El drama de los refugiados venezolanos en Cúcuta: «Aquí nos discriminan mucho, las mujeres somos todas putas y los hombres todos ladrones»
Un montón de barracones de lámina y madera se descuelgan por un precipicio. Se trata de Venezuela, pero no del país, sino una afavelada barriada a las afueras de la ciudad fronteriza colombiana de Cúcuta, bautizada así porque la formaron decenas de familias venezolanas que en los últimos años escaparon de la miseria y la persecución. «Mi hija tiene asma, porque recién nacida la tenía que sacar de madrugada con el frío para hacer la fila a comprar cosas», recuerda Ciliana Suárez con los ojos empañados. Se alimentaba durante semanas de zumos para dejarles a sus hijos algo de comer, como papaya guisada, «para que tuviesen un poco caliente el estómago».
[–>[–>[–>«Allá no podíamos hablar con libertad, porque nos matan a nuestros hijos, se los llevan», dice. Por eso prohibía a su hijo mayor salir de casa. «Es triste que otro país venga a salvarnos y me da pesar con (Nicolás) Maduro, porque es un ser humano, pero no fue buen presidente, nos dejó morir de hambre y nos atacó«, sentencia. En su cobertizo de lata, al menos, tiene ahora luz y agua, aunque por estos callejones enlodados tampoco deja salir a su hijo a partir de cierta hora.
[–> [–>[–>«Aquí hay mucho sicariato, mucha matadera. Si andas en motocicleta nueva, te matan para robártela. O te disparan, si te confunden con otro», asegura Yolimar Rojas tras las rejas de su puerta. En el asentamiento, a tan sólo cuatro kilómetros del puente fronterizo Simón Bolívar, cuentan que opera el Tren de Aragua, el grupo criminal originario de Venezuela que se ha extendido por todo el continente y que el propio Donald Trump mencionó en la primera rueda de prensa tras la captura de Maduro como uno de los motivos de su ofensiva.
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Aunque Yolimar también salió por la acuciante necesidad, se opone al ataque. «Me duele lo que está pasando en mi país, porque no es justo que un presidente de Estados Unidos dañe la paz de tantos venezolanos, dejando a madres sin sus hijos», dice la joven exmilitar. Lleva cinco años en Colombia y todavía no ha encontrado trabajo. «Aquí nos discriminan mucho. Para la gente, las mujeres somos todas putas que venimos a quitarles los maridos y los hombres todos ladrones», se queja. Su esposo es albañil y con poquitos ahorros pudieron levantarse unas paredes de ladrillo y adobe.
[–>[–>[–>«Un poco mejor»
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En Cúcuta, una cuarta parte de sus 800.000 habitantes son venezolanos, que, como más de tres millones, cruzaron al país vecino en busca de tranquilidad y una oportunidad que en contados casos llegó. Quienes se encaramaron por esta barranca de infraviviendas, paradójicamente dentro de un suburbio llamado La Esperanza, sufren casi la misma inseguridad y marginación que en Venezuela. «Pero, aquí se está un poco mejor. Al menos los niños estudian y podemos ir al doctor«, valora otra vecina, muy agradecida con Trump «por liberar al pueblo venezolano».
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«Me gustaría regresar, pero hay que esperar cómo se acomoda todo, quién se queda al mando, qué papel asumen las Fuerzas (Armadas)», asegura Jennifer, con una visión impropia de sus 26 años. Fue integrante de Primero Justicia, partido opositor, en el extrarradio de Caracas y se alistó en el Ejército, del que tuvo que desertar cuando nació su segunda hija, la bebé que carga en brazos, porque ya no le alcanzaba con un irrisorio sueldo que al cambio del dólar paralelo se convertía en centavos.
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[–>Militares contra colectivos
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Para ella habrá una disputa de poder entre los militares y los colectivos, grupos chavistas armados que en momentos de tensión como éste han tomado las calles. Las Fuerzas Armadas, encabezadas por Vladimir Padrino López, se ha mantenido fiel a las órdenes del Gobierno, en estos momentos, de Delcy Rodríguez, que ya se ha mostrado dispuesta a «trabajar conjuntamente» con Estados Unidos. Los colectivos, controlados por Diosdado Cabello, que estos días ha aparecido junto a esos civiles enfusilados, han sacado músculo en defensa del proceso bolivariano hasta sus últimas consecuencias.
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«Trump debería bombardear a los colectivos, esos son los que han traído el caos. Hasta que no acabe con ellos, no habrá transición», considera Jennifer. Huyó junto a su prima, cuando la amenazaron de muerte por ser candidata opositora a concejal. A otro colega del partido lo encarcelaron y asesinaron. «Hasta que no limpien a toda esa bola de chavistas, los encierren a todos, hay mucho peligro«, agrega. Un estruendo metálico corta la conversación. Su prima le ha tirado una piedra sobre el techo de lámina para que deje de hablar. Y pide que se cambie su nombre. El miedo, el hambre, el barro… nunca se huye del todo de Venezuela. Mucho menos de la pena, como la de Ciliana: «Allá lloraba por mis hijos, por verlos enfermarse. Acá lloro por regresar».
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