Bombardeando una nación fingida | Opinión de Alfonso González sobre Venezuela, Trump y EEUU
Hacia 1960 uno de los escritores señeros de Venezuela, Arturo Uslar Pietri, publicó un brillante ensayo, La nación fingida, en el que pretendía demostrar que bajo el boom petrolero -entonces en sus inicios- Venezuela seguía siendo la misma. «La nación real, la Venezuela verdadera, sigue siendo la misma debajo de las vanas decoraciones brillantes. Del petróleo está construida su apariencia. De ese petróleo que no ha sabido para transformarla, sino para disfrazarla». El régimen chavista, que ha cumplido 25 años ininterrumpidos en el poder, ha sustituido el fingimiento de una nación rica por el de una nación revolucionaria, perfeccionando el embuste hasta extremos grotescos, pero también criminales. Cuando empezaron a caer los misiles estadounidenses en Caracas y La Guaira, poco después de la medianoche entre el sábado y el domingo, se estaba bombardeando una falsedad. Era falsa la riqueza, era falsa la paz, era falsa la revolución. Los únicos verdaderos eran los venezolanos y se ignora cuántos han muerto para capturar a Nicolás Maduro.
[–>[–>[–>Porque al final de la tarde del supuesto Día de la Liberación caían menos bombas y el régimen se mostraba aparentemente intacto. El núcleo duro del poder seguía en sus puestos más o menos escondidos: Diosdado Cabello (ministro del Interior y de Justicia), Vladimir Padrino (ministro de Defensa y general en jefe de las Fuerzas Armadas), Delcy Rodríguez (vicepresidenta de la República en visita oficial en Rusia) y su hermano Jorge (presidente de la Asamblea Nacional), Caruslia Beatriz Rodríguez (presidenta del Tribunal Supremo), Tarek William Saab (fiscal general de la República), Elio Ramón Estrada (comandante de la Guardia Nacional Bolivariana), Alexis Rodríguez Cabello (director del Servicio Bolivariano de Inteligencia) y Gustavo González López (general de división y presidente de la empresa estatal Petróleos de Venezuela, es decir, PDVSA). Son la cúspide del poder, la que controla y vigila la aristocracia del Partido Socialista Unificado de Venezuela -cargos gubernamentales, diputados, gobernadores, jueces- y la boliburguesía de estirpe chavista o aliada estrecha y corruptamente con el chavismo. En su rueda de prensa vespertina el presidente, Donald Trump, se regodeó en la detención de Maduro, pero ofreció escasísimos datos y pistas sobre su proclamada voluntad de «controlar todo el país» para proceder «a una transición segura». Es una afirmación asombrosa, porque nadie sabe cómo lo harán. Han pasado poquísimas horas y los venezolanos están pasando de la alegría desbocada al estupor. Muy pronto llegará la desconfianza. ¿Quién entregó a Maduro y a su esposa? ¿Cuál es el objetivo concreto de la transición que Trump quiere auspiciar?
[–> [–>[–>El chavismo ha sobrevivido más de un cuarto de siglo pese a sus innumerables crisis internas y externas, entre las cuales no fue precisamente la menor la muerte del fundador y caudillo del régimen, Hugo Rafael Chávez, fallecido entre finales de diciembre de 2012 y principios de marzo de 2013 a causa de un cáncer tardíamente diagnosticado y mal tratado. Tenía 58 años y ocupaba la Jefatura del Estado desde febrero de 1999, después de ganar arrolladoramente las elecciones presidenciales de diciembre de 1998. Chávez es el resultado de la monstruosa corrupción, la arrogante estupidez y la ineficacia de adecos (socialdemócratas) y copeyanos (democratacristianos) a partir de finales de los años setenta. En la nomenclatura oficial del régimen -cursi como todas las dictaduras – es el Comandante Eterno (con mayúsculas) y en vida jamás perdió popularidad. Dotado de un talento excepcional para la demagogia y la verborrea sentimental, Chávez, desdiciendo promesas y afirmaciones de campaña («por supuesto, Cuba es una dictadura, y yo no quiero eso para mi país», dijo en una entrevista a Jaime Bayle en 1998) quiso desde el principio crear un modelo de Estado de naturaleza comunista y espinazo militar. Beneficiado por entonces por el alto precio del petróleo sus primeros programas sociales – en los barrios y en las zonas rurales – fueron un éxito indudable: campañas contra el analfabetismo o para implementar cirugías oculares a miles de personas elevaron aun más su popularidad, al igual que las subidas salariales, las ayudas por hijos o las jubilaciones anticipadas. Casi nada de eso está ya en vigor. Lo que quedó de las misiones chavistas no fue su contenido social, sino el establecimiento de instrumentos y métodos de vigilancia y represión que se importaron directamente desde Cuba.
