El impuesto que no sale en el informe
Llevo más de veinte años adentrándome en el panorama final de la vida económica de las familias españolas.
No en la foto del principio, cuando alguien decide qué hacer con su dinero. En el del final. Cuando esa persona ha muerto y tienes que poner … sobre la mesa, delante de sus hijos, todo lo que hizo con él durante cincuenta años.
Esa foto es un examen. Y casi siempre fracasa.
El Instituto de Estudios Económicos y EFPA acaban de publicar un informe que dice, con números, algo que veo con apellidos: el ahorro español no llega a la inversión. La tributación efectiva sobre los productos financieros en España ronda el 22%, frente a menos del 15% en la Unión Europea. Depósitos, 30%. Acciones, 29%. Los fondos, el 27%. Y mil millones de euros guardados en cuentas que no ganan nada.
Estoy de acuerdo con el diagnóstico. No estoy de acuerdo con el alcance.
Tienen que ser cautelosos. Yo no tanto.
Los autores del informe miden el coste fiscal de la inversión. Es su trabajo y lo hacen bien. Pero ven el problema al principio de la película: el hombre que decide qué hacer con su dinero. Lo veo al final, cuando ya no hay decisión posible y sólo queda contar lo que queda. A partir de ahí el coste no es un porcentaje. Es una vida.
El inventario de una herencia lo dice mejor que cualquier estadística. Una pareja que trabajó cuarenta años. Ahorró, no se dio el lujo, no le debía ni un euro a nadie. Y en el activo hay dos cosas: ladrillo y liquidez. Un apartamento comprado en 1994, otro comprado en 2006 «para los niños» y una cuenta corriente que lleva treinta años perdiendo silenciosamente poder adquisitivo. Nada más. No es un fondo. Ni una sola acción. No es un plan que se entendiera.
Esa es la herencia. Y la otra herencia, la que no se inventaría: la convicción de que invertir es cosa de otros.
La fiscalidad explica parte. Serio y corregible con voluntad política. Pero hay una capa más profunda, y es la que tengo que ver.
En una herencia siempre hay alguien que no entiende lo que firma.
No me refiero a gente ignorante. Me refiero a personas competentes, con habilidad y criterio en su campo, que ante una cotización de acciones, un fondo o una compensación de pérdidas ponen exactamente la misma cara: la de quien espera que otro se lo explique. Y aquí está el problema, porque siempre hay alguien más dispuesto a explicártelo. El banco. El hermano que «lleva los papeles». El comercial que cobra por colocar, no por asesorar. El político que te asegura que alguien más pagará esto.
Quien no comprende su propia herencia depende de alguien. Y se gestiona un empleado. Se maneja en una herencia, se maneja en una oficina bancaria y se maneja en una urna. Un país donde la mayoría no entiende lo que gana, lo que paga y lo que pierde no es un país prudente. Es un país fácil.
Lo interesante es quién paga esa factura. Lo paga, en gran parte, quien hizo todo lo que le dijeron.
Porque los grandes activos, los reales, tienen estructura, asesoramiento y movilidad, y les va bien.
Quien soporta la elevada tasa impositiva en términos relativos es el empleado con una buena nómina, un apartamento y un depósito. Ése no decepciona, no planifica y no se queja. Sólo pierde, poco a poco, durante cuarenta años, sin que nadie se dé cuenta.
No le voy a decir a nadie dónde poner su dinero. No es mi trabajo y desconfío de quien lo haga en un artículo. Por eso existen asesores financieros. No todos son buenos, como no todos los abogados lo son, y ninguno es bueno en todo. Pero sentarse una tarde con alguien bueno cuesta menos que cuarenta años sin hacer nada. Lo mismo ocurre con la planificación patrimonial y sucesoria: el momento de hacerlo es cuando todavía resulta aburrido.
Lo que puedo decir es lo que veo al final. Y lo que veo, una y otra vez, es gente que fue cautelosa y terminó perdiendo. Que confundía no arriesgar con no decidir. Que dejó que el miedo y la inflación hicieran, silenciosamente, el trabajo que una mala decisión habría hecho de repente.
Una fiscalidad razonable ayudaría. Los ciudadanos que comprendan su propio dinero ayudarían más.
Porque al final de una vida no se hereda simplemente un patrimonio. Se hereda una forma de haber tenido miedo.
Abel Marín Riaguas
el es un abogado
Socio fundador de Marín & Mateo Abogados y autor de “Protege tu Herencia” (Roca Editorial).
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