Carta abierta a Juan de Lillo
He empezado a leer tu último libro y me apetece escribirte esta carta aunque aún no haya llegado a la página cincuenta porque, aunque no sea allerano, tengo mis raíces paternas en la zona, al otro lado del río, en Ujo, barrio del «Lugarín», y mi abuelo tenía una cabaña en La Collada, encima de Sovilla, por lo que me siento muy cerca de todo lo que cuentas.
[–>[–>[–>Yo pasé temporadas con mi abuela en Ujo; de niño, solía acompañar a mi padre los jueves por la tarde a su pueblo, donde, como abogado de la Hullera Española, iba él a despachar con el director de la Hullera, que tenía un apellido muy raro (don Ramón Quetcuti, o algo parecido); íbamos en el tren del Vasco y cruzábamos el río por la pasarela de la «perrona», después de pagar la correspondiente perrona de cobre de diez céntimos ; jugaba en la huerta que mi abuela tenía cerca del río, donde había una bomba manual para sacar agua que me fascinaba y un cobertizo de cuyo tejado se cayó mi abuelo con fatales consecuencias; comprábamos el chocolate a la fábrica de La Agustina, de los Tresguerres; y mi padre llegó a la Universidad porque el maestro de Ujo exigió a mi abuelo que diera a su hijo enseñanza superior, es decir, que el maestro creía que sus alumnos eran tan listos como Don Juan Uría pensaba de los alleranos.
[–> [–>[–>Por otra parte, en esas primeras páginas del libro he descubierto coincidencias muy curiosas que tengo contigo: los dos nacimos en marzo de 1935; estudiamos con las mismas monjas en Moreda y en Oviedo; a los dos nos mandaron internos a los trece años; los dos fuimos felices en el internado; yo también tengo una foto familiar igual, con el mismo diseño y los mismos peinados, con tres varones y dos chicas; a los dos nos entusiasmaba el fútbol: tú eras bueno como portero y yo era bueno como interior izquierda: los dos jugamos al fútbol con Fernando Sagrado y contra Chus Herrera, aunque tengo que indicar que yo le gané a Chus el Torneo provincial de barrios en 1952; y –no podía ser de otra forma– parece ser que los dos tenemos un hermano cura. Con todo eso, no es extraño que me haya visto retratado en tu feliz niñez y he disfrutado mucho de esas primeras cincuenta páginas. Me duele ver a los niños de hoy enfrascados en sus teléfonos móviles; me da la impresión de que se aburren .
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Me vienen a la memoria los partidos de fútbol con los compañeros de La Milagrosa, con nueve/diez años, en el entonces solar que había en la ahora llamada calle de Plácido Arango (habrá regalado algún cuadro) entre la calle Toreno y la Comisaría de Policía, entonces Gobierno Civil. Y hablas de las pelotas de trapo, en las que yo era un especialista en el internado porque había aprendido a zurcir la puntera de las zapatillas, con las que lo mismo asistía a clase que jugaba al fútbol; en el Colegio de San Agustín, hoy Casa Sacerdotal, donde estudié primero y segundo de Bachillerato, jugábamos al fútbol en un patio colindante con la muralla de Oviedo; teníamos que jugar con balones de serrín que no botaran, porque los hinchables volaban al Postigo por encima de la muralla. Y no sé si oíste hablar de los partidos domingueros en el Campo de maniobras: este campo era una extensión enorme, actual Llamaquique, que abarcaba desde la avenida de Galicia a la calle de los Calvo Sotelo, por una parte, y entre la calle Santa Susana y la de los Hermanos Pidal por otra, sin apenas edificación, con terreno irregular; ahí comparecíamos todos los chavales de Oviedo los domingos por la mañana para celebrar un montón de partidos independientes; allí llevé un 6 de enero el balón que me habían traído los Reyes, con la mala suerte de que se fue a la carretera, donde ahora está La Nueva España, y un camión me lo explotó. Te puedes imaginar el disgusto. Y recuerdo muy bien a Pedro Conde con el resplandeciente uniforme de portero que seguramente le habrían traído también los Reyes: jersey blanco de cuello alto, rodilleras, botas con tacos y guantes especiales de portero, ¡vaya envidia! Y jugábamos solo con los pies, como debe ser, no con las manos como hacen ahora con los agarrones, abrazos y empujones permitidos en los córners.
[–>[–>[–>Y jugabais a la peonza, al guá, a las chapas, al lirio-lario y al pio-campo. Nosotros jugábamos a lo mismo en la Rosaleda, en el Campo de San Francisco, donde ahora está Mafalda . Los «municipales» nos echaban a veces porque hacíamos «guás» en el suelo para jugar con los banzones, las chinas y los mejicanos . Y también dibujábamos carreteras para jugar a las chapas, aunque sin tantas señales de tráfico. Recuerdas muchos ciclistas legendarios: Delio, Barrendero, Trueba, Langarica… te falta Mancisidor. Y qué difícil era recortar el cristal con las tenazas para hacer una chapa buena: aclararemos, para los niños actuales, que partíamos de un chapa de gaseosa en la que poníamos el cromo con el ciclista y luego el circulito de cristal, que sujetábamos con un cordón de masilla. Y luchabais con espadas de madera; yo, con dos años, desfilaba por la carretera con un palo al hombro detrás de los soldados en Cornellana, donde viví unos meses después de escapar de Oviedo en una Nochebuena obscura. Y las películas del Oeste: yo las disfruté un montón en el cine de Avilés, donde pasé temporadas con los abuelos maternos, los domingos, a las tres de la tarde, donde gritábamos ¡hala mocín, hala mocín…! ¡al tiempo que pateábamos rítmica y entusiásticamente el suelo de madera!
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Solo quisiera añadir (señoría, ya termino) que hubo unos días en los que solo oí hablar de la tragedia del pozo San Antonio, aquella inundación a la que te refieres que, como una dana minera, causó más de quince muertos cerca de tu casa. Ya te dije que mi padre era el abogado de la Hullera Española, por lo que tuvo que ocuparse de ello. Recuerdo que me comentó que el abogado de la Industrial Asturiana, famoso jurista de la época, no contestó la demanda judicial de la Hullera Española hasta el último minuto del plazo que tenía para ello, presentándose en el juzgado de Cabañaquinta de noche con dos automóviles, en previsión de un pinchazo o una avería, tan frecuentes con aquellos coches y aquellas carreteras.
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[–>Y recuerdo, finalmente, a una encantadora jovencita que, años ha, conocí en la nieve de La Mongie, al pie del Tourmalet ¿ le va bien? Y me acabo de enterar que autorizaste en su día en La Nueva España los primeros pasos profesionales de mi hijo Luis, quien me dijo que cumplió lo que te prometió: terminar los estudios. Muchas gracias.
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¡Ah!, y me propongo seguir con el resto de tu libro a la velocidad que mi deteriorada vista me permita, del que espero disfrutar casi tanto como de sus primeras páginas; y digo «casi» porque hasta ahora hablaste solo del paraíso perdido pero a partir de ahora tendrás que hablar de la vida, y eso es ya harina de otro costal. n
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