Bandera, identidad e historia
A veces los deseos contradicen la Historia. Fundar la identidad arrojándonos a la cara símbolos que tienen un trasfondo histórico en el que solo reparamos si son acordes a nuestras ideas favorece poco los consensos. Valorar un momento de la historia no significa despreciar otros ya instituidos.
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No parece que los abanderados de la revolucionaria Junta General del Principado de Asturias que el 25 de mayo de 1808 se manifestaron contra la invasión napoleónica y tomaron atrevidas medidas lo hicieran siendo laicos, ateos, antimonárquicos, asturianistas identitarios o republicanos. Deseaban la vuelta del rey al que consideraban secuestrado por Napoleón, aunque a la postre se manifestara indigno del amor del pueblo; pero esa es otra historia. Y, cierto es, que habiendo sufrido los múltiples errores de la monarquía, apoyaron los de aquella Junta asturiana la formación de una Junta Suprema Central que convocó Cortes en el reducto libre gaditano y redactó en plena guerra la primera Constitución Española de 1812. En ella los diputados asturianos firmantes fueron decisivos, cada uno desde su postura ideológica no siempre coincidente. La Constitución daba un giro de impulso a una monarquía que de ser absolutista debía contar con los ciudadanos que, muy importante, ya no eran súbditos. Aunque durara poco fue un gran avance que puso las bases del «Estado liberal» en un conflictivo siglo XIX.
[–> [–>[–>Todo eso es motivo de orgullo y merece conocimiento y reconocimiento. Como lo es que la Bandera de Asturias, Ley desde 1990, tal vez tuviera su primera manifestación en aquel tiempo, aunque los distintos batallones de guerra constituidos para la larga contienda contra la invasión concurrieran cada uno con sus propios estandartes.
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El laicismo contradice los propios emblemas del Escudo y de la Bandera de Asturias, pues esta lleva inscrita en color dorado sobre su maravilloso fondo azul la Cruz de la Victoria asociada a Pelayo, a Covadonga y a un hecho histórico que, lejano y aún debatido, fue siempre punto de encuentro asturiano y de asturianía. En el pasado lejano el santuario de Covadonga concitó la pertenencia a la «tierrina» a través de la fe indiscutible por la relevancia entonces de la religión asociada al poder. Por ser hito histórico de viejísima raigambre el 8 de septiembre se instituyó como Día de Asturias por Ley desde 1984, antes incluso que la Bandera.
[–>[–>[–>Si tiempo atrás, mucho, el «matrimonio de Covadonga y Pelayo» hizo del escenario de la supuesta batalla lejana punto de encuentro, hoy lo sigue siendo por historia y porque es puerta de acceso al espléndido «Parque Nacional y Montaña de Covadonga», el primer espacio protegido en una Ley de 1918. El caso es además que no hay lugar en el mundo donde exista un grupo asturiano que no tenga presidiendo su sede, además de la Bandera, a Covadonga y a Pelayo (¡hasta en Cuba!).
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Los símbolos, si tienen cierta edad (y este supera los mil años), no pueden, no deben cambiarse al albur de intereses ideológicos concretos o de desavenencias temporales entre «poderes». Los símbolos permanecen y las desavenencias se resuelven.
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[–>Cuando las Comunidades Autónomas surgidas al amparo del Título VIII de la Constitución Española de 1978 legislaron sus fiestas institucionales, algunas optaron por honrar su estatuto de autonomía o el referéndum marco o la formación de su parlamento autonómico (Andalucía, Islas Baleares, Canarias, Murcia, La Rioja o Castilla-La Mancha); otras se vincularon a sus santos de referencia (Aragón, Navarra o Galicia); alguna se inspiró en sus costumbres (Cantabria) y hubo quienes optaron por su historia (Madrid, Castilla y León, Cataluña o la Comunidad Valenciana). En el caso de Asturias, se produce un mixto particular, una mezcla de religión y guerra, porque ya sabemos que «las armas y las letras son indisociables» como Covadonga y Pelayo. La lejanía de la gesta pelagiana, para muchos «iniciadora del largo proceso conocido como Reconquista» más de un milenio atrás, la hace poco sujeta a querencias ideológicas actuales, aunque hoy todo es sujeto de amores y desamores en esto de la Historia.
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El carácter religioso de Covadonga no debe confundirnos; como no debe confundirnos la Cruz de nuestra Bandera o de nuestro Escudo. No es el santuario patrimonio de un estamento concreto por más que la Iglesia sea su gestora ancestral. Sería un despropósito y una irresponsabilidad abandonarlo. No lo hizo ni el anarquista Eleuterio Quintanilla cuando en plena guerra civil salvó la imagen de la Santina, ni el «republicano comunista» que en la embajada parisina avisó de su localización. La Comunidad Autónoma del Principado de Asturias –va en orgullo patrio– tiene unos símbolos institucionales hermosos, reconocibles y bien fundados, con anclaje serio y firme. La Bandera que nos arropa a todos se identifica donde sea. Incluso tenemos un himno que es el menos belicoso y el más integrador de cuantos se cantan porque demuestra amor a la tierra propia sin demérito de las ajenas.
[–>[–>[–>El 25 de mayo para Asturias fue un momento importante, de rebelión justa ante una invasión injusta que trajo una guerra cruel. Bien está valorarlo, reconocerlo, homenajearlo y festejarlo. La Historia debe servir en este caso y en todos para concitar acuerdos.
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