El principio del fin
Esta semana la NBC informaba de que los daños sufridos por la aviación americana en las bases del Golfo han sido muy superiores a los que se habían dado a conocer hasta el momento, algo que los adversarios de Estados Unidos –China y Rusia, sobre todo– no dejan de observar con atención. ¿Cuánto tiempo podrían resistir las fuerzas americanas en Taiwán, por ejemplo, ante un eventual ataque chino? Y los países del Báltico ¿qué capacidad de respuesta real tienen ante una incursión de Moscú? La respuesta resulta obvia, si sumamos el tremendo impacto causado por las nuevas tecnologías militares low cost, como es el caso de los drones. Vemos, así, desaparecer el viejo siglo XX, al igual que en las anteriores había sido retirada la caballería.
[–>[–>[–>Cuando Trump dio la orden de iniciar la nueva guerra del Golfo confiaba en una victoria rápida. Tras la muerte de Jameneí y de parte de la cúpula iraní, la administración americana hablaba abiertamente de un cambio de régimen. Sin duda el modelo era Venezuela, una acción relativamente rápida y efectiva. La incursión terrestre suponía una línea roja que no pensaba traspasar. O eso decía. Ahora Trump ha podido comprobar que las guerras no se ganan solo desde el aire. Gran parte de la infraestructura militar e industrial iraní ha sido destruida; pero el régimen sigue en pie, probablemente radicalizado, y con muchas cartas a su favor en la baraja. Para empezar, las notables limitaciones en defensa antiaérea y balística detectadas tanto en las bases americanas como en Israel; y, para continuar, el control del Estrecho de Ormuz, que implica –a largo plazo– una crisis económica de amplio alcance.
[–> [–>[–>La historia suele hablar en paradojas. Sospecho que la principal, en estos momentos, es el inicio de la derrota americana. Trump, que anhelaba destronar al régimen de los ayatolás antes de proseguir con Cuba, puede encontrarse ahora con un giro inesperado: que el error estratégico cometido en Oriente Próximo se convierta en el principio del fin del movimiento MAGA. El electorado estadounidense difícilmente tolera el deterioro del crecimiento económico, la inflación y los fracasos militares. De los grandes temas con los que Trump llegó al poder (recordemos el recorte masivo del gasto público capitaneado por Elon Musk o el uso de las tasas aduaneras como arma de negociación), pocos o muy pocos se mantienen en pie. No puede frenar el desprestigio de su administración, por más que aumente el ruido informativo y que intensifique las críticas a sus aliados. Un socio poco fiable no es del agrado de nadie, así que muchos países empiezan a mirar favorablemente hacia China o inician un camino propio de rearme –como parece señalar la UE o, al menos, muchos de sus países miembros–.
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Será interesante observar en los próximos años de qué modo, ya sin Trump, el republicanismo populista se reinventa. ¿Girará hacia su corazón más tradicionalista, representado en J. D. Vance, o hacia la vertiente más clásica del partido, liderada por Marco Rubio? A saber. Pero difícilmente, el movimiento MAGA saldrá indemne de estos años.
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