Diez años de la manada
Diez años de la violación grupal de La Manada. El 7 de julio se cumplen ya diez años de aquella agresión en Pamplona que marcó un antes y un después. Dicen que aquel caso lo cambió todo. Si fuera verdad, hoy este artículo no tendría que escribirse.
[–>[–>[–>No fue solo una violación grupal. Fue un juicio a una víctima. Si gritó lo suficiente o si opuso resistencia. Un juez dijo que era abuso y no violación. Que era jolgorio y excitación sexual. Se le puso un detective para vigilarla cada día. En televisión se ridiculizaba a periodistas feministas mientras familiares de los agresores decían: «Ella es culpable, los sevillanos eran muy guapos y ella salió a buscarles». Un programa mostró imágenes de la violación. Y en redes se difundió su nombre y sus fotografías bajo el lema: «Yo no te creo». Fue una cacería pública del machismo. Para escarmiento y lección para todas.
[–> [–>[–>Pero aprendimos otra cosa. Que una víctima no tiene que jugarse la vida para demostrar que fue violada. Que quedarse inmóvil también es una respuesta al miedo. Que la creímos porque era la experiencia y la historia de tantas. Que el consentimiento no consiste solo en decir «no». Que la violencia sexual es un problema estructural. Que si nuestras violaciones no quedan grabadas, date por perdida. Que la educación sexual sigue siendo insuficiente. Que siguen existiendo debates sobre cómo iba vestida, cuánto bebió o por qué tardó en denunciar. Que la violencia sexual continúa tratándose, muchas veces, como sucesos aislados.
[–>[–>[–>
Aquel caso provocó una revolución. Las plazas se llenaron. Se cambiaron leyes. Pero basta ver las noticias para comprobar que la violencia sexual nunca se fue. Las violaciones grupales siguen. Las denuncias siguen. Cambian los nombres de las víctimas. Cambian los municipios. Pero no la violencia. Porque si no les basta un no, recurren a la sumisión química. Si no les basta la sumisión química, permiten que te violen desconocidos, vendiendo tu cuerpo en redes pornográficas, como a Gisèle Pelicot y otras. Si no les basta con tu rechazo, te sacan fotos mientras duermes o te duchas y la suben a chats grupales. Como el mismo chat que por entonces tenía La Manada, pero ahora multiplicados por mil.
[–>[–>[–>Nos ponen a debatir si el feminismo ha llegado demasiado lejos, mientras miles siguen aprendiendo qué es el sexo con pornografía donde la violencia se presenta como excitación. Dicen que los violadores son monstruos excepcionales. Pero la violencia sexual no la sostienen monstruos. La sostienen culturas que educan en la desigualdad, instituciones que llegan tarde y algoritmos que viralizan la misoginia.
[–>[–>[–>
Hace diez años, miles de mujeres salimos a la calle porque comprendimos que La Manada no eran solo cinco hombres. Era un sistema entero. Diez años después algunas leyes cambiaron siendo muy cuestionadas. Algunas sentencias también. Diez años después habrá cambiado la teoría, pero no ha cambiado mucho la práctica. La Manada no era una anomalía. Era un aviso. La Manada no fue un punto final. Fue un punto y seguido. Y eso es terrorífico.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí