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Descubriendo Kyushu, la isla menos visitada de Japón, pero la más genuina | Lonely | El Viajero

Descubriendo Kyushu, la isla menos visitada de Japón, pero la más genuina | Lonely | El Viajero
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  • Publishedabril 3, 2025



Aunque Japón está de moda y son muchos los turistas que viajan hasta allí, pocos llegan a Kyushu. Y es una pena: es la isla más meridional y la menos visitada del país, pero también por eso, es de las más auténticas, marcada por los volcanes. Hasta aquí se viaja para visitar el humeante Sakurajima, rodear la mayor caldera del mundo o disfrutar de una inmensa variedad de onsen (aguas termales), pero también para descubrir ciudades históricas y animadas como Fukuoka y Nagasaki. Es el destino perfecto si ya se ha estado en Japón previamente, o si se quiere ver algo completamente diferente.

La isla se presta a la exploración sin pri­sas para descubrir que gran parte de lo que configuró el Japón de hoy nació aquí. Como la Restau­ración Meiji, iniciada en Kagoshima, la guerra civil que acabó con el poder de la nobleza y dio pie a una era de lo que se conoce como el “Japón moderno”. O el arte de ser­vir té verde, que se importó de China a través de la remo­ta isla de Hirado. O Deji­ma, en Nagasaki, que fue en otro tiempo el único lu­gar donde los extranje­ros (sobre todo holande­ses) podían comerciar le­galmente, y hoy por supuesto la ciudad famosa por la bomba atómica.

Pero en esta región no todo es histo­ria. También hay enormes parques nacio­nales, volcanes, espectaculares pistas senderistas, templos o buenas olas para el surf. Además, están algunos de los mejo­res castillos de Japón (Ka­ratsu, Kumamoto y Shima­bara) y los amantes de la gastronomía disfrutarán con el ramen de Kagoshima y podrán probar el shōchū (una bebida alcohólica antes considerada matarratas, y ahora muy valorada). Todo ello a unas horas por carretera, y en muchos casos accesible en tren con un railpass de Japan Rail. Desde que se completó la línea de shinkansen (tren bala), en 2011, es aún más fácil llegar, y vale más la pena el esfuerzo. En Kyushu esperan templos y atracciones menos turís­ticas, muchas menos colas y un ambiente muy acogedor.

Fukuoka: el Tokio del sur en versión reducida

Fukuoka es la puerta de entrada a Kyushu y su ciudad más grande (1.400.000 habitantes). Moderna y animada, es la “gran ciudad de las luces”, famosa por su ramen Hakata, que hay que probar en algún yatai (puesto de comida). Muchos la consideran la Tokio de Kyushu, como una versión reducida de la capital nipona, y hasta tiene su propia versión de la Torre de Tokio (llamada Torre Fukuoka, con una altura total de 234 metros es el edificio costero más alto de Japón y tiene una zona de observación en su última planta). La ciudad tiene grandes museos, una universidad, restaurantes excelentes y un jazz de primera… pero es más pe­queña, más íntima y menos pretenciosa que la capital. A pocos minutos en tren hay lugares estupendos para hacer ex­cursiones, y con el ferri se pueden visitar las islas cercanas.

La experiencia estrella en la ciudad es probar el ramen (que no es ni mucho menos el único plato de la zona). Se pueden comer de muchos modos, pero el más tradicional es con tonkotsu, un sabroso caldo hecho con hue­so de cerdo “al estilo Hakata”. Los fideos también son dife­rentes, normalmente finos y rectos, en lugar de los gruesos y rizados de otros sitios. Hay cientos —o quizá miles— de pues­tos de ramen en Fukuoka, pero tres megacadenas son tan po­pulares que podría comparárselas a equipos de fútbol, cada uno con sus propios fans: o eres de Ippūdō, o de Ichiran, o de Ikkōsha. Ichiran se distingue por sus curiosas cabinas para comensales que quieren comer solos. Es muy popular entre los oficinistas, y a la hora del almuerzo suele formarse cola.

Fukuoka, la conocida como "gran ciudad de las luces", en Japón.

Otra experiencia recomendable es hacer una excursión en ferri a Nokonoshima, una isla con palmeras, playas y espléndidas vistas de la bahía de Hakata du­rante el viaje.

Por los alrededores de Fukuoka: ceramistas y templos de montaña

En torno a Fukuoka hay mucho por visitar, de antiguos castillos a pueblos de ceramistas o antiguos templos. Para muchos, esta es la verdadera Kyushu, una región muy atractiva pero que para los japoneses del norte resulta algo atrasada. Y es paradójico, ya que fue en Kagoshima, bien al sur, donde se inició la Restauración Meiji, que mar­có el inicio del Japón moderno. Muchos de estos lugares, pueblecitos perdidos en las montañas que parecen muy lejos de todo, se pueden visitar en excursiones de un día desde la ciudad.

Hay rincones como Karatsu, famosa por su cerámica de influencias co­reanas, de visita obligada aun­que solo sea para mirar y maravillarse con los precios (hay piezas más caras que un coche de lujo). A los no iniciados po­dría parecerles que no hay para tanto: las piezas suelen usar tonos marrones y tierra, a veces con un esmaltado áspero. Pero para el conocedor son maravillas de gran valor. Algunos ce­ramistas aceptan visitas, pero es mucho más fácil visitar una ga­lería, algunas con inmaculados jardines zen y bonitas sa­las para la ceremonia del té donde presentan sus piezas.

Una exhibición de cerámica local expuesta en Karatsu.

Otra experiencia interesante es subir al monte Hiko por un sendero que lleva a uno de los templos de montaña más antiguos de la región. Formaba parte de la orden monástica yamabu-shi (sacerdotes de montaña), quienes creían que era necesario curtir­se en las montañas para alcanzar la iluminación. Las vistas son impresionantes.

De baños y mangas en Beppu

Aunque está en la costa, Beppu no es famosa por sus playas, sino por sus baños termales, los onsen, de los que hay más de 27.000 en todo Japón. Esta es una de las ciudades-balneario más célebres del país, con cientos de lugares donde bañarse y un antiguo onsen, el Takegawara, convertido en destino de peregrinaje para los más otaku (fans). La ciudad es peque­ña, tiene un excelente pescado y marisco y, gracias a la uni­versidad cercana, tiene también un ambiente joven poco habitual en otros lugares de Kyushu, una isla por lo general bastante tradicional. Si se llega en invierno, una panorámica clásica es la que se ve desde la montaña cercana, con monto­nes de fumarolas formando una nube blanca al contacto del vapor caliente con el aire frío.

Dos hombres disfrutan de un baño 'onsen' en Beppu, Japón.

Más allá de Beppu se extienden las bellezas de la prefectu­ra de Oita, una de las regiones menos exploradas de Japón. De aquí son famosas la cerámica, la artesanía del bambú, sus anti­guos templos y las estupendas excursiones por la naturaleza, por ejemplo, al pico más alto de Kyushu, en la impresio­nante cordillera de Kujū. Muchos pasan esta región por alto, pero quienes la visitan se alegran después de haberlo hecho.

Los aficionados al manga moderno peregrinan a Hita, la Kioto de Kyushu, un pueblo de callejuelas que no han cambiado en siglos. Además, es también famosa porque de allí es Hajime Isayama, autor del manga postapocalíptico Ataque a los titanes. Los fans de la su­perexitosa serie llegan hasta aquí buscando lugares relacionados con la vida y la obra de Isayama. Hay incluso un museo de Attack on Titan en Hita, en las afueras, cerca de la presa de Ōyama.

Nagasaki, la puerta a Occidente de Japón

La historia pesa mucho en Nagasaki, la segunda ciudad japonesa destruida por una bomba atómica lanzada por EE UU el 9 de agosto de 1945. Pero antes de que eso ocurriera, fue el único puerto abierto a los occidentales durante los dos siglos de aislamiento (sakoku) del país, entre los siglos XVII y XIX, y este pasado comercial y cosmopolita aún pesa mucho en sus fiestas, su gastronomía y su arquitectura.

