el derecho a trabajar sin enfermar
Javier Fernández Lanero es secretario general de UGT Asturias
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Cada 7 de abril se celebra el Día Mundial de la Salud, una fecha que invita a reflexionar sobre el bienestar de las personas, la fortaleza de los sistemas sanitarios y los retos que aún tenemos por delante. Sin embargo, hay una dimensión de la salud que sigue quedando en un segundo plano, invisibilizada en demasiadas ocasiones: la salud en el trabajo.
[–>[–>[–>Porque trabajar no debería hacer que las personas enfermen. Y, sin embargo, lo hace.
[–> [–>[–>En los últimos años, la salud mental se ha convertido en uno de los principales problemas asociados al ámbito laboral. El aumento de las bajas por ansiedad, depresión o estrés no es una casualidad ni una moda. Es el resultado de entornos de trabajo cada vez más exigentes, más precarios en algunos sectores, y con una presión constante que muchas veces no se mide ni se gestiona o lo que es peor se niega, y entonces no existe y si no existe no se previene y lo que no se previene mata. Pero lo más preocupante no es solo el crecimiento de estas patologías, sino la falta de herramientas reales para prevenirlas.
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Aquí es donde entran en juego los estudios psicosociales, una herramienta fundamental que, a día de hoy, sigue siendo una gran asignatura pendiente. Son estos estudios los que permiten analizar las condiciones reales en las que trabajan las personas: las cargas de trabajo, los ritmos, la organización, el clima laboral, la insatisfacción laboral, los niveles de estrés o la conciliación. Sin embargo, en demasiadas empresas estos estudios no se realizan, o se hacen de manera superficial, como un mero trámite para cumplir con la normativa.
[–>[–>[–>Y ahí esta uno de los grandes problemas: se cumple con la prevención formal pero sin que exista una verdadera cultura preventiva en las empresas. Porque no se trata de cubrir un informe, y llenar las estanterías de los despachos de RRHH de manuales y evaluaciones de riesgos por si le diera por pasar a un inspector laboral. Es necesario transformar las condiciones que están generando daño. Cuando esto no ocurre, el resultado es evidente: trabajadores y trabajadoras que acaban enfermando.
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A esta realidad se suma otro factor que agrava la situación: el envejecimiento de la población trabajadora. Cada vez es más habitual encontrar personas de más de 60 años desempeñando trabajos físicamente exigentes o penosos. No se trata de cuestionar la capacidad de las personas, sino de reconocer una evidencia: hay determinados puestos que, por su dureza, no pueden sostenerse durante décadas sin consecuencias para la salud porque trabajar con 65 años en determinadas profesiones pone en riesgo la salud del trabajador, y la de todos los que están a su alrededor en el trabajo o son usuarios.
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[–>Lesiones musculoesqueléticas, dolores crónicos, fatiga acumulada… son el día a día de muchos trabajadores que siguen en activo porque no tienen otra alternativa. Y, una vez más, el sistema llega tarde. No se anticipa, no previene, no adapta los puestos a la realidad de quienes lo ocupan.
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En un país donde el reconocimiento de enfermedades profesionales es mínimo en comparación con la UE y nuestra ley de PRL es del siglo pasado, el resultado de todo esto es un circulo perverso. Las empresas no invierten lo suficiente en prevención real, y no quieren asumir las consecuencias cuando sus trabajadores enferman.
[–>[–>[–>Y estas consecuencias fundamentalmente las pagan las personas afectadas, pero también el sistema sanitario, que acaba soportando una sobrecarga que, en muchos casos, podría haberse evitado.
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Conviene recordar algo especial: las personas trabajadoras no quieren estar enfermas. Nadie quiere pasar por una baja, perder ingresos, ver limitada su vida o su bienestar. La enfermedad no es una elección. Es, muchas veces, la consecuencia de unas condiciones que no se han gestionado adecuadamente.
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Por eso, cuando se habla de bajas laborales, conviene hacerlo con rigor y con responsabilidad. No se puede poner el foco únicamente en las ausencias sin analizar las causas que las provocan. Porque detrás de cada baja hay una historia, una situación concreta y, en muchos casos, un entorno laboral que no ha querido prevenir.
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La salud laboral no puede seguir siendo una cuestión secundaria ni un apartado más dentro de la gestión empresarial. Es un elemento central, no solo por una cuestión ética, sino también por una cuestión de eficiencia. Empresas con trabajadores sanos son empresas más productivas, más sostenibles y más competitivas.
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En este Día Mundial de la Salud, es necesario ampliar la mirada. No basta con reforzar los sistemas sanitarios si no se actúa sobre los factores que generan enfermedad. Y uno de los principales está en el trabajo.
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Invertir en prevención, realizar estudios psicosociales reales y efectivos, adaptar los puestos de trabajo a las personas y no al revés, y entender que la salud es un derecho y no un coste, son pasos imprescindibles si queremos avanzar hacia un modelo más justo.
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Porque la mejor política sanitaria no es la que cura, sino la que evita que las personas enfermen.
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Y en eso el mundo laboral tiene mucho que decir.
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