La importancia del criterio humano en la era de la IA
Daniel Sánchez Valdés es líder de la unidad de IA Empresarial del Centro Tecnológico CTIC
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En 1950, Alan Turing diseñó una prueba (conocida como el Test de Turing) para saber si una máquina podía llegar a comportarse de manera indistinguible de un ser humano en una conversación. Curiosamente, más de siete décadas después, nos estamos acercando al momento en el que seremos verdaderamente incapaces de reconocer cuándo un texto, una imagen o una voz no nacen del juicio humano.
[–>[–>[–>Y aunque el término «inteligencia artificial» comenzó a consolidarse a mediados de los años cincuenta, tenemos la sensación de que esta tecnología acaba de irrumpir en nuestras vidas para trastocarlo todo. Pero la realidad es bastante menos explosiva: la inteligencia artificial no acaba de llegar. Sus aplicaciones llevan mucho tiempo colándose en la vida cotidiana sin pedir protagonismo. Ha estado en sistemas de recomendación comercial, en filtros contra el fraude, en la concesión de créditos, en electrodomésticos que ajustan consumos, en televisores que optimizan imagen y sonido, en asistentes de navegación, en motores de búsqueda, en diagnósticos de mantenimiento industrial y en miles de pequeñas decisiones automatizadas que ignoramos porque no se presentan con un gran cartel luminoso que diga: «Esto es inteligencia artificial».
[–> [–>[–>Lo que ha cambiado en los últimos años no es que la IA exista. Lo que ha cambiado es nuestra manera de interactuar con ella, a través del lenguaje natural. El mismo lenguaje con el que nos comunicamos entre sí los seres humanos, desde que aprendemos a hablar. El mismo lenguaje con el que ordenamos el pensamiento y construimos vínculos. Y esa es la verdadera disrupción. La IA ha dejado de ser un asunto exclusivo de laboratorios para entrar de lleno en despachos, hospitales, aulas, redacciones, juzgados y hogares. Y cuando una tecnología pasa a hablar el idioma de la sociedad, deja de ser solo tecnología para convertirse en fenómeno cultural, económico y político.
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Junto con esa democratización han aparecido, lógicamente, miedos y preocupaciones. Algunos son técnicos: respuestas incorrectas, sesgos, opacidad, sobreconfianza en sistemas que a veces simplemente estiman en lugar de comprender. Otros son sociales: el temor a que determinados empleos se transformen o desaparezcan, la inquietud ante la velocidad del cambio, o la posibilidad de usos maliciosos. Sería ingenuo ignorar esos riesgos. Pero también sería un error responder al cambio desde el alarmismo o desde una falsa dicotomía entre seres humanos y algoritmos. La inteligencia artificial no es un enemigo en sí mismo, ni un destino inevitable al que debamos someternos. Conviene verla, más bien, como lo que es: un conjunto de herramientas capaces de ampliar nuestras posibilidades, pero también de multiplicar nuestros errores si se usan sin criterio. Porque una herramienta, por sofisticada que sea, no elimina la necesidad de interpretar, contrastar y decidir. En un momento en el que algunos presentan la IA como un sustituto del criterio humano, quizá convenga defender justamente lo contrario: cuanto más capaces sean estas herramientas, más importante será el juicio de las personas. Y saber, en definitiva, que delegar una tarea no equivale a delegar la responsabilidad.
[–>[–>[–>Por eso, en medio de tanta fascinación y tanto temor, creo que es el momento de volver a poner al ser humano en el centro. Desde CTIC Centro Tecnológico acompañamos a las empresas que quieren integrar la IA en su día a día, sin perder de vista sus límites y sus riesgos. Porque indudablemente la IA puede ayudarnos a trabajar mejor, a detectar patrones, a acelerar procesos, a abrir nuevas formas de creatividad y de descubrimiento. Pero también nos obliga a ser más críticos, más conscientes, más responsables y, ojalá, también más sabios. Hoy, la novedad no es que las máquinas hagan cosas sorprendentes. La verdadera novedad es que, por primera vez, toda la sociedad puede dialogar con ellas. Y precisamente por eso ha llegado el momento de aprender a hacerlo bien; a hacerlo con criterio.
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