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En 2001 se firmó el primer acuerdo de colaboración entre Venezuela y Cuba. Los venezolanos cedían a un precio muy inferior al del mercado petróleo a los cubanos y se comprometían vagamente a ayudar en la extracción de crudo en la isla caribeña. A cambio los cubanos transferían su tecnología de represión y vigilancia política a Venezuela, y el primer medio para hacerlo lo encontraron, precisamente, a través de las misiones en los suburbios de las grandes ciudades, con prioridad en Caracas, por supuesto. En el transcurso de veinte años unos 220.000 cubanos pasaron por Venezuela y alrededor de un 30% se instalaron en tierras chavistas permanentemente. No todos eran médicos, pediatras o maestros. También llegaron agentes de la Seguridad del Estado. Fueron los que enseñaron los métodos y procedimientos para la represión política a través de la infiltración social. Las escuelas y los dispensarios médicos improvisados constituyeron la primera fase. Actualmente son los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) los que funcionan de manera similar a los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en los destartalados barrios cubanos. Los encargados del CLAP distribuyen las bolsas de comida que entrega gratuitamente el Gobierno revolucionario y al mismo tiempo toman nota de cualquier conato de disidencia, crítica o reproche hacia el Ejecutivo, el partido o las Fuerzas de Seguridad y lo comunican a la policía política o a los agentes de inteligencia. Las viejas mondongudas de los CLAP (como las llama el youtuber venezolano Daniel Lara Farias) se consideran a sí mismas soldadas revolucionarias en la retaguardia y han elevado el chisme a la categoría de delación potencialmente mortífera.
[–>[–>[–>Chávez apretó el acelerador para la institucionalización de su régimen desde que llegó al Palacio de Miraflores. Aconsejado por los hermanos Castro quería constitucionalizar su revolución (lo que llamó socialismo del siglo XXI) cuanto antes. Ya en diciembre de 1999 sometió a referéndum una nueva Constitución que fue refrendada por una mayoría incuestionable de los votos emitidos, pero con una abstención que superó el 50%. Uno de los puntos más bonitos de la Carta Magna fijaba que el presidente de la República solo podía reelegirse una vez. Una tontería que se les pasó por alto. Por tanto, en el 2007 fue presentada a referéndum una reforma para que la reelección fuera indefinida. Y la mayoría votó que no. Fue la primera derrota del chavismo en las urnas y dejó al régimen perplejo, pero decidido a que tal cosa no volviera a ocurrir. La consulta se repitió en febrero de 2009 y esta vez ganó el sí con un satisfactorio 54,86% de los votos. Desde entonces el chavismo metió la zarpa en todas las elecciones (no solo las presidenciales) y utilizó sin recato los medios públicos como fuentes de financiación del PSUV (organización central de la coalición Gran Polo Patriótico) y de sus candidatos. No había problemas: el Consejo Electoral estaba presidido por chavistas y, en pocos años, solo los chavistas permanecían en el mismo. Cuando en julio de 2024 Nicolás Maduro perdió las elecciones presidenciales a favor de Edmundo González Urrutia, de la Plataforma Unitaria Democrática, ni siquiera se molestaron en falsificar las actas. González se exilió. María Corina Machado decidió quedarse en el país.
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Bajo una retórica democrática y garantista, la Constitución de 1999 estaba dirigida a la concentración de todos los poderes (ejecutivo, legislativo, judicial y lectoral) en manos de los dirigentes chavistas sin ningún contrapeso real. El Estado y las empresas y consorcios públicos asumían el control de la economía productiva del país con un margen decreciente para la iniciativa privada, siempre asegundada a los deseos o arbitrariedades del poder político. Si había que expropiar unas viviendas, o un banco, o terreno baldío. Chávez lo hacía, con preferencia ante las cámaras de televisión, pero que el país se enterase lo macho que era su presidente. Maduro ha sido menos proclive a semejantes espectáculos. Sin duda conoce sus limitaciones en todos los terrenos, y por eso mientras Chávez cantaba, Nicolás prefería bailar. Por lo demás a partir de 2014 la caída brutal de los precios del crudo combinada con el desfallecimiento de la producción venezolana dejó poco que expropiar. La situación era tan espeluznante (desempleo, salarios de miseria, carencia de toda clase de insumos, servicios públicos arruinados y una inflación disparatada) que el régimen parecía sentenciado. Pero sobrevivió. La explicación está en su propia naturaleza gorilesca y en la eficiencia y eficacia de sus estructuras represivas. Lo único que funciona realmente bien en Venezuela es la represión política y la fiscalización de la disidencia.
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[–>El chavismo es una dictadura militar. No es que los jefes militares sirvan de sostén a un partido, una ideología o a un gobierno civil. La ideología, el partido, la retórica revolucionaria, socialista y bolivariana, visten y perfuman a una dictadura militar bastante clásica, que solo presenta rasgos de modernidad en la arquitectura represiva que han montado los militares con la ayuda -al menos inicial- de sus hermanos cubanos. El corazón del régimen chavista no es propiamente el Gobierno – que mantiene, eso sí, cierta autonomía y maneja presupuestos y lealtades- sino el Comando Estratégico Nacional, que se ocupa y se dedica a gestionar la oposición al sistema desde fuera y desde dentro del sistema. También reparte el poder entre las familias militares y corporativas, porque los militares, en Venezuela, están en todos los espacios de negocio e influencia: empresas públicas, puertos y aeropuertos, aduanas, permisos de importación, alcabalas, seguros, explotaciones mineras, tráfico de estupefacientes, inversiones turísticas. Al servicio del Comando Estratégico más que del Gobierno están los instrumentos de control y represión, coordinados en una única y concienzuda estrategia: la Guardia Nacional Bolivariana, con unos 82.000 efectivos, por encima de los cuerpos policiales tradicionales y que opera como una verdadera policía política; la Milicia Nacional Bolivariana, que teóricamente engloba a unos 700.000 hombres y mujeres, cuya función no es propiamente militar, sino aportar fuerza bruta e intimidación al control político; la Dirección General de Contrainteligencia Militar, que espía incansablemente a los jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas y los cuerpos de Seguridad del Estado y, por fin, el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, que vigila a todos los demás y -a través una de sus unidades internas particularmente discreta y sin duda paranoica- a sí mismo. La labor fundamental de los servicios de inteligencia no es abortar intentos de desestabilización, agresiones internas o golpes de Estado, sino desactivarlos antes de que se materialicen infiltrando agentes donde sea necesario: algunos periodistas aseguran que los servicios de inteligencia de Venezuela cuentan con cerca de 10.000 agentes espiando al Gobierno federal, a los militares y a los servicios de inteligencia, obviamente. Así ha conseguido el chavismo un país irrespirable del que han huido más de siete millones de venezolanos en los últimos veinte años, una diáspora que tiene escasísimos puntos de comparación en la historia contemporáneas.
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La eficacia represiva explica, al menos parcialmente, que el régimen chavista sea cruel y brutal, pero no haya practicado el asesinato industrial de sus disidentes. Varios miles de venezolanos han sido asesinados desde principios de siglo, y muchas decenas de miles han sido detenidos, heridos, apalizados, violados, vejados, aterrorizados y robados, pero la dictadura ha sabido jugar al gato y al ratón, a una hipócrita generosidad y al zarpazo sangriento y sorpresivo, a ser alternativamente, a veces durante meses, dictadura y dictablanda, despiadada y arrogante, contando durante décadas con la solidaridad de casi toda la izquierda latinoamericana, inventándose líderes opositores a sueldo, como Henrique Capriles entre otros muchos.
[–>[–>[–>El estilo de intervención decidido por Donald Trump y sus asesores es delicado y peligroso. Primero evidencia que alguien vendió a Nicolás Maduro proporcionando la dirección en la que pasaba la noche. Existe un traidor -si no todo un servicio- en la dictadura que ahora tiembla en sus propios cimientos. Nadie se fía de nadie, salvo de su propia guardia de corps, y si alguien admite los deseos de Estados Unidos, deberá vender a sus antiguos compañeros, empezando por Diosdado Cabello, cuya cabeza tiene un precio para los norteamericanos y no es negociable. Los hermanos Rodríguez solo pueden sobrevivir bajo un Gobierno provisional si rompen el régimen desde dentro a un precio tal vez inasumible. No solo la nación a la que se ataca es fingida, como escribió Uslar Prieti: también el atacante finge ser una nación que no existe. Una nación que desde 1903 ha intervenido militarmente 41 veces en Latinoamérica para derrumbar, apartar o instalar gobiernos o gobernantes amigos o enemigos pero que actúa como un ogro filantrópico que ama y defiende la libertad cuando lo que le impulsa en beberse todo el petróleo y masticar todo el hierro de Venezuela y que los chinos y los rusos saquen los pies de su maldito patio trasero.
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