>[–>En poco más de un centenar de páginas comparecen muchas de las obsesiones que recorrerán toda su obra. La muerte no surge como un acontecimiento excepcional, pero sí como el horizonte permanente de la existencia. La locura deja de ser una anomalía para convertirse en una posibilidad latente de cualquier conciencia que piense demasiado. La identidad se revela frágil, construida sobre equilibrios precarios. Suele suceder. Y, por supuesto, está Austria, ese país que Bernhard amó y detestó con igual intensidad, una patria asfixiante donde la mediocridad social y moral parece imponerse sobre cualquier impulso de libertad. No es una novela donde hallar peripecias, sino para escuchar una voz que interroga sin descanso los límites del pensamiento. Más de medio siglo después de su publicación, sigue resultando incómoda y extraordinariamente actual en cualquier momento y lugar. Quizá porque andar o caminar no significa avanzar, sino dar vueltas alrededor del mismo abismo hasta descubrir que ese abismo siempre ha estado dentro de nosotros.
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