Con una trayectoria de altas emisiones y un calentamiento de tres o cuatro grados, el aumento global del nivel del mar rondaría los 0,7 metros a final de siglo
El Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible ha concedido el Premio Nacional de Ingeniería Civil correspondiente a la convocatoria de 2026 al doctor ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Íñigo Losada, asturiano de reconocida trayectoria nacional e internacional en el sector de la ingeniería de costas y marítima y adaptación al cambio climático. Formado como ingeniero de Caminos en la Universidad de Cantabria, es doctor en Ingeniería Civil por la Universidad de Delaware. Entre 1989 y 1992 desarrolló su actividad investigadora en el Centro de Investigación Costera Aplicada de la Escuela de Ingeniería Civil y Ambiental de dicha universidad. Fue el primer director de investigación del Instituto de Hidráulica Ambiental-IHCantabria, del que fue impulsor y fundador desde 2007 a 2011. Desde 1999 es catedrático de Ingeniería Hidráulica de la Escuela de Ingenieros de Caminos, de la Universidad de Cantabria. Su actividad investigadora, reconocida a nivel mundial, ha generado avances fundamentales en la comprensión de los sistemas marinos y costeros y su relación con el cambio climático, contribuyendo de manera decisiva al posicionamiento de la ingeniería civil española en la vanguardia internacional.
[–>[–>[–>-¿Cómo recibe este reconocimiento?
[–> [–>[–>-Con una mezcla de gratitud y de responsabilidad. El Premio Nacional de Ingeniería Civil es la máxima distinción que otorga el Ministerio a una trayectoria en esta profesión, y figurar en una lista donde están algunos de los grandes nombres de la ingeniería española de las últimas décadas impone y honra a partes iguales. Pero lo recibo, sobre todo, como un reconocimiento colectivo: detrás hay el trabajo de un equipo muy amplio, el de IHCantabria y el de tantos colegas con quienes he compartido estos años. Me emociona especialmente el mensaje que encierra este premio, cuyas bases hace tiempo que abarcan también la ingeniería del agua, de la costa y de la sostenibilidad del territorio. Que se distinga una carrera dedicada a la adaptación al cambio climático significa que la profesión entiende que proteger el litoral y hacer nuestras infraestructuras más resilientes es ingeniería civil en su sentido más pleno: la que está al servicio de la sociedad.
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-Usted puso en marcha el Instituto de Hidráulica Ambiental de Cantabria hace casi dos décadas. ¿Qué se ha avanzado en el estudio de los sistemas marinos y qué ha cambiado desde entonces?
[–>[–>[–>-Empezamos siendo un grupo reducido con una convicción: que la investigación y transferencia que se hacen desde la Universidad deben generar un impacto real y tangible sobre las necesidades de la sociedad y de las políticas públicas. Hoy IHCantabria es un centro de referencia internacional que trabaja en decenas de países. El avance que más me enorgullece no es un proyecto o un dato aislado, sino haber construido un puente estable entre la investigación y la gestión real: hemos generado conocimiento, desarrollado metodologías y herramientas, que hoy se usan en todo el mundo, tanto por administraciones locales como organismos multilaterales y tanto por pequeñas empresas como grandes multinacionales. Además, hemos formado a varias generaciones de profesionales e investigadores que hoy realizan su labor sobre la base del conocimiento que adquirieron con nosotros. El objetivo cumplido es ese: que la ciencia sirva para decidir mejor.
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-¿El cambio climático es una realidad cada vez más presente?
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[–>-Sí, y conviene decirlo sin dramatismo, pero con precisión: es una realidad observada y cuantificada, no una hipótesis. El calentamiento del sistema climático es inequívoco y está documentado con múltiples variables independientes: temperatura del aire y del océano, contenido de calor en el océano, nivel del mar, retroceso del hielo. No se trata de creer o no creer; se trata de series de datos que apuntan todas en la misma dirección. Lo que ha cambiado en los últimos años es que sus efectos han dejado de ser una proyección de futuro para observarse en el presente, y eso es lo que explica que se perciba como algo más cercano.
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-Las medidas para reducir emisiones, sobre todo en el ámbito industrial, ¿han funcionado?
[–>[–>[–>-La respuesta honesta es «en parte». Hay éxitos innegables: la reducción en los costes de la energía solar y eólica, que ha hecho competitiva la descarbonización, y el hecho de que economías como la europea hayan trabajado en pos de desacoplar crecimiento y emisiones. Pero a escala global las emisiones aún no han iniciado el descenso rápido que la ciencia exige. La dificultad se concentra en los sectores más intensivos —acero, cemento, química—, y ahí Asturias es un caso bastante evidente: descarbonizar la siderurgia y la electrificación del sector industrial es uno de los grandes desafíos técnicos y económicos de esta transición. No es un problema de voluntad únicamente, sino de madurez tecnológica e inversión. Vamos en la buena dirección, pero no al ritmo necesario.
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-Se habla de fenómenos extremos, ¿podrían ser peor con el aumento del nivel del mar?
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-Aquí la física es clara y merece explicarse bien. La subida del nivel medio del mar actúa como un pedestal: eleva el punto de partida sobre el que se suma el efecto cualquier temporal. El mismo oleaje y la misma marea meteorológica que hoy producen una inundación determinada, sobre un nivel medio del mar más elevado, alcanzará cotas mayores. El efecto más relevante no es tanto que las tormentas sean individualmente más violentas, sino que los eventos que hoy consideramos excepcionales, por ejemplo el temporal que se espera una vez cada cien años en promedio, pasan a repetirse con mucha más frecuencia. En el Cantábrico, además, las proyecciones apuntan a un ligero aumento de la energía del oleaje medio, lo que refuerza esa tendencia. Es un efecto multiplicador, gradual y cuantificable, que precisamente por ello podemos anticipar.
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-¿Existe conciencia social real sobre el cambio climático, y sobre sus efectos en la salud?
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-Sobre el fenómeno en sí, la conciencia ha crecido mucho y hoy es mayoritaria. Donde veo un déficit claro es en la dimensión de la salud, que suele quedar en segundo plano. El impacto del calor extremo sobre la mortalidad, los cambios en la distribución de enfermedades o la calidad del aire son efectos de salud pública de primer orden, y aún no ocupan el lugar que les corresponde en la percepción social. Es significativo que en la última cumbre del clima la salud se elevara por fin a prioridad climática de primer nivel. La conciencia existe; el reto ahora es que se traduzca en decisiones cotidianas. En cualquier caso, la ola de calor que estamos experimentando en Europa y sus consecuencias son una clara evidencia en este sentido. En Asturias tenemos el privilegio de contar con María Neira que es una especialista de primer nivel mundial en la materia.
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-Vemos temperaturas más altas en el Norte. ¿Se va a acabar el Cantábrico como ‘refugio climático’?
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-Matizaría el propio concepto. El Cantábrico no es un refugio en sentido absoluto, sino relativo: la cornisa cantábrica seguirá disfrutando de veranos más suaves y mayor disponibilidad de agua que buena parte de la península, y esa ventaja comparativa se mantendrá. Pero el Norte también se calienta, y hemos empezado a registrar olas de calor marinas en el golfo de Vizcaya que eran infrecuentes. Así que la lectura correcta no es «el refugio desaparece», sino «el refugio también cambia». Conserva sus fortalezas, pero no es inmune, y conviene gestionarlo como lo que es: una ventaja que hay que cuidar, no una garantía.
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-¿Cuál debe ser la respuesta desde la ciencia, la política y la empresa para afrontar esos desafíos climáticos?
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-Coordinada, porque ninguna de las tres basta por sí sola. A la ciencia le corresponde analizar adecuadamente las observaciones, explicar las tendencias y analizar en qué medidas los cambios que observamos se pueden atribuir a nuestras emisiones. Además, es importante que la ciencia afine las proyecciones futuras y que las ponga al servicio de la toma de decisiones. Para ello es importante que tengan la resolución espacial local necesaria para los gestores y, sobre todo, que se presenten de manera útil para la identificación de riesgos y soluciones. A la política, ofrecer marcos estables y previsibles, e integrar la adaptación en la ordenación del territorio, la planificación de infraestructuras o la gestión del agua, en lugar de tratarla como algo accesorio. Y a la empresa, entender que la resiliencia y la descarbonización no son solo un coste, sino una oportunidad de inversión y de ventaja competitiva. La transición se juega en gran medida en el sector privado y en la capacidad de movilizar capital hacia infraestructuras más robustas.
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-¿La IA es un habilitador para adaptarse al cambio climático o un acelerador de ese cambio?
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-Puede ser ambas cosas, y ahí está el matiz interesante. Como habilitadora es extraordinariamente potente: mejora los modelos climáticos, los sistemas de alerta temprana, la gestión de las redes eléctricas o el diseño de nuevos materiales. Pero tiene un coste energético real: los centros de datos consumen mucha electricidad, y si esa energía no es limpia, la herramienta juega en contra. El signo neto, por tanto, no está predeterminado; depende de cómo la alimentemos y para qué la usemos. Soy razonablemente optimista, siempre que su despliegue vaya de la mano de la descarbonización del sistema eléctrico.
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-Como parte activa en análisis de riesgo y planes de adaptación para puertos, infraestructuras y ciudades, ¿estamos suficientemente preparados?
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-Todavía no del todo, pero la brecha se está cerrando y, esto es importante, sabemos lo que hay que hacer. El problema específico de las infraestructuras es su larga vida útil: un puerto o una obra de defensa que se diseña hoy estará operativo cincuenta o cien años, de modo que las decisiones actuales condicionan décadas. Eso obliga a incorporar el clima futuro desde el proyecto, no a posteriori. La adaptación ha ido tradicionalmente por detrás de la mitigación en atención y en financiación, y creo que ese es el desequilibrio a corregir. Preparación no es un estado que se alcanza, sino un proceso continuo; disponemos de las herramientas, y el reto es de implementación y de recursos. En este aspecto Asturias fue la primera comunidad autónoma en la que desarrollamos la metodología para el análisis de los riesgos y adaptación al cambio climático de los puertos regionales y que después se aplicó en muchas otras CCAA. Ahora estamos trabajando para Puertos del Estado en el análisis de riesgos de los grandes puertos españoles. Gijón y Avilés son dos de los que estamos analizando.
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-¿Quedarán más lugares del planeta inhóspitos e inhabitados?
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-Hay que ser cuidadoso con las palabras. Habrá regiones sometidas a un estrés creciente, por calor, por escasez de agua o por exposición costera, donde vivir será más difícil y más costoso. Pero «inhabitable» es un término demasiado categórico para la mayoría de los casos: la habitabilidad es un gradiente que depende, y mucho, de la capacidad de adaptación de cada territorio. Un mismo nivel de amenaza puede ser manejable con recursos e infraestructura, e insostenible sin ellos. Por eso el foco no debería ponerse solo en el peligro físico, sino en reducir la vulnerabilidad. Las presiones migratorias asociadas al clima son reales y conviene tomarlas en serio, pero sin convertir cada proyección en un titular apocalíptico.
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-¿Qué es lo mejor que se ha hecho frente a los negacionistas del cambio climático?
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-Acumular evidencia y hacerla transparente. La mejor respuesta no ha sido la confrontación, sino el trabajo silencioso de mejorar los datos y, sobre todo, la ciencia de atribución, que hoy permite cuantificar cuál ha sido la influencia del cambio climático en un evento concreto. Y hay un segundo factor, quizá el más eficaz: la economía. Cuando la energía limpia se abarata hasta ser la opción más competitiva, el debate deja de ser ideológico y pasa a ser práctico. De hecho, la discusión ya se ha desplazado en gran medida desde «si es real» hacia «qué hacemos». Ese cambio de conversación es, en sí mismo, un gran avance.
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-¿Cuánto aumentará el nivel del mar en España según las proyecciones actuales?
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-Depende del escenario de emisiones, y por eso siempre hablamos en rangos, no en una cifra única. Con una trayectoria de altas emisiones y un calentamiento de tres o cuatro grados, el aumento global rondaría los 0,7 metros a final de siglo, con escenarios extremos que llegan a valores muy superiores, especialmente en las Canarias. Las proyecciones regionalizadas que elaboramos con el Ministerio para la Transición Ecológica sitúan la horquilla, para el escenario más probable con las políticas climáticas actuales, en unos 0,6 metros en la costa del Principado para el periodo climático 2060-2080. Hay dos ideas que conviene subrayar sin alarma, pero con claridad: la primera, que el aumento del nivel medio del mar no se detendrá en 2100, seguirá subiendo durante siglos por la inercia del sistema, aunque frenemos las emisiones; y la segunda, que la diferencia entre un escenario y otro la decidimos nosotros ahora con nuestra política de emisiones.
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-¿Se han logrado avances en las sucesivas cumbres del clima?
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-Avances sí, aunque desiguales, y creo que hay que valorarlos con realismo. Lo esencial es que el marco multilateral del Acuerdo de París ha sobrevivido en un contexto geopolítico difícil, lo cual no es menor. La última cumbre, la COP30 de Belém, acordó triplicar la financiación para la adaptación de aquí a 2035 y aprobó un conjunto de indicadores para medir los avances en resiliencia. Pero persisten dos brechas importantes. Una, la de ambición: los compromisos nacionales actuales cubren en torno a un 20% de la reducción de emisiones que haría falta para 2030, cuando se necesitaría cerca de un 43%. Y otra de contenido: el texto final de Belém no incluyó una mención explícita al abandono de los combustibles fósiles. Mi lectura es que estas cumbres han pasado de la fase de las promesas a la de la implementación, y que ahí es donde ahora se juega todo. No obstante, es evidente que estamos experimentando un retroceso en las políticas climáticas, cuyas causas podrían dar para varias horas de conversación.
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