El campanu, leyenda urbana
En Asturias, el campanu se ha convertido en una figura metafísica. Se le aguarda cada primavera al borde del río con puntualidad litúrgica, pero en las últimas temporadas rara vez comparece. Es como querer avistar osos fuera de Somiedo. El salmón, ese pez antaño formal y previsible, no da señales de vida. El que echa la caña al agua tiene la mosca detrás de la oreja: por la coca muere el pez.
[–>[–>[–>Eso dice la ciencia, siempre dispuesta a arruinar certezas, que acaba de aportar una explicación tan rigurosa como incómoda. Un estudio reciente realizado en el Lago Vättern, en Suecia, demuestra que los salmones expuestos a residuos de cocaína —más exactamente, a su metabolito más persistente, la benzoilecgonina— modifican de forma notable su comportamiento: nadan más, se dispersan más y recorren hasta 12 kilómetros adicionales por semana. El pez no remonta el río: amplía horizontes. Da en la nariz que el salmón colocado descoloca al pescador. Está como una moto.
[–> [–>[–>Se podría decir que el salmón no va acelerado, sino estimulado intelectualmente. Ignora los pozos clásicos y contempla la cucharilla con distancia crítica. Donde antes entraba franco al engaño, ahora duda, como Hamlet con aletas dorsales. No se ha vuelto esquivo: está reconsiderando su existencia.
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Mientras tanto, el pescador persevera. Cambia de mosca, ajusta el bajo, repite lances con una fe que roza la obstinación. Ignora que, quizá, el salmón no ha faltado a la cita: simplemente ha decidido no ceñirse al itinerario tradicional. En Asturias, el campanu ha dejado de ser un pez de aprecio rural para convertirse en leyenda urbana.
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