Nadie olvidará jamás el horror de Fat Man, la bomba atómica que arrasó la ciudad, pero Nagasaki se ha rehecho de ese episodio que parece no haber pasado nunca, de no ser por los numero­sos monumentos conmemorativos y los museos del recuerdo, como el Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki. Datos, imágenes, recuerdos, fotos… todo es de lo más impresionante, aunque lo más llamativo son las historias heroicas que recuerda.

Estatua en el parque de la Paz, en Nagasaki.

Tal vez su lugar más interesante sea la isla artificial de Dejima que durante dos siglos fue la única ventana de Japón al mundo, prohibido en el resto del país. Esta minús­cula isla en forma de abanico, que se puede atravesar a pie en cinco minutos, es donde se hacía todo el comercio internacional, exclusivamente con los holandeses protestantes. Visitar De­jima es retroceder en el tiempo. Se ven almacenes perfec­tamente restaurados y edificios comerciales, así como las vi­viendas de los mercaderes holandeses, e incluso una preciosa maqueta en miniatura de Dejima tal como era hace siglos.

Dos visiones diferentes de la ciudad son las que se contemplan subiendo a la cumbre del monte Inasa en el teleférico, o la que se tiene dando un paseo por el histórico jardín Glover, en la ladera de una colina (como todo en Nagasaki), un bonito parque y un museo con casas antiguas donde vivieron residentes extranjeros durante la era Meiji.

Hashima, la isla abandonada de James Bond

La excursión más sorprendente desde Nagasaki es a Hashima, una isla misteriosa y abandonada. Es la que aparece en la película Skyfall de James Bond, una misteriosa ciudad en la que se refugia el personaje de Javier Bardem como guardia. El equipo de producción no tuvo que hacer muchos arreglos: increíblemente, en otros tiempos fue el territorio más densamente poblado de todo Japón, gracias a las ricas vetas de carbón halladas en la isla. Aquí llegaron a vivir 5.000 personas, en pisos con hasta cinco personas por habitación. Pero en 1974, al perder su rentabili­dad, de pronto se cerró la mina. En un momento dado se de­cidió usar la isla como estercolero de Nagasaki, pero los conservacionistas consiguieron que fuera declarada patrimonio mundial por la Unesco en 2015.

Vista d ela isla de Hashima, ahora abandonada y usada como reclamo turístico y escenario de películas.

La visita a la isla es para valientes: la travesía dura una hora en cada sentido, y en muchos casos el oleaje impide el desembarco (en cuyo caso se da un rodeo a bordo de la em­barcación). Si se desembarca, durante el paseo de 60 minutos por las ruinas puede hacer muchísimo calor. Pero es impresionan­te.

La remota Hirado

La otra excursión interesante en la prefectura de Nagasaki es a la remota Hirado, una pequeña isla en el extremo oeste de Kyushu que la mayoría de los turistas suele pasar por alto. Y es una pena, porque también fue un lugar de comercio secreto, y aquí nacieron algunas de las artes hoy más típicas del país, como por ejemplo el sadō (el arte de servir el té verde). En el puerto hay un pequeño centro de visitantes y justo enfrente se extiende un barrio con tiendas antiguas, almacenes y edificios que recuerdan la Hirado de otro tiempo. Luego se puede visitar el castillo de Hirado, en el otro extremo del puente colgante.

El puente de Hirado, en la prefectura japonesa de Nagasaki.

Paseando por el puerto, cerca del centro de visitantes, llama la atención la estatua de una joven que a los occidentales quizá les recuerde la Virgen María. A pesar de la política de sakoku (aislacionismo), a Hirado llegaron suficientes marineros ho­landeses como para que nacieran numerosos niños interra­ciales. En 1639 se hizo una redada que acabó con el traslado forzado de muchas niñas y jóvenes a Batavia (hoy Yakarta, en Indonesia); la estatua La Niña de Yakarta recuerda a estas niñas enviadas al exilio.

Samuráis y un ‘onsen’ con burbujas: el ferri a Shimabara

Shimabara es una península de Nagasaki que se ex­tiende al otro lado del mar de Ariake, con vistas al resto de Kyushu. Es un lugar lejos de todo, pero un ferri llega hasta allí. Su principal reclamo es un impresionante castillo reconstruido de seis plantas con un foso con flores de loto donde las grullas dan cuenta de las pobres ranas, mien­tras los peces de colores dan la lata a las tortugas que toman el sol.

El castillo de Shimabara, cuyos orígenes se remontan a 1618.

El castillo no es la única razón para visitar este rincón apar­tado de Nagasaki. También hay un bonito barrio histórico de samuráis con numerosas casas centenarias abiertas al público donde hacerse una idea de cómo vivían los poderosos de la época. Hay que tener en cuenta que en algunas de las casas aún vive gente, así que atención a los carteles para no invadir la intimidad de los vecinos fisgando por encima de las vallas o colándose en recintos privados.

La abundancia de agua fresca ha hecho que también sea un sitio popular para el té, los fideos e incluso los granizados. Los amantes de los onsen quizá quieran darse un chapuzón en el Shimabara Onsen, con agua carbonatada. Una vez en remojo, las burbujas se pegan al cuerpo y van ganando ta­maño hasta que ascienden a la superficie, como si el visitan­te fuera un cubito de hielo recién introducido en un vaso con un refresco templado.

Un buen baño caliente en Unzen

El parque nacional de Unzen, creado en 1934, fue, junto a su parque hermano de Kirishima, a caballo entre las pre­fecturas de Miyazaki y Kagoshima, uno de los tres primeros parques nacionales del país. Es un lugar especial para hacer excursiones, avistar pájaros y, por supuesto, bañarse en uno de sus numerosos onsen. La mayoría de los hoteles ofrecen la opción del higaeri (pase de un día), con lo que se puede ir de un balneario a otro. Si la idea de ascender hasta la cum­bre del Unzen no suena demasiado divertida, se puede optar por tomar el teleférico de Unzen hasta la estación del pico Myōken y desde allí bajar por alguna de las pistas viendo ciervos, otros animales y unas curiosas azaleas por el camino.

Baños termales en el monte Unzen, entre las pre­fecturas de Miyazaki y Kagoshima.

La pintoresca aldea de Unzen Onsen es un lugar estupendo para una ex­cursión de un día o una escapada de fin de semana. Su razón de existir son los baños termales de aguas sulfurosas que quizá se huelan antes incluso de verlos. Al llegar al centro no hay que dejar de recorrer las pasarelas de madera que rodean el Unzen Jigoku (Infierno de Unzen), que realmente da la imagen de un infierno, con balsas fangosas burbujeantes. El sendero también pasa por entre praderas y bosques de pinos. Una vez finalizado el paseo quizá se quiera recuperar fuer­zas con unos huevos o verduras cocidos al vapor en el onsen.

Kumamoto, imágenes perfectas para un selfi

En la costa oeste de la isla de Kyushu, Kumamoto es otro de esos destinos golpeado por los terremotos (el último en 2016, especialmente devastador), pero que se recupera una y otra vez. Incluso conserva su castillo, Kumamoto-jō, construido a principios del siglo XVII. Esta zona de la isla es fascinante, con volcanes, praderas, pueblos pintorescos con baños termales y un ambiente acogedor. Por todas partes aparece Kumamon, la mascota local, con sus mofletes rojos, dando la bienvenida.

Un atardecer en la playa de Okoshiki, en la prefectura de Kumamoto.

La ciudad de Kumamo­to es también universitaria y comercial, con un activo puerto, vida nocturna animada por los estudiantes y fabulosas puestas de sol, la imagen soñada para cualquier influencer. Al norte de la ciudad hay una serie de colinas, algunas muy populares entre las parejitas y los instagramer, hasta el punto de que se la conoce como la colina de los narcisistas. El sol se pone lentamente tras la penín­sula de Shimabara, pintando de dorado el agua del mar. Si las nubes están bajas, el resultado es espectacular. Si el día está claro se verá claramente Unzen, al oeste.

Pueblos onsen y excursiones a los volcanes

Los alrededores de Kumamoto son muy interesantes, y permiten pasar en pocos minutos de un litoral de aguas azules a los altos picos volcánicos, presididos por el monte Aso, un volcán muy activo que se cierra periódicamente debido a las nubes de gas tóxico que emanan de su gigantesco cráter. Aunque no se pueda llegar hasta el borde, probablemente podamos llegar lo suficientemente cerca como para apreciar su enor­me tamaño. La actividad volcánica es el origen de las aguas termales, como en el delicioso Kurokawa Onsen. En dirección contraria se encuentran increíbles cadenas de islas (también con aguas termales).

Otro imán de atracción para los viajeros son las místicas Amakusa, una cadena de islas que se extiende al suroeste de Kumamoto, a las que se llega en ferri y en las que no faltan algunos onsen, como el Shimoda Onsen, en lo alto del monte Simoshima, donde se disfrutan de puestas de sol extraordinarias, relajantes baños de pies, una serie de agradables ryokan (todos con baños termales) y muchas excursiones por los alrededores.

Las islas de Amakusa, en la prefectura de Kumamoto.

Si solo tenemos tiempo para visitar un pueblo-onsen en Kyushu, este debería ser Kurokawa Onsen, que suele aparecer en la lista de los mejores onsen de Japón y que conserva un delicioso ambiente rural. Hay decenas de baños públicos o higaeri (para uso de un día), y en el mostrador de información del centro expiden un “pasa­porte onsen” que permite acceder a tres baños por un precio reducido.

Aquí hay poco más que hacer aparte de pasear por las ca­llejuelas e ir de baño en baño (hay 29 en el pueblo). No hay que perderse los baños Yamamizuki, Ku­rokawa-sō ni los populares Shinmei-kan, con baños en una cueva y un rotemburo (baños termales al aire libre) a orillas del río. Hay que destacar que es uno de los pueblos donde hay más baños konyoku (mixtos), en los que se pueden bañar juntos hombres y muje­res, así que, si eso supone un problema para alguien, más vale que lea los carteles antes de salir del vestidor. Atención a un detalle: muchos onsen prohíben el acceso con tatuajes, especialmente si son grandes o cubren los brazos como una manga.

Miyazaki, destino de surfistas

Miyazaki, la ciudad más grande del sudeste de Kyushu, es una combinación del Japón más típico, con sus grandes tien­das y galerías comerciales, y algunos elementos particulares, como las abundantes palmeras y la proximidad a una de las costas más bonitas del país, la Nichinan Kaigan (costa de Nichinan), que es también un destino de surf. Así que por aquí se ve de todo, de surfistas de aire hippie a oficinistas trajeados. La gente se muestra interesada en conocer al viajero, y ese en­tusiasmo es contagioso. No obstante, es posible que apenas hablen un poco de inglés, pero eso no les frenará de discutir animadamente, aunque sea escribiendo en las servilletas de los bares. Su mayor atracción es el impresionante santuario de Miyazaki-jingu, con una gran carga espiritual que transmite mucha más paz que otros recintos parecidos. Las lianas de glicina, algunas más gruesas que un muslo humano, cubren el templo de un precioso color lavanda cuando aparecen las flores. Los pétalos, al caer, pueden llegar a formar una alfom­bra, y los tupidos bosques de cedros y pinos son un remanso de paz.

Otro punto interesante de Miyazaki son sus granjas. La ciudad es moderna como la que más, pero detrás hay una historia rural. Muchas de sus granjas centenarias están abandonadas, pero, afortuna­damente, unas cuantas se han conservado y han sido trasla­dadas, pieza a pieza, hasta el centro de Miyazaki, donde se exhiben. Los tejados de paja, las viejas vigas, los suelos de madera (cuando los hay) y la disposición zen de las habitaciones se combinan para mostrar cómo era la vida en las granjas en el período Edo (época entre los años 1603 y 1868). Los amantes de la película Mi vecino Totoro, del Studio Ghibli, reconocerán el estilo de la casa de campo a la que se muda la familia en la película.

Cascadas en la garganta de Takachiho.

En los alrededores de Miyazaki está también una de las excursiones más llamativas de la isla: la angosta garganta de Takachiho. En el Takachiho-jinja, antiguo santuario cerca de la garganta, ejecutan cada noche una versión reducida de la kagura, animada danza sagrada que cuenta la leyenda de Amaterasu, diosa del Sol sintoísta. La cascada está considerada una de las más bellas de Japón.

Y eso sin olvidarse de la incomparable costa de Nichinan, un litoral espectacular, un largo tramo de costa de la prefectura de Miyazaki sal­picado de bonitas islas, impresionantes formaciones rocosas y, en ocasiones, un mar de fondo casi perfecto para el surf. De hecho, atrae a muchos surfistas japoneses, que acuden a subirse a una o dos olas… y luego no se quieren marchar. Los rompientes de Aoshima y de Nango son los más populares, pero en muchos otros lugares se pueden encontrar furgone­tas aparcadas junto a la carretera y grupos de surfistas que se lanzan al mar algo más allá.

Kagoshima, volcanes y baños de arena

Al sur queda Kagoshima, con el imponente volcán Sakurajima, habitualmente humeando al otro lado de la bahía. La ciudad tiene mucha personalidad y buen clima. Es conocida por su tonkatsu (chuleta de cerdo rebozada) y su licor shōchū y por los baños de arena caliente de Ibusuki, que no quedan lejos.

Majestuosa, criticada, respetada y hasta temida: Kagoshi­ma ocupa un lugar único en la psique japonesa por ser el lu­gar donde se inició la Restauración Meiji, que provocó un cam­bio decisivo en la historia japonesa.

La ciudad de Kagoshima con el volcán Sakurajima al fondo.

En Kagoshima y sus alrededores todo gira en torno al Sakurajima, pero hay muchas otras experiencias, como cruzar la bahía en ferri hacia las suaves laderas del volcán, darse un baño de arena de Ibusuki, al sur de Kagoshima, le­gendarios por sus propiedades curativas y una experiencia muy diferente a los onsen tradicionales, recorrer los campos de té verde, o probar su shōchū, un potente licor que antes solo se consideraba apto para campe­sinos.

Yakushima y Tanegashima: surf y bosques sagrados

En Kagoshima se puede tomar un ferri a la mágica Yakushima, 70 kilómetros al sur de Kyushu. Esta isla, patrimonio mundial de la Unesco, está cubierta de bosques primitivos con musgos, tiene un onsen junto al mar y un interior montañoso que se eleva hasta los 1.936 metros. Es ideal para hacer excursiones: la más conocida es la que llega al Jomon Sugi, un árbol milenario.

Un senderista atraviesa el bosque de la isla de Yakushima.

Pero el destino más famoso de Yakushima es El prehistórico Jōmon Sugi, es un Cryp­topmeria japonica (a veces llamado cedro japonés) de entre 2.000 y 7.000 años. Está casi en el centro de la isla y solo es accesible por un sendero desde las montañas por encima del puerto de Anbō. Los viejos árboles de la isla eran venerados como dioses, pero en el siglo XVII, hasta el 70% de los yakusugi (los Cryptomeria japonica de más de 1.000 años) fueron talados; el Jōmon Sugi, posiblemente el árbol más viejo de Japón, quizá se salvara por su rara forma: no es lo bastante recto ni alto como para obte­ner buena madera. Hoy en día, los bosques cubren el 90% de Yakushima, y casi la mitad de la isla está protegida como par­que nacional. El Jō­mon Sugi sigue siendo un lugar espiritual para isleños y visi­tantes de todo el mundo.

Y como apunte final, los destartalados centros vacacionales de Tanegashima, la isla vecina de Yakushima, indican que su época dorada como lugar de vacaciones quedó atrás, pero la isla es un desti­no surfista y uno de los pocos sitios de las islas Ryūkyū donde no hay que remar hasta lejanas rompientes de arrecife para cabalgar una ola. Los surfistas llegan desde todo Japón para surfear tubos y grandes olas.





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