El patio de atrás de la Ciudad Santa, por Sergi Sol
Jerusalén es, en apariencia, una ciudad segura. Pasear por sus calles, por el centro urbano, por su mercado central, cien por cien judíos, es un placer para los sentidos. Claro que sorprende ver transeúntes luciendo fusiles de asalto a la espalda como si tal cosa fuera de lo más normal. De hecho lo es en Jerusalén, donde pasa con absoluta normalidad que una joven compre fruta a media mañana en el mercado de Mahane Yahuda cortejada por su fusil. O que un tipo con kippa y el hijo a hombros lleve una cartuchera con una pistola de 9 mm mientras se abre paso entre el gentío.
[–>[–>[–>Mhane Yahuda, ‘El Shuk’ en hebreo, es un fabuloso mercado crisol cercado de puestos callejeros de comida. De pubs, con ruidosa música, donde se sirven bebidas alcohólicas acompañadas de olivas o cualquier otro producto que los clientes compran justo al lado en un puesto del mercado donde no es fácil atinar a saber –por lo menos para un turista– si el vendedor es árabe o judío.
[–> [–>[–>El jerosamelitano Shuk no es la norma. Más bien la excepción. Y si bien muchos árabes acuden a diario a comprar, la mayoría optan por el mercado del Zuk, en la parte árabe de la Ciudad Vieja, que dicho sea de paso también es un crisol de culturas que, en apariencia, conviven juntos aunque no revueltos.
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El patio de atrás de Jerusalén no es tampoco el Jerusalén Este de los árabes, aunque la pobreza y la suciedad sean más visibles. De lo que nadie habla es de Shufat, el único campo de refugiados de Israel, en el corazón de Jerusalén. Decenas de miles de árabes residen allí. Cuando hay tranquilidad –hoy por hoy no es el caso– se les permite cruzar el muro –construido en 2002– que los cerca y acudir al Shuk o al Zuk. Cuando no, viven en un espacio degradado, hacinado como ningún otro y sin servicios. Entrar, siendo ajeno, es una temeridad, un ejercicio de riesgo. Así llevan desde 1965. Y no siguen igual si no a peor. No es Gaza, no los bombardean. Sólo el patio de atrás de la Ciudad tres veces Santa.